En el marco de la II Feria del Libro Filosófico organizado por la Universidad de Sevilla, pudimos charlar con Remedios Zafra, escritora y ensayista cordobesa especializada en cultura digital y pensamiento crítico, abiertamente comprometida con la igualdad y la crítica.
Al inicio de un capítulo de tu último libro El informe. Trabajo intelectual y tristeza burocrática (Anagrama, 2024), cuentas que fantaseas con trabajar en un convento. Parece existir un revival del mundo espiritual.
De pequeña, las personas que he visto en mi familia que se han dedicado a algo distinto al campo, sobre todo mujeres, y concretamente tías-abuelas, acababan en conventos. Hace años lo de ser monja para la gente humilde era la opción que en los pueblos sí se daba como posibilidad de salir, y como acercamiento a un mundo donde lo espiritual se imaginaba también intelectual.
En mi próximo libro, abordando las preocupaciones de los jóvenes contemporáneos, me detengo en algún momento en este contraste de época donde la vida espiritual parece una necesidad ante vidas presionadas por la acumulación, el individualismo y la materialidad sentida como vacío. A veces se acercan a una religión, otras se encuentran con sucedáneos que vienen del mercado en forma de paquetes de evasión, pero son tiempos interesantes para observar estas derivas.
¿Crees que debemos reclamar y proponer desde la cultura y el pensamiento nuevas narraciones que acojan otras formas de espiritualidad?
Quienes nos dedicamos al pensamiento y al trabajo intelectual tenemos la responsabilidad de ayudar a las personas a pensar, a pensar críticamente, y a salir de la rutina del hacer por defecto, también a comprender y situar la espiritualidad en nuestra vida.
En relación al vacío que muchas personas sienten ante un mundo delirante como el contemporáneo, o simplemente la incomprensión de códigos y la sensación dolorosa de vacío, recuerdo una escena vivida hace muchos años. El momento en que a unos padres se les comunica un diagnóstico médico adverso que no terminaban de entender. Situación que derivó en los padres rezando y poniendo velas en una iglesia. En este caso, si bien tanto el código médico como el religioso resultan complicados y hasta cierto punto opacos, ellos optaron por el que afectivamente les parecía más cercano y esperanzador, es decir por el que les permitía un margen de acción simbólica. No se trata de una negación del saber científico, sino de la necesidad de inscribirse activamente en aquello que les desborda. Desde una perspectiva antropológica, estos gestos adquieren un enorme interés para entender el papel de lo espiritual ante la multitud de situaciones que nos sobrepasan, nos duelen o no somos capaces de entender. En cierta forma, funcionan como intercambios simbólicos, como si fuera preciso dar algo a cambio ante lo incierto.
¿Cómo estimas que se está realizando el acompañamiento a artistas y agentes culturales desde las instituciones culturales?
Comienza a haber mayor sensibilidad, pero es insuficiente y, ante todo, está excesivamente burocratizado. En algún momento, hemos legitimado que el trabajo cultural y creativo es trabajo intermitente, fragmentario y, por supuesto, precario, y en esa concatenación de trabajos hay que trabajar doblemente, por una parte, en el trabajo creativo y por otra en el concurso periódico para poder trabajar. Como efecto aumenta la falta de confianza de estos trabajadores que se sienten permanentemente escrutados en procesos competitivos. Este tipo de compañía no cuida a los trabajadores ni cuida su trabajo.
Es en esta normalización que crece el desafecto con la práctica y aparece el riesgo de romper o de cambiar. Porque sentimos estar dedicando más energía a justificar lo que vamos a hacer, hemos hecho o deberíamos estar haciendo, que al hacer que nos motiva y que sería valioso para la sociedad, que la sociedad merece en su mejor versión.
Recuperando otra de las figuras protagonistas de tu obra, Las netianas, ¿crees que el sistema ha absorbido y neutralizado aquella potencia crítica del ciberfeminismo? ¿O del propio internet como un espacio creativo, como un espacio de ruptura y posibilitador de otras realidades o disidencias?
Puede que haya desaparecido de la parte visible de la escena. Pero el ciberfeminismo y las políticas críticas y creativas del primer internet siguen operando y creciendo como semillas en quienes las conocimos y las especulamos. De hecho, la principal crítica anunciada entonces sigue siendo corazón de la mayor debilidad digital que se ha mantenido, me refiero a acostumbrarnos a un espacio de relación que se presenta como falsa esfera pública cuando está exclusivamente movida por fuerzas monetarias y mercantiles. Considero que no hemos enfrentado esta estructura como merecía y esto ha supuesto el boicoteo de la vida de muchas personas (especialmente jóvenes y adolescentes) que han crecido condicionados por lógicas de autoexposición, desvinculación comunitaria y aceptación del valor escópico como máximo valor. El increíble poder de las industrias, que ha naturalizado la internet que hoy tenemos, claro que ha mermado la potencia creativa, imaginativa y de acción social que un verdadero espacio online público nos habría permitido.
Pienso que esto ha orientado un tipo de trabajo donde ha predominado la crítica y la actitud defensiva ante la hegemonía tecnocapitalista como suelo no inocente de nuestra vida online. Y esta deriva hacia la crítica nos ha coartado tiempo de imaginación y trabajo propositivo. Confío en el aprendizaje que hemos tenido con las redes para evitar reiterar los mismos errores con la inteligencia artificial, para la que facilitar una regulación más exigente y éticamente comprometida resulta un mandato.
