nº70 · Feb 2026 | tema que te quema

No te falta magnesio

Cuando vas al centro de salud porque desde ayer tienes dolor de garganta y mocos, en realidad vas por muchas cosas que no son que desde ayer tienes dolor de garganta y mocos. Te mandan ibuprofeno y mucha agua y te enfadas porque piensas que debe haber algo que haga que eso se quite más rápido. Más rápido, supongo, significa menos de 24 horas, que es lo que llevas con los síntomas. Te parece mucho, pero en realidad, si lo piensas, no es nada para un cuerpo que se defiende frente a una infección.

Tú te enfadas porque la médica no te receta nada más, pero en realidad deberías enfadarte con el sistema que no te permite parar ni siquiera 24 horas. Porque cuando vas a consulta por el dolor de garganta y los mocos, ese «ayer» es lo de menos. Lo que te pasa es que no has podido dormir por culpa de la tos y aun así tienes que levantarte, vestir a las criaturas, llevarlas a la escuelita infantil cuya mensualidad pagas con el poco salario que te da el trabajo que no te ha permitido conciliar, recorrer una hora en un transporte público atestado para llegar a trabajar y que tu jefe te grite porque no has cumplido los objetivos del día. Porque ni cuando estamos enfermas podemos permitirnos que esta rueda que nos asfixia pare ni siquiera 24 horas. 

Lo que te pasa es que luego quieres llorar, pero no puedes porque no te da tiempo. Tienes que, con tu cansancio tras el trabajo, ir a comprar al supermercado como todas las semanas, porque la casa tan pequeña en la que vives —la que puedes permitirte— no tiene más espacio de almacenamiento en la cocina que los víveres de unos pocos días. Te pasa que querrías tomarte una sopa calentita que te alivie, pero a lo máximo que puedes aspirar es a un brick de caldo ultraprocesado por el que luego te culparías por elegir productos poco saludables. Porque tu madre vive lejos y no puede venir a cuidarte. Porque tus amigas, aunque se han ofrecido a traerte algo a casa, están igual o peor que tú y no quieres sobrecargarlas. O quizá sí que pueden, pero te han enseñado a no pedir ayuda, a que se sienta un fracaso depender de otres, por mucho que sepamos eso de que somos seres inherentemente sociales. Lo que te pasa, en realidad, es que el capitalismo no te da tregua en ningún momento.

Y tú te enfadas con tu médica porque solo te da un ibuprofeno. Tu médica, que quizás tiene aún más mocos que tú, o está atravesando un duelo, pero no puede permitirse faltar al trabajo porque no ponen suplentes. Y sigue poniendo el cuerpo para sostener a otres, porque la sanidad pública está cada vez más precarizada y desde arriba se olvidan, sistemáticamente, de cuidar a quienes cuidan.

Unos días después, cuando se te quitan los mocos, empieza a dolerte la espalda, o la rodilla, o cualquier otra parte del cuerpo o todas a la vez. Porque si no paras, el cuerpo avisa. Y si sigues sin hacer caso, el cuerpo te para a la fuerza. Haces un sobresfuerzo y te buscas un fisio que te quite el dolor, aunque sea por un par de días. Vas al fisio porque, de nuevo, necesitas que alguien te quite el síntoma porque esta vez tampoco hay margen para parar.

Y mientras el reposo hace su efecto, le pides la baja a tu médica, pero solo de un par de días, para que no te quiten mucho de la nómina. Y aprovechas y le pides algo para poder dormir, porque ya no puedes más. Y ella sabe que tus problemas no los quita un Lorazepam ni un antidepresivo, pero te los prescribe, porque en la Seguridad Social tardarán más de un año en verte en salud mental. Y porque también sabe que tu problema no está en tus neurotransmisores y teme que la psicoterapia se base en darte herramientas para permitirte volver a ser funcional en un sistema que te está enfermando. Pero qué más va a poder hacer ella, desde sus diez minutos (con suerte) de consulta.

Lo que te pasa, por tanto, no es el síntoma por el que vas a la consulta, sino todo lo demás.

