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«El individualismo es una ficción impuesta»

Entrevista a MAR GALLEGO, feminista y contaora

En resiliencia, asertividad y apoyo mutuo nuestras abuelas nos dan mil vueltas. Aun así, siempre hemos buscado muy lejos los referentes, espejos donde a nuestra imagen le faltaban demasiados detalles como para poder reconocerla. Mar Gallego es una romancera contemporánea que recupera las historias de las que somos protagonistas. Son historias que podrían haber dejado de contarse, pero que nuestros cuerpos jamás olvidarán.

Empecemos por las grances, esa generación de mujeres depositarias de nuestra memoria: ¿cuáles son sus relatos? ¿Desaparece su memoria con ellas?

No desaparecen del todo porque la memoria es algo colectivo. Lo llevas en las células. La memoria es la capacidad de recordar porque lo que recuerda es el cuerpo, no solo el retrato oficial. Lo que has vivido no solo implica lo que tú vives en tu propia generación, sino que tu cuerpo recuerda lo que han vivido generaciones anteriores; lo que pasa es que el viaje corporal ha sido históricamente reprimido y hay mucho interés en que no sintamos el cuerpo. La alianza entre capitalismo y patriarcado también implica que nos desconectemos de nuestros propios cuerpos porque así vamos a comprar muchísimas cosas por el camino. Ahora que ha muerto mi tía yo le decía a mi hermana «que suerte haber tenido esos referentes», el de mi tía y el de mi abuela y el de mi madre y el de la calle. Yo lo tengo en mis genes y mi memoria, pero no solo yo, sino muchas mujeres de mi generación, y eso se acaba imponiendo con el tiempo. Yo noto que nosotras vamos reproduciendo esos discursos día a día. La colectividad no es una necesidad de construir, sino que es inevitable casi. El individualismo es una ficción impuesta. El propio cuerpo es una colectividad.

Subiste una imagen brutal de una mujer en el campo en blanco y negro con el lema: «Yo sería tu revolución si me vieras». ¿Dónde hemos estado mirando todo este tiempo?

Lo vivo como un choque con el discurso que se considera politizado o lo que se considera activismo. Ahora con las asambleas por el 8M me chocan las inercias que se llevan a cabo desde los propios feminismos. Estamos hablando de las mujeres pero esa forma de hacer política tiene una tradición que es muy heteropatriarcal que no ha puesto los cuidados en el centro.
Vamos a una asamblea y los puntos del día ya están configurados, cuando a lo mejor lo primero sería preguntarnos cómo estamos, qué necesidades tenemos, cómo están nuestros cuerpos, sabiendo que llevamos el peso, la culpa, los cuidados… No vemos eso porque en realidad hemos separado lo personal de lo político. Estamos hablando de determinadas cosas en una asamblea y luego cuando salimos hablamos de lo mal que nos hemos sentido. Esas dos parcelas se tienen que fusionar. No verlo tiene que ver con las dinámicas que se establecen dentro de lo que normalmente se ha considerado como político, y nosotras hemos recibido esa forma de entender el hacer política.

A veces pienso que tanto como hablamos de todas las mujeres, qué pasaría si a esas asambleas asistiera un grupo de mujeres como nuestras abuelas o nuestras madres. No entenderían nada y lo digo sin infantilizar, sino desde la autocrítica. A esa parcela se la ha desposeído del carácter político e indudablemente lo tiene. Veo mucha más política en una persona que está haciendo activismo de base sin saber que eso es activismo porque está cubriendo necesidades reales y está llegando donde un feminismo organizado con 400 mil personas que salen a la calle no está llegando. No estamos consiguiendo convertir el feminismo en una alternativa real de base o una amenaza para el sistema patriarcal ¿Qué hacemos para que ese feminismo realmente sea una alternativa vital? Las mujeres que no se consideran politizadas crean sin saberlo un espacio donde hay otras mujeres que se sienten parte de una comunidad. Un grupo de amigas que dan una salida emocional. Puede parecer una chorrada, pero estamos en un sistema en el que la salud mental no se tiene en cuenta y ya estas mujeres están dando una salida vital a un «no tengo con quien desahogarme», por ejemplo.

¿Qué te parece esa apropiación precisamente de conceptos como el poderío o el andalucismo de multinacionales como Heineken con el anuncio de la Cruzcampo?

