Martes, 10 de febrero de 2026. Estamos viendo la segunda semifinal del concurso del Falla, cada una en su casa, cuando ocurre esta conversación:
—Illa, ¿nos escribimos algo en El Topo sobre esta distopía? En plan relajado, para cuando nos vaya dando la vida, un docu compartido donde ir volcando lo que nos venga.
Y le mando a Maka la siguiente noticia de El País: «La esposa de Chomsky pide perdón por la relación del filósofo con Epstein, que califica como “grave error”». Me responde en un milisegundo:
—Sí, tengo que sacar esta honda decepción rabiosa sin fin de mi interior.
Y sigue nuestro desahogo mientras suena la presentación de Los Humanos:
—¿Qué nos queda, Armand Mattelart? Aunque siempre me ha escamado el papel invisibilizado de Michelle.
—Tía, Cande, es que yo he leído a Michelle más para mi tesis y ella es listísima y nadie le echa cuenta.
En ese momento, en el Falla canta la comparsa de Martínez Ares. Aguantamos la respiración, pasodoble a las mujeres carnavaleras. ¿A que mete la pata Antonio?
—Me cuesta creerme su arrebato feminista, pero me emociona igual. Sobre todo con to los cuplés de nabos.
—A mí me pasa igual. Pensaba por un momento que se lo dedicaba a la Camorra. Ahora mete la pata, ya verás.
Porque así es como se nos van cayendo, uno a uno, nuestros referentes masculinos, un pasodoble machirulo por aquí, una amistad con Epstein por allá, un comentario cuñado, una, dos, tres historias de acoso.
A nuestro yo de diecinueve años que cantaba «Venga, vamos, Chomsky, te sigo a todas partes, yo te adoro» le daría un parraque si leyera su camaradería tan patriarcal con Epstein. No pedíamos mucho, la verdad, que nuestros referentes no aparecieran en la agenda de un depredador sexual internacional, por ejemplo. En fin, ni los referentes resisten una mínima prueba del algodón, ni nuestros directores preferidos de la adolescencia un test de Bechdel, ni padres, hermanos y amigos un asalto de feminismo básico.
Cae Noam Chomsky y cae otro señoro más al que admiramos durante años. Como cayó Richard Stallman, como Kevin Spacey, como se tambalea Neil Gaiman… Y una ya no sabe si hacerse una estantería nueva o directamente pasarse al relativismo moral. Nos gustaría no perder la esperanza en el género humano masculino pero no nos lo ponéis fácil. Necesitamos referentes de hombres. Espera, ¿los necesitamos? Desde luego no a costa de tapar vuestros deslices por el bien de la causa.
A lo mejor lo que necesitamos es dejar de hacer ese esfuerzo constante por justificarlos y perder el tiempo, la poca inocencia que nos queda y parte de nuestro corazoncito en un carrusel de decepciones.
La parte positiva de todo esto (no todo iba a ser ruina) es que se ha acabado el mirar hacia otro lado para que no se nos cayeran los referentes. Se ha roto esa lealtad rara que teníamos hacia hombres a los que les debíamos pensamiento, libros o películas, pero no impunidad. Y en ese derrumbe hay algo liberador, al fin y al cabo, si caen ya no tenemos que sujetarlos nosotras.