Y retomando vuestra referencia al feminismo, aunque no usemos como antes la expresión ciberfeminista ni aludiendo al net.art, la base conceptual y estratégica de ambas prácticas reflexivas con el medio siguen activas en quienes se enfrentan a internet con extrañamiento y vocación social. El arte, la parodia, la especulación político-poética, la experimentación de poderes horizontales que hoy se inspiran en los cuidados siguen operando como resistencia crítica. Claro que difícilmente neutralizan el poder que antes he criticado, pero en estas décadas son varios los ejemplos de instrumentalización activista de las redes para, por ejemplo, invertir la fuerza de exposición pública de lo íntimo, cambiando las fuerzas movilizadoras. En lugar de ser extractivistas como las usadas por las redes, el feminismo trastoca el sentido y es lo íntimo opresivo lo que se hace público, no desde afuera, sino desde dentro. Son las propias personas oprimidas las que usan las redes para activar comunidad desde lo que se hace público, compartido y político, como fue el caso del MeToo y de los movimientos feministas globales que instrumentalizaron unas redes pensadas por otros fines.
¿Qué tipo de relación individual o colectiva podemos generar con las inteligencias artificiales?
Una primera cuestión debiera ser la llamada de atención sobre lo que como humanos hemos aprendido en estas décadas, sobre nuestra memoria reciente respecto al daño social que la tecnología en manos exclusivamente mercantiles puede provocar. En este sentido creo que lo más singular de este nuevo giro es cómo asumir la delegación masiva, automática y opaca de actividades cognitivas que requerían esfuerzo, y que ahora son una tentación para el hacer rápido y de cualquier manera sin que lo hecho implique entender, y en muchos casos llenando la red de sucedáneos y basura digital. Es complicada una relación consciente y cocreativa, que valore sesgos y efectos laborales porque la velocidad a la que se impone es incompatible con los ritmos humanos para legislar, formarnos y preparar a la ciudadanía. Por tanto, diría que es una relación compleja la que estamos teniendo y podemos tener ante el desajuste de estas velocidades.
Es además curioso cómo, frente al optimismo con que nos enfrentamos a internet en los 90 (y la desastrosa experiencia social posterior), ahora estamos rodeados de visiones apocalípticas. No tengo claro si este punto de partida nos sitúa en otro lugar de posibilidad, pero en cualquier caso pienso que el aprendizaje nos obliga a contextualizar la inteligencia artificial o cualquier otra tecnología en el contexto tecnoeconómico en el que acontece. Se trataría entonces de trabajar con exigencia intelectual y ética a todos los niveles (institucional, educativo, empresarial, ciudadano…), preguntándonos ¿bajo qué fuerzas, bajo qué orden, con qué controles, qué regulaciones? En juego, la credibilidad de los marcos de representación y relación, el nuevo suelo social y laboral y, muy especialmente, la amplificación de formas de desigualdad e injusticia social.
¿Crees que la universidad sigue siendo una institución capaz de aportar esa posición crítica respecto a las tecnologías?
Es lo que esperamos de la universidad y del trabajo intelectual y académico: hacer reflexivo el mundo. Pero ese trabajo reflexivo está hoy bajo el punto de mira de un pesimismo intelectual que proyecta emociones negativas sobre lo que requiere esfuerzo o aceptar una primera incomodidad. Y es injustísimo que este espíritu reaccionario se prodigue porque alienta a la manipulación y a la ignorancia, a arroparse en formas simplificadoras y fáciles, las más rápidas, olvidando el placer de la conciencia, el valor del aprendizaje, la alegría de poder ser autónomos en nuestro pensamiento, de interiorizar las herramientas, de ser humanos capaces de pensar como humanos.
Por otra parte, el trabajo académico está cada vez más torpedeado por las derivas del capitalismo cognitivo que han orientado a la precarización del profesorado y de los jóvenes investigadores, creando contextos ariscos para el pensamiento crítico, y una desafección con lo que debieran estar haciendo. Se apropian además de gran parte de sus tiempos que deberían estar orientados a ayudar a la sociedad. Otro de los grandes problemas es el haber aceptado el dominio de formas de evaluación y gestión que provienen de determinadas ciencias fácilmente operacionalizables, donde las humanidades se ven perjudicadas.
Sin embargo, por mucho que realice una lectura crítica, a lo que apunto es a las fuerzas tecnoliberales proyectadas sobre los contextos del saber, de forma que ni universidad ni escuela pueden ser nunca el problema. De hecho, hay algo contradictorio en esta situación que narro, y es que siendo estos trabajos muy afectados por la precariedad tecnoliberal, son justamente donde mayor potencia (imaginativa, empática, profunda y reflexiva) habría para generar respuestas y cambios.
Pienso que en los espacios y trabajos del saber late una pulsión capaz de contrarrestar el hacer rápido, sin hondura y sostenido en la mera apariencia que predomina en la lógica digital bajo fuerzas monetarias. Un hacer que llega incluso, a mi modo de ver, a degradar nuestra visión del tiempo. De un lado, se orienta a las personas a la vida en presente continuo, rompiendo el vínculo entre futuro y esperanza (desde la pérdida de fe en lo comunitario), especialmente en las personas más jóvenes; y por otro, facilitando la posibilidad de manipular la historia, modificando el pasado mediante mentiras persuasivas. Esto es posible desde la edición y modificación con IA de archivos digitales que reescriben, por ejemplo, el Holocausto o el franquismo. A priori sería algo acotado, pero su potencia para alentar negacionismo y escepticismo sobre la Historia es importante porque se valen de la viralidad de lo polémico. Lo espectacular y controvertido encaja muy bien con la dinámica del valor escópico y logra millones de visitas, a diferencia de la enmienda y la corrección documentada que es comparativamente minoritaria. La facilidad con la que estos medios/herramientas pueden contribuir a un mundo delirante es inquietante cuando no hay un poder ciudadano y democrático que las gestione y las piense.

