Adam Przeworski narraba recientemente su conversación con un alto cargo del PSOE en 1991. Estaba sorprendido por el derrotismo. Este respondió: «Nos hicieron hablar en un idioma que no era el nuestro». Ya no hablaban de clase obrera y revolución, sino de pueblo-nación y modernización. El problema es que su lenguaje se sostenía en una formación de clase que desaparecía. La clase obrera socialdemócrata se formó como una identidad asociada a barrios industriales dominados por el mono azul que conseguía aglutinar demandas. La concentración espacial de la industria favorecía la concentración espacial de la clase y compartir los frutos de la lucha.
Esta ciudad obrera paralela, que sostuvo un empuje político, ya no existe. Si a la clase obrera ya no podemos reconocerla por los barrios donde vive, ¿quiénes son? ¿A quiénes se representa? No existen respuestas teóricas. La «lucha sobre la clase social va antes que la lucha entre clases sociales», dice Przeworski. La clase social no ha existido nunca como una realidad prefabricada. En cada lucha política la clase se forma sobre la base de alianzas, enemistades, instituciones y políticas públicas que concretan quién es clase obrera. Los desempleados han sido vistos como una clase parásita y también como fracción obrera que pasa penurias. Esta lucha, además, se da en un espacio físico que constriñe políticamente.
La forma urbana que alumbró el movimiento obrero ha dejado de existir. Los barrios obreros de personas asalariadas y desposeídas han dado paso a barrios de gente asalariada y otros de gente desposeída. Si la ciudad fordista funcionaba como escenario sobre el que acumular capital, en el posfordismo la ciudad misma pasa a ser un mecanismo de acumulación. La ciudad se satura y se expande en metrópolis. Este proceso conlleva una cadena de desplazamientos. Los negocios vuelven al centro, la clase media se muda a la periferia y la clase obrera confronta un dilema. Los barrios obreros de la periferia se parten en dos, fragmentando su trabajada unidad. Por un lado, surgieron barrios hiperdegradados amenazados por gentrificación, por otro, barrios obreros reestructurados que atraen clases medias. Ciertos estratos nativos de clase obrera tienen que decidir cómo aprovechar su nueva centralidad urbana: quedarse y disfrutar los nuevos servicios o mudarse fuera de la ciudad pagándolo con la herencia en alquiler. Esta es la historia de los barrios donde vemos preocupación por la inseguridad y la ocupación. Barrios que tienen la centralidad que le arrebataron al alcance de la mano y que entienden aquello que pueda estropearlo como una injusticia.
La lucha política por reorganizar la unidad de estos fragmentos obreros es encarnizada. Así lo atestiguan los debates intestinos de la izquierda. En estas décadas despiadadas se ha probado a nombrar al sujeto político de innumerables maneras, pero siempre ha sido incómodo o breve. «Nos hicieron hablar en un idioma que no era el nuestro», quizás porque ya no teníamos un sitio donde hablarlo.

