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Hoy la manta por mí, mañana por ti

¿Quiénes son los manteros?

En febrero de 2016 llegué a Sevilla, ávida de emprender mis investigaciones sobre las relaciones entre la migración y la economía informal en lo que yo consideraba el lugar ideal: Andalucía, con una tasa de paro del 28,3%, un baluarte europeo de contratos temporales y trabajo informal, una encrucijada antigua de culturas y un punto principal de entrada a Europa.

Mi trabajo se concentró en los manteros del centro de Sevilla, en su mayoría hombres senegaleses de veinte a treinta y pico años, pertenecientes a la orden islámica sufí de Senegal y  muridíes de Gambia. Hay también mujeres, otros africanos occidentales, ecuatorianos e incluso una pareja española que vendía de vez en cuando. Algunos no tienen papeles o han caído en una situación de irregularidad por no encontrar un contrato de trabajo (un requisito para obtener residencia), mientras otros han conseguido la residencia permanente pero no encuentran trabajo formal.

El estado legal de la venta

Vender en la calle no es, en sí, ilegal. Vender mercancía falsificada sí es ilegal, además de vender sin licencia y vender en zonas prohibidas y durante ciertos eventos, donde se requiere licencias especiales. El Código Penal actualmente regula la propiedad intelectual (CD y DVD, progresivamente desapareciendo) y la propiedad industrial (calzados de marca, camisetas de fútbol, etc.), imponiendo una pena de prisión de 6 meses a 2 o 3 años y multa de 12 a 24 meses a quien distribuya sin autorización una obra intelectual o productos industriales[1]. Un cambio notable y cuestionado ha surgido en la última versión del Código Penal de 2015, en que se agrega el artículo 274.3, relativo específicamente a vendedores ambulantes y manteros, revocando los triunfos de varios colectivos de manteros en 2010, cuando lograron que la pena se redujera a multas y trabajos en beneficio a la comunidad. El Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes de Barcelona, entre otros, sigue protestando contra esta revocación y pidiendo la despenalización de la actividad[2].

La precariedad aumenta

Nada indica que los manteros vayan a desaparecer. Al contrario, las tendencias actuales del mercado laboral y la migración, impulsadas por las necesidades del capitalismo global y los avances tecnológicos, solo supondrá más gente trabajando en empleos autocreados e informales. En busca de una mano de obra cada vez más barata y de lugares donde se paguen menos impuestos, las empresas globales se instalan en regiones del mundo menos desarrolladas. Muchos, en vez de ofrecer empleo a las poblaciones locales, traen a sus propios trabajadores, instalan muros y crean sus propios pueblos industriales. Los países que no quieran que se marchen sus empresas al extranjero tienen que flexibilizar su propio mercado laboral, lo que se refleja en salarios más bajos y más empleos de carácter temporal y sin los derechos sociales de sus antecesores; un problema especialmente destacado en España, que según la OCDE el año pasado alcanzó una tasa de empleos temporales del 25,1%[3]. Como los manteros, muchas personas se encuentran mundialmente en una situación de temporalidad que, como veremos, se convierte cada vez más en un estado permanente.

«Hay que aguantar» 

En un oficio tan perseguido, tu mejor herramienta es la paciencia. Para gente sin ofertas de empleo, la venta ambulante es una manera de sobrevivir que puede cubrir las necesidades cotidianas, pero que va aplazando los planes de futuro; una actividad inicialmente pensada como algo temporal que, desafortunadamente, se convierte en algo permanente. Muchos han estado con la manta 10 años o más. Día tras día he observado cómo la policía, mecánicamente, interrumpe sus intentos de trabajar (aunque según los manteros «solo hacen su trabajo»), observando cómo se establece el estrés y el cansancio crónico. «Si esto sigue, no voy a continuar así, todo el tiempo corriendo. Te pone nervioso. Vas a perder tu personalidad.» «Fatiga, fatiga, fatiga.» «Este trabajo es muy difícil, siempre pendiente de la policía. Cuando regreso a casa me siento en el sofá y pongo la tele. Es muy difícil.» Pero cuando les pregunto por qué no se dan un descanso, siempre se ríen. «¿Crees que nos rendimos tan fácil?»

Desde luego, en la calle no hay solo miseria. También hay mucha risa, camaradería, gratitud, fe, esperanza e ingenio. Los beneficios y redes de apoyo que no les provee el Estado por falta de empleo o residencia los buscan en otra parte, y sus sistemas de apoyo mutuo y solidaridad son un ejemplo brillante a seguir; tanto en la calle, cuando recaudan dinero entre ellos para un mantero al que le han incautado su mercancía, como en la dahira (la comunidad religiosa) y en la comunidad africana.

Una penalización sin sentido

Me da la impresión de que muchos piensan que los manteros son, de alguna manera, una anomalía social; que son «pobres africanos» cuya situación no tiene mucho que ver con ellos. Cuando empecé mis investigaciones, creía que estaban vendiendo en la calle porque estaban sin papeles y sin recursos. Pero he encontrado que eso es un tópico, entre muchos otros que tenemos, por desconocerlos. La verdad es mucho más interesante. Una gran parte de los manteros sí tienen papeles, e incluso han tenido trabajos normales. Uno estudia en la universidad, otros han trabajado en el campo, otros en bares u hoteles. Son inmigrantes y también son sevillanos.

La cuestión fundamental, pues, es esta: la persecución de la venta ambulante no es un problema de «los pobres africanos», como podría parecer a cualquier observador que pasa por el centro o Nervión, y su penalización, aparte de ser una medida injusta y desproporcionada que criminaliza la pobreza, simplemente no tiene sentido, porque formamos todos parte del mismo sistema laboral; un sistema que se aleja cada vez más de los empleos estables del pasado con beneficios laborales y los cambia por un estado de precariedad, con contratos temporales sin beneficios. Trabajar la manta simplemente es una solución en este sistema cuando no encuentras trabajo.

En innumerables ocasiones me han contado de la vergüenza que sienten trabajando en la calle, imaginando las percepciones de los sevillanos. Los manteros no deben sentir vergüenza. Deben sentir orgullo, porque en una situación precaria en la que se encuentran tantos hoy día, no esperan que el Estado los cuide, porque no lo hará; se empoderan y salen a la calle. 

Bibiana Marie Baxevanos, antropóloga y amiga de los manteros


[1] Artículos 270-274 del Código Penal.

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