Te pasa que tienes un trabajo precario donde no te atreves a pelear por si te pasa lo que a las Seis de la Suiza. Te pasa que no se limita el precio de la vivienda pese a los numerosos estudios que relacionan la inestabilidad habitacional con problemas de salud; que las zonas verdes desaparecen mientras los gimnasios donde hacer deporte en solitario proliferan; que antes en la puerta de al lado tenías a tu vecina que recogía a las criaturas del cole cuando no llegabas y ahora tienes un piso turístico que te deja la bolsa de basura en el rellano. Te pasa que te dicen que comas sano mientras la comida es cada vez más cara y la subida nunca repercute en quien la produce; te pasa también que por ser queer te pueden pegar una paliza; que la extrema derecha sigue negando la violencia de género.

Te pasa que tú necesitas estar bien, pero te lo ponen difícil los Determinantes Sociales de la Salud, eso que la OMS define como «las circunstancias en que las personas nacen, crecen, trabajan, viven y envejecen, incluido el conjunto más amplio de fuerzas y sistemas que influyen sobre las condiciones de la vida cotidiana».

Y así estamos: comprando suplementos de magnesio, vitamina D, zinc, vitamina C, triptófano, omega 3, pimienta, colágeno, cúrcuma, y otros complejos multivitamínicos para concentrarte cuando estás estudiando, luego plus para rendir en el trabajo, más tarde específicos para la menopausia y, por último, para la tercera edad. Confiando en que el mal humor, el dolor de todo el cuerpo, el cansancio permanente y la sensación de no llegar a nada se solucionen con una pastilla que los laboratorios farmacéuticos nos han convencido de que necesitamos, aunque no exista evidencia científica sólida que lo avale. Qué casualidad que siempre sean elementos que podríamos obtener con una alimentación equilibrada y accesible, pero nos dicen que no, que lo que sirve es la cápsula que ellos, siempre un ellos ajeno a nosotres, nos venden.

Y es que lo que te falta, cariño, no es magnesio.

Te falta tiempo, energía y espacios reales para practicar un autocuidado no ligado al consumismo. Te falta una sociedad que permita la pausa y el descanso que son inherentes a la vida misma y no varios cafés al día para poder producir, que neutralizas con un Lorazepam para poder dormir. Te falta una sanidad pública fuerte, donde quienes te atienden dispongan del tiempo suficiente para escuchar, comprender y abordar el origen de tus malestares, y no se vean empujades a recetar soluciones rápidas para que no quedes expulsada del mismo sistema que te enferma. Te faltan políticas públicas que pongan la vida, los cuidados y la salud en el centro, y no la productividad y el rendimiento.

Porque si no tenemos todo esto, llega un día que dices que no puedes más. Y sientes que has fracasado tú, que la culpa es tuya y de nadie más. Pero como dijo Lapoujade «el yo no aguanto más no es, por lo tanto, el signo de una debilidad de la potencia, sino que, por el contrario, expresa la potencia de resistir del cuerpo». 

Es tu cuerpo resistiendo. Eres tú necesitando callarlo. Porque tú estás buscando que te quiten el síntoma, todos los síntomas. Pero, en palabras de Alicia Valdés, el único cuerpo silencioso es el cuerpo muerto. Y pasa que tu cuerpo se está rebelando pero tú no tienes el tiempo, las energías ni las herramientas para hacerte cargo de esa rebelión tú sola. 

Porque la solución no será nunca una cápsula que solucione el síntoma, sino una acción que acabe con la causa.  Y este cambio, como todos los cambios importantes de la historia, no se consigue en soledad. Si como sociedad nos sentimos desbordades, agotades y culpables, si el sentimiento es colectivo, la respuesta también debe serlo. Si el cansancio es político, también debe serlo el cuidado. La solución, por tanto, pasará por juntarnos, por recuperar el apoyo mutuo que sostuvo a quienes vinieron antes, por devolver a los barrios su fuerza y lucha, por llamar al timbre de tus vecines y ofrecer tu ayuda. Por permitirnos descansar sin tener que pedir permiso. La solución para que enfermar no sea sinónimo de abandono y la pausa y el descanso, un privilegio. 

Y con esto no propongo sentarnos a esperar que la vida tal y como la conocemos cambie, sino en reflexionar en conjunto cómo es la vida que queremos: pensar en la utopía y caminar juntes hacia ella. Porque si algo no está en nuestro imaginario, no lucharemos por conseguirlo. Ocupemos por tanto los espacios comunes donde esta vida que queremos ya se está construyendo y, juntes, empecemos a vivirla.

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