Me lo han preguntado muchas veces y parece que Cruzcampo nos marca qué es aquello de lo que tenemos que hablar. Me pasa como con el periodismo, que estos son los sitios donde se pone el foco y a mí me interesan más las sombras. Detrás de esto hay una instrumentalización de un trabajo que mucha gente lleva haciendo años, para un determinado objetivo que es beber cerveza. El resto de personas que está generando relato tenemos nuestra propia agenda y nuestros propios objetivos a la hora de construir algo y lo seguimos teniendo. Con muchas diferencias, porque hay mucha diversidad. Pero no me voy a poner ahora a escribir sobre Cruzcampo.

¿Qué papel tiene el feminismo institucional en la lucha feminista? ¿Es un apoyo o un estorbo?

Yo no tengo una opinión cerrada con respecto a lo institucional, tengo la sensación de que como en todos sitios, se cuecen habas. Con mis compañeras del colectivo Código Malva, de Chiclana, me muevo a nivel asambleario y últimamente sí que estamos un poco fritas con la institución, en el sentido de que solo se nos llama un 8M o un 25 de noviembre. Y nos parece que no hay cuidados en esa forma de hacer política, estamos cansadas de que el feminismo sea un tema o una materia y no un ecosistema. Estamos cansadas de que no haya transversalidad, de que las mujeres seamos un colectivo siendo más de la mitad de la humanidad. No vemos que usen sus herramientas para ponerlas al servicio de un cambio real en la equidad.

Si la institución no lo hace, pues ahí tendremos que estar nosotras para meterle caña. No es una satanización y no se puede esperar que todos los cambios vengan de la institución, eso no sería deseable. Pero evidentemente la institución tiene que ser una herramienta transformadora.

En tu libro hablas de no-lugar refiriéndote a esa gente del campo que cuando emigra a la ciudad, siente que todo su saber no vale nada. Es la historia de muchas de nuestras familias.

En el caso de Andalucía estamos atravesadas por muchos factores que hacen que nuestro saber no se reconozca. Primero por nuestra vinculación con lo rural (el 90 % del territorio andaluz se considera rural) y esto se entiende como sinónimo de incultura, no se considera que haya saberes. Ahí, obviamente, el urbanocentrismo opera muy fuerte. Es como una cultura donde se nos ha dicho que no tenemos cultura. En segundo lugar, que históricamente ha sido un pueblo económicamente pobre.

Pero ese pensamiento hegemónico se resquebraja en momentos como este de pandemia. Las grandes ciudades se convierten en infiernos. El concepto de ciudad no está dando lugar a una alternativa de vida que no sea la de la muerte. Lo que realmente sirve para una sociedad alternativa donde la vida esté en el centro es a lo que no le damos valor. De manera hegemónica no solo se nos ha dicho que eso no vale, sino que además esos saberes deben ser superados. No son un lugar donde quedarse. 

Yo ahora mismo por cuestiones económicas estoy viviendo en la casa familiar y vivo un conflicto interno que me hace cuestionarme qué hago con 38 años viviendo con mi padre. Y no estoy romantizando la precariedad, pero el sistema me dice que no me puedo quedar aquí. Sin embargo, ha llegado un momento en que le veo más sentido a vivir con mi padre. Los cuidados son más colectivos, él se siente acompañado, yo también,
mi tío que se acaba de quedar viudo se siente también acompañado… imaginaos la diferencia entre esto y que yo busque el modelo individualista de vivir en un piso sola. No vemos esas alternativas de vida.

Sobre el tema de la pobreza, al que también aludes en tu libro: nuestras madres y abuelas reconocían la pobreza que vivían. Aunque parece que ahora «vivimos mejor», nos cuesta reconocer que seguimos siendo pobres.

Hay un libro de Remedios Zafra, El entusiasmo, que habla de esto. Históricamente lo que se ha considerado pobreza es una persona que está en las últimas, y solo eso. Y eso es pobreza extrema. Pero luego hay otros tipos de pobreza, y sí que es verdad que hemos evolucionado, pero no ha cambiado lo que históricamente se considera pobreza, porque también podríamos considerar que es pobreza emocional lo que estamos sintiendo. También es pobreza que tú tengas un trabajo nuevo cada dos meses; esa inestabilidad laboral es pobreza, la incertidumbre es pobreza.

Yo recuerdo de chica ir con mi madre a las monjitas a pedir. Obviamente eso es pobreza, pero yo he podido licenciarme en Periodismo y esa formación me da un privilegio, pero eso no es sinónimo de que yo no esté sufriendo precariedad. Quizá a mí me cueste mucho más trabajo verbalizar esa necesidad, porque yo siempre voy a tener en cuenta que en comparación con mi madre soy una privilegiada. En Andalucía en general, por lo que veo a mi alrededor, la precariedad es de verdad… Es como que la pobreza es algo que no te pasa nunca a ti, pero eso pasa con todo, también con la violencia de género. Es el peligro de hacer de las experiencias un tema. Estamos viviendo un montón de cosas que no las vemos porque son temas. Cuánta violencia no vivimos en nuestro día a día, y dices: «¿me está pasando a mí?», y no lo reconoces porque no es violencia, es mi vida, es mi historia.

Todo lo que estamos hablando es muy mental, tiene que ver con una disociación con el entorno. Tendemos a hacer relatos muy binómicos desde una coherencia que no tiene nada que ver con la materialidad de la vida. Podemos ser precarias y ser privilegiadas, podemos ser pobres y podemos tener una carrera, pues sí. Hay que romper esos binomios porque eso es una trampa para quien está oprimida. Una vez me llegaron a decir, sobre los relatos de las mujeres, que yo estaba haciendo apología de la pobreza. Parece que si sufres una necesidad no tienes un saber, no puedes hablar, esto para nosotras es una trampa, porque al final quienes hablan y generan discurso son solo las privilegiadas, y hay que tener en cuenta que la necesidad no invalida un discurso
ni una verdad. Yo hago feminismo por necesidad, el día en el que deje de hacerlo por necesidad, seguramente mi feminismo no valga. 

¿Cómo van tus proyectos y tus colaboraciones?

Estoy en un momento de standby, creo que no soy la única; no sé qué está pasando que está todo el mundo un poco harta de la situación y también diciendo «si la vida va a ser así de mierda pues voy a hacer lo que me gusta». Mantengo la web de Como vaya yo y lo encuentre porque me sale, tampoco vivo de eso. Me gusta comunicar y me gusta esa miradita del proyecto, de todo lo que estamos hablando aquí, de cuando hay una realidad social meterle la miraíta, el miramiento.

Ahora tengo muchas ganas de meterle caña en el proyecto a lo que implica construir en colectividad, que generemos entre todas el relato, porque hay mucha gente en el proyecto y me parece un espacio muy bonito. Siento que se ha conseguido un amor, una comunicación con amor desde el no juicio. 

El libro sigue y está yendo muy bien, y eso me está ayudando. Está llegando a mucha gente, Andalucía está por todas partes. Para mí es una cosa muy emocionante y muy bonita, sobre todo por la intergeneracionalidad. Es un libro que todo el mundo me ha dicho «me lo he leído yo y luego se lo he pasado a mi madre», y en algunas presentaciones esas mujeres han venido con el libro, y eso me parece muy bonito. Recuerdo a una mujer en Córdoba que me dijo: «es mucho dolor el de las mujeres andaluzas, el que nosotras tenemos». Hay que entenderlo como un relato que no forma parte del pasado, que esas mujeres existen y las tenemos delante.

Estoy también metida en un proyecto de ensayo que no tiene nada que ver con el feminismo andaluz. Estoy trabajando así, dedicándome a cosas que me gustan y ya luego le busco la salida. Algunas conferencias, sigo en Píkara como colaboradora y me doy la libertad de hacer lo que me gusta, pero no mucho. He elegido esta forma de vida porque prefiero vivir de las cosas que me gustan. Hace muchos años que para mí estar en una oficina era la muerte y hay un momento en el que dije: nunca más esa sensación de estar muriéndome minuto a minuto.

¿Qué es lo que más te toca el coño?

Yo creo que me toca mucho el coño las cosas que no tienen sentido, por eso me he ido de alguna empresa, porque que si yo estoy haciendo algo necesito que sirva para algo. Parte también de esta cultura-cultureta-culta-hegemónica que se haya puesto en valor el que las cosas no sirvan para nada; incluso en el arte se dice: «cuanto menos sirva más arte es», y yo creo que las cosas tienen que servir para algo, y si no sirven es que nosotras le estamos sirviendo a ellas.

Por

Ana Belén y Mar

Equipo de El Topo