nº66 | a pie de tajo

De aquellas adolescencias, estas precariedades

Al hablar del problema del paro en este país, casi siempre salen a relucir las medidas que el gobierno de turno está planteando para reducir el desempleo juvenil, como si estar sin trabajo fuese más traumático cuando tienes 24 años que cuando tienes 42. Hoy en día existen programas que ayudan a la juventud en su primer empleo a todos los niveles administrativos (europeo, estatal, autonómico, etc.), pero, al parecer, hay una generación que nunca fuimos jóvenes.

Cuando la generación que tenemos entre 40 y 45 años cumplimos 18 años (allá por los primeros 2000, tan de moda que están), aún se creía que, al ir a la Universidad, tendrías opciones dentro del mercado laboral con aquello que habías estudiado. Puede que nadie se imaginase que pocos años después (los suficientes para terminar la carrera) estallaría la burbuja inmobiliaria y la primera crisis que sufriríamos directamente en nuestras carnes (2008).

Nosotras habíamos procurado hacerlo todo bien: sacar nuestros cursos, irnos de Erasmus porque eso te abría puertas, (por ende) aprender idiomas y, finalmente, hacer un máster que, aún en la antesala de lo que sería el Plan Bolonia, parecía esencial para poder culminar tus estudios, aunque todavía nadie se enteraba muy bien de qué iba eso. La gran sorpresa vino cuando, tras terminar ese período, nada te valía para nada porque no tenías experiencia y siempre había otra persona con más tiempo trabajado que tú que te desbancaba ante una oferta laboral. Entonces empezamos a hacer prácticas, las cuales obviamente no estaban remuneradas (te daban las gracias, ya si eso) ni reconocidas, aparte de la palmadita en la espalda de la jefatura de turno para la que trabajabas con la eterna promesa de que, si te esforzabas, te contratarían (spoiler, pasó poquísimas veces, si no nunca, a no ser que en la empresa trabajase el tío de un primo que conoce a…).

Las crisis seguían solapándose y las jóvenes seguíamos sin un trabajo ni medio digno, cuando de repente nos levantamos una mañana y, ¡sorpresa!, a tus treinta y pico años recién cumpliditos ya no eras joven o, al menos, no tanto como para que te considerasen como tal para la empleabilidad. El inicio de las ayudas para la contratación a menores de treinta volvía a dejarnos fuera del mercado laboral porque salía más caro contratarte debido a que, por un lado, si te cogían, el empleador no obtenía las subvenciones y, por el otro, tú seguías sin contar con la experiencia que nunca te habían dejado adquirir (aquellas prácticas no contaban, eran prácticas nada más).

Hoy en día, muchas de aquellas adolescentes de principios de los 2000 seguimos buscando nuestro hueco dentro del mercado laboral en algo parecido a lo que aprendimos en la Universidad. Nos hemos inventado y reinventado tantas veces que nos definimos como profesionales en base al empleo que tenemos en ese momento más que por aquello para lo que nos formamos y de lo que se supone que tenemos «conocimientos expertos». Aún hay algunas que seguimos siendo aprendices de todo por no haber conseguido quedarnos en un mismo sector tanto tiempo como para adquirir destrezas, y aún estamos esperando tener nuestra oportunidad para que nuestra vida consiga salir de la precariedad.

Espero que este alegato no lleve a equívocos: nosotras no queremos ayudas, no queremos las migajas de papá Estado para desarrollarnos; nosotras lo que queremos es la posibilidad de demostrar que somos algo más que aquellas adolescentes que bailaron Oops I did it again o cualquiera de Green Day en los pubs. Crear conciencia de que hemos crecido, aun habiendo sido ignoradas, y que, tras habernos partido los cuernos en prácticas infinitas, bares de mayor o menos reputación y cualquier chapú sin contrato…, queremos empezar a tener parte de esa vida digna que nos correspondería cuando lleguemos a tener la edad de jubilarnos del trabajo que nunca nos permitieron tener.

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