Ilustra Marina Fernández http://instagram.com/_marinafdz/

UNA COOPERATIVA DE CINE

LAS SALAS DE CINE DECRECEN Y BAJAN LOS BENEFICIOS, PERO A PESAR DE ESO SURGEN INICIATIVAS DE SALAS DE CINE COOPERATIVAS O ASOCIATIVAS Y (¡SORPRESA!) NO LES VA MAL

Una, que siempre ha sido muy peliculera, vio en el cine, con 10 años, Cinema Paradiso y lo de la magia del cine me lo tomé muy a pecho. Uno de mis mayores sueños era tener mi propia sala de cine. Elegir las películas, hacer sus fichas técnicas para repartirlas a los ilustres espectadores, empalmar los rollos de película de 35 mm… Cuando llegué a la facultad me aprendí dónde estaba el bar y me metí en el cineclub. No podía ser más feliz: proyectábamos cine pedante en VO y en 35 mm, robábamos algún fotograma de recuerdo de cada película y perdíamos dinero a espuertas. Pero basta de batallitas. Parece que este sueño lo han ido teniendo muchas otras personas y que, a algunas, les han salido mejor las cuentas. Vamos a darnos un paseo por el mundo de las salas de cine cooperativas o comunitarias. Silencio, que empieza la proyección.

La idea de estas salas está muy vinculada a dos pilares: la concepción del cine como herramienta de cambio social y el trabajo con las comunidades donde ese cambio debe empezar.

Por un lado, se trata de recuperar la tradición de los cineclubes o las salas de arte y ensayo y otros intentos de distribución de cine alternativos a los circuitos comerciales. Por otro, se busca adaptar a la gestión cultural unas formas de organización más horizontales e implicar a les usuaries en la gestión del proyecto a través de diferentes formas jurídicas, bien cooperativas o asociaciones sin ánimo de lucro.

UN POQUITO DE HISTORIA

Estos intentos tienen bastante tradición en nuestro país. Durante la república, la aparición de cineclubes estaba a la orden del día, en un intento de acercar la cultura a la capas populares de la población, destacando el Cineclub Español, vinculado a la Residencia de Estudiantes, aunque hubo muchísimos otros que nacieron en pueblos y provincias donde muchas veces ni siquiera llegaba el cine comercial. Tras la Guerra Civil y la dictadura, los cineclubes programaban películas prohibidas por el régimen o documentales hechos por militantes y aprovechaban para celebrar actos políticos antifranquistas de escaqueo tras las proyecciones, siendo los sindicatos unos de los grandes impulsores de estas iniciativas, destacó el Volti, la red de locales de CC OO en la que se proyectaban películas clandestinas y servían no solo como distribución alternativa a la de las grandes productoras, sino como espacio para el debate político entre los asistentes.

Con un contenido político menos marcado, las salas de Arte y Ensayo tuvieron su momento de auge en los 70 y se alzan contra las prácticas casi mafiosas de las majors que imponían su catálogo a todas las salas, dejando fuera a las productoras independientes. Se proyecta cine clásico, películas de culto, documentales o filmes al margen de la industria mainstream. Son más del rollito del cine como arte y no como mero entretenimiento, que debe conmover y hacer reflexionar. Más profundos, pero también molones.

Estas dos tendencias se mantienen a día de hoy en los diferentes proyectos que han ido apareciendo en el Estado español. En otros países como el Reino Unido (mycommunitycinema.org.uk) o EE UU existen extensas redes de cines comunitarios, gestionados por asociaciones y voluntarios, cuya misión es acercar otro tipo de cine a comunidades con difícil acceso a salas no comerciales o, simplemente, a salas. En nuestro país, varias circunstancias se unieron en la última década para propiciar la aparición de estos proyectos.

Numerosas salas de cine vivieron la tormenta perfecta a raíz de la crisis de 2008, a la que se sumó el aumento del precio del IVA al cine por parte del PP, la aparición de las primeras plataformas de visionado por internet (streaming) y el proceso de digitalización de las salas con los gastos que conllevaba. Muchas salas cierran en esos años y así, desde 2011 hasta 2017, el número salas en España se redujo un 11,2% y el número de butacas un 13,4%. Ciudades medianas como Pontevedra, Tarragona o Jaén, por ejemplo, pasan en unos años a tener el dudoso honor de ser ciudades medianas sin salas de cine.

