La influencia del capitalismo en el actual cambio climático es un tema del que se ha escrito mucho —también nosotres desde El Topo—. Conociendo el impacto de las formas actuales, y sabiendo que es sobre ellas donde debemos actuar, querría recuperar la mirada de largo alcance de Jason W. Moore y David Graeber. El trabajo de Moore se inspira o recupera las críticas feministas a las teorías sobre el capital de Marx con el interesante añadido de la apropiación que el capitalismo ha ido haciendo de la capacidad de las naturalezas para crear vida en sus diferentes fases de acumulación. El capital, según Moore, necesita apropiarse continuamente de trabajos que no paga: el de las personas dedicadas a la reproducción social y el de las naturalezas que proporcionan gratuitamente energía, fertilidad, materias primas o alimento. Para el capital es esencial la demarcación de la frontera entre trabajo remunerado y no remunerado, entre explotación y apropiación.
Los orígenes de esa apropiación se situarían en el largo siglo XVI (1451-1648), cuando expansión colonial, expropiación campesina y nuevas fronteras mercantiles comienzan a integrarse. Madeira sería uno de los primeros ejemplos de fronteras de apropiación capitalista: una isla denominada como la «isla de madera» sufriría una rápida deforestación con el objeto de alimentar de combustible la industria azucarera mientras generaba áreas libres para plantaciones de caña, colapsando menos de un siglo después. Ese relato esconde la forma en que naturaleza y capitalismo se transforman pasando de una naturaleza heterogénea e irreductible a una versión secuencial que deriva en una mercancía única, en este caso el azúcar: el bosque se convierte en combustible, el suelo en superficie destinada a plantaciones, los campesinos en mano de obra.
La plantación precede a la Ilustración, pero anticipa una operación que después la modernidad científica llevará mucho más lejos: controlar, racionalizar y canalizar naturalezas diversas para reorganizarlas según las necesidades de la acumulación. Moore llamará «naturalezas históricas» a esas combinaciones de naturaleza humana y extrahumana que cada época reorganiza según sus necesidades de acumulación. Es indudable que muchas de las ideas que ahora vemos como productos de la Ilustración europea del siglo XVIII se aplicaron, en realidad, para justificar una crueldad, una explotación y una destrucción extraordinarias no solamente de las clases trabajadoras del propio país, sino de personas que vivían en otros continentes. La Ilustración no creó estas transformaciones, pero heredó un mundo que ya estaba siendo reorganizado por ellas y desarrolló nuevas formas de clasificarlo y administrarlo.
Aquí es donde el enfoque de David Graeber nos interesa. Nos recuerda que los registros históricos de este periodo, aparentemente exactos e inmutables, en realidad nos ofrecen una visión parcial de un tiempo y un lugar donde era muy difícil establecer la diferencia entre realidad y ficción. Y la representación que tenemos de la Ilustración no es inmune a esto. El proyecto europeo de la Ilustración no fue el único posible en aquel momento, sino que fue una síntesis particular e interesada de valores y conocimientos que estaban llegando, más o menos fieles a la realidad, desde lugares muy alejados. Así tan importante fueron las plantaciones de azúcar como transformadoras de territorios, facilitadoras de acumulación y aportaciones energéticas para esa fase de apropiación, como las narraciones en torno a civilizaciones utópicas formadas por piratas como Libertalia que, según Graeber, circulaban por Europa.
La piratería surgía en ocasiones en oposición a la jerarquía en los barcos que, junto a las plantaciones, fueron también espacios de experimentación de formas de disciplina laboral que después encontrarían expresiones futuras en la fábrica. Por ello, junto a los relatos de violencia que les acompañaban, también traían consigo modelos de gobernanza diferente donde las figuras más dominantes rendían cuentas constantes al resto de la tripulación. Estos modelos los extrapolaron en ciertas ocasiones a tierra firme. El caso estudiado por Graeber nos lleva a la costa Este de Madagascar, cuya investigación nos dibuja un escenario confuso entre finales del siglo XVII y finales del XVIII pero que llegaba en forma de relatos que escandalizaban, inspiraban y entretenían a la sociedad occidental. Pese a su influencia en nuestra forma de pensar contemporánea, nos dice Graeber que no es posible «desde nuestra posición de desembrollar estas historias y establecer una forma definitiva de saber cuáles fueron reales y cuáles no».
Madagascar no era un mundo aislado: formaba parte, desde hacía siglos, de las redes comerciales del Índico. Lo que parece indudable es que en la costa malgache sí hubo asentamientos donde piratas, conjuntamente con los miembros de algunas comunidades malgaches de alrededor, con cuyas mujeres se casaron, especialmente en la Confederación Betsimisaraka, experimentaron nuevas formas de gobierno. Los piratas llegaban a Madagascar con riquezas y armas, pero prácticamente ningún capital social o cultural. Las mujeres malgaches, con una posición importante en los mercados, encontraron en esas alianzas una vía para ampliar su autonomía: los piratas no traían cargas familiares y su posición en el engranaje social era débil, incluyendo su capacidad de comunicarse. Para ellas hacer comunidad con los piratas suponía su oportunidad de ruptura con la cadena social que tenían. Esas nuevas formas de organización política no solo supusieron un beneficio para las comunidades piratas y las mujeres malgaches. El conocimiento del territorio junto al armamento aportado por los piratas imposibilitó que durante muchos años hubiera un interlocutor central mediante el cual los poderes coloniales externos pudieran controlar la isla. Siguiendo a Moore, podríamos preguntarnos si esa fragmentación política derivada del encuentro de los piratas y las mujeres malgaches fue clave para retrasar la conversión de Madagascar en una frontera de apropiación. Quizá fuera así o quizá no, pero este duro verano espero que sea sugerente esta fábula de protecciones ecologistas, inesperadas e inconscientes, surgidas de comunidades historiográficamente subalternas.

