nº50 | desmontando mitos

Desmontando el mito del pasotismo andaluz

Flojos no, emprendedores. Pobres tampoco, expoliados. Emigrantes tampoco, exiliados. La realidad andaluza con datos en las manos y sin clichés marginadores.

Ya a mediados del siglo XIX, y antes que la mayoría del resto del territorio estatal, Andalucía reunía los requisitos necesarios de la revolución industrial, con máquinas de vapor aplicadas a los navíos, ferrocarriles o para extracción de agua en las minas. Conocido es que, en los años 30 de dicho siglo, se levantaron en Marbella los primeros altos hornos siderúrgicos y que, en varias décadas siguientes, en Almería o en Linares el plomo se fundía en hornos de vapor, en la costa de Granada y de Málaga oriental se obtenía el azúcar de caña por medios mecánicos o que en Málaga, Cádiz o Sevilla se implantaron modernas fábricas textiles.

A finales de siglo XIX y principios del XX proliferan en nuestra tierra fábricas harineras, cerveceras, de azúcar de remolacha, refinadoras de aceite, bodegas, fábricas de abonos químicos, etc., lo que constituía el sector puntero de la industria agraria española con las más modernas tecnologías del momento. Paralelamente, se produce el boom exportador de la minería andaluza debido en gran parte al uso de las tecnologías más avanzadas para la extracción, fundición y transporte del mineral (el hierro de las sierras de Almería o de la sierra de Sevilla; el plomo de Linares y de la Carolina; el carbón y el plomo en Sierra Morena de Córdoba, o la pirita y el cobre en Huelva).

Tras la guerra civil, el régimen, como principal inversor durante la dictadura, creó colosales industrias de vanguardia como las aeronáuticas, de astilleros, de armamento, etc., y otras de retaguardia como algunas textiles en Sevilla o en Málaga, además de limitadas inversiones en los polos de desarrollo de la bahía de Algeciras, Sevilla, Córdoba o Jaén.

A pesar de todo lo dicho, el sector industrial andaluz no ha dejado de menguar en el contexto nacional y europeo durante los dos últimos siglos. El valor de la producción industrial andaluza a mitad del siglo XIX constituía casi la cuarta parte del valor total de la producción industrial española, reduciéndose hasta poco más del 11% a finales de los años 30 del siglo XX, y hasta algo menos del 10% a la muerte del dictador, llegando al 8% del valor de la producción industrial total estatal a finales del siglo XX. En la década de los 60 del siglo XIX más de la mitad de las exportaciones españolas salían de Andalucía, lo que generó un relativamente importante tejido industrial alrededor de dicha actividad exportadora.

Diversas son las causas de este enorme retroceso y, en general, no achacables a la mayoría social andaluza, ni a nuestros pequeños y medianos productores industriales. Sin embargo, la burguesía andaluza se obsesionó por adquirir propiedades inmuebles durante el siglo XIX, así como en refugiar su riqueza en las alcistas rentas agrarias (en los años 60 del siglo XIX más de la mitad de los mayores contribuyentes del Estado se localizaban en Andalucía). La especulación de estos grandes terratenientes andaluces y la búsqueda de lo que hoy llamamos «pelotazo» desplazó parte de la inversión industrial. Sin embargo, el clima institucional, las necesidades de las políticas centralistas del Estado, llevó a que, a pesar de que Andalucía contaba con excelentes condiciones de desarrollo industrial, no consiguiera mantener su papel privilegiado y dominante en la industria nacional. No existió por parte de los poderes del Estado voluntad alguna de crear el clima necesario para satisfacer la demanda de bienes de consumo mediante una red de empresas en Andalucía; el interés del Estado no fue otro que extraer recursos de la «rica» Andalucía para sufragar todo tipo de gastos. Parte del tejido industrial consiguió persistir y defender sus mercados gracias a la actividad exportadora hasta que, a finales del siglo XIX, la política proteccionista y arancelaria estatal, así como la falta de defensa de los fabricantes andaluces (al contrario que ocurrió con los catalanes, vascos, asturianos o madrileños) acabaron con dicho tejido industrial.

No cambia la realidad andaluza ni a principios del siglo XX ni durante el franquismo, cuando el cada vez menor ahorro andaluz se canalizó hacia grandes empresas principalmente en el norte de la península. Durante el franquismo, solo el 4% de la inversión total realizada por el Instituto Nacional de Industria para creación de grandes empresas recabó en Andalucía y además lo hizo de forma tardía… De nuevo los intereses del Estado centralista negaron a Andalucía su desarrollo industrial con sus propios recursos.

Los andaluces históricamente hemos sido, y somos, un pueblo emprendedor, que se ha visto relegado a la ruina de sus empresas debido principalmente a las necesidades y políticas aplicadas por un Estado centralista desde el siglo XIX hasta nuestros días. La pérdida de tejido industrial dejó sin opciones de trabajo a lxs jornalerxs y mineros andaluces, que en sucesivas crisis se han visto avocados a abandonar su tierra para no morir de hambre; un auténtico y permitido drama que constituye el exilio laboral mientras unas indolentes políticas ajenas a los intereses de las andaluzas permitían y alentaban el mismo.

A pesar de la actitud emprendedora de muchísimxs andaluces, y de ser Andalucía un rico territorio con enormes recursos naturales y humanos, hemos permitido que los intereses ajenos y las políticas indolentes nos hayan empobrecido y obligado a un casi permanente exilio laboral desde el último tercio del siglo XIX hasta nuestros días. Solo en nuestras manos, en nuestra voluntad, reside la llave para alterar esta realidad y cambiar el rumbo de nuestro futuro.

¡Viva Andalucía libre!

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