En diferentes puntos, grupos de cinéfilos comienzan a ponerse en marcha para recuperar algunas de estas salas cerradas o impedir un cierre inminente.

LA COMUNIDAD AL RESCATE

Surgen iniciativas individuales, colectivas y cooperativas que unen la cinefilia y una militancia política que pasa por trabajar desde las comunidades y los barrios y no dejarlos huérfanos de oferta cultural.

Uno de los proyectos pioneros fueron los CineCiutat, en Mallorca. En mayo 2012 cerraron los cines Renoir, en S’Escorxador en Palma de Mallorca. Un grupo de asistentes habituales se negó a quedarse sin su sala de referencia, crearon una asociación, buscaron financiación a través de Coop57 y buscaron el apoyo de personas socias que se implicaran en el proyecto. 800 asociades acudieron a la llamada y consiguieron reabrir la sala tres meses después de que cayera el telón. A les socies les ofrecieron una implicación además de una cuota económica y mantienen una metodología participativa Open Space para que puedan aportar su visión del proyecto.

En una tónica que se repite en el resto de proyectos, combinan cine más convencional o comercial con cine de autor o experimental, pero, además de trabajar por la diversidad cinematográfica, el trabajo con la comunidad es esencial, por un lado, realizando una labor de laboratorio creativo y cultural y, por otro, abriendo espacios para la participación de les vecines y el activismo social y ambiental. En diciembre del año pasado recibieron la categoría de asociación de utilidad pública por este trabajo. En el aspecto meramente empresarial tampoco les va nada mal, ya que han sorteado la pandemia y obtenido una respuesta muy buena por parte de su público en cuanto abrieron (y ofreciendo entradas gratis a les trabajadores esenciales, ¿los puedes querer más?). El verano pasado decidieron dar un paso más y lanzar un micro mecenazgo que les permitiera renovar equipos y adaptarse a los cambios que les marcaban desde la industria y, por supuesto, fue todo un éxito.

Romper con la hegemonía de los grandes éxitos estadounidenses que copan todas las pantallas es uno de los principales objetivos que se marcan desde estas iniciativas, apostando por estrenar películas que no podrán verse en el resto de salas. Hasta el 60% del mercado autóctono europeo se ve copado por producciones de Hollywood y sus productos diseñados para el taquillazo instantáneo.

La siguiente escena nos conduce hasta Zumzeig, que, como elles mismes se definen, abrieron sus puertas en Barcelona como un cine cooperativo y participativo sin ánimo de lucro, con una programación multidisciplinar en versión original que comparte protagonismo con otras actividades culturales y sociales. El cine empezó en 2013 como una sociedad limitada, con la idea de proyectar cine alternativo y tener un espacio en el que tomar algo y comentar las películas, pero les socies iniciales decidieron dar un paso a un lado y apostar por un modelo más participativo. Algunas de las personas cercanas al espacio y al mundo del cine decidieron aceptar el reto y se hicieron cargo de la sala montando una cooperativa en noviembre de 2016 con la ayuda de una campaña de micro-mecenazgo.

Forman parte de la iniciativa más de 300 personas, 30 de ellas son voluntarias activas y se organizan en grupos de trabajo. Se apuesta por un cine que queda invisibilizado en la mayoría de salas comerciales. Mantienen un espacio en la programación para el cine infantil y pretenden ser un espacio cultural abierto que realiza charlas con directores, mesas redondas, talleres o performances, ya que el barrio es una pata fundamental de su proyecto. Trabajan en alianza con otros colectivos de Sants y buscan, a través
de una programación variada, abrirse al barrio y dar cabida a las iniciativas de los colectivos y asociaciones.

Si continuamos con la panorámica, encontramos más proyectos afines como los Cines Zoco de Majadahonda. De nuevo una sala de cine en versión original que se ve abocada al cierre y un grupo de cinéfiles que decide dar el salto y pasar de espectadores a autogestionar su consumo de cine. Con los ojos puestos en el ejemplo de Cine Ciutat, montan una asociación cultural sin ánimo de lucro en 2013. Antes de abrir el cine, consiguieron 900 socies, en su primer año alcanzaron los 1 400. El grupo más implicado de voluntaries se organiza de forma horizontal a través de distintas comisiones de trabajo.

Cuentan con 4 salas y en cartelera mezclan el cine taquillero con el independiente para poder atraer a todos los públicos. El aspecto formativo es importante y se realizan actividades con alumnado de centros, desde primaria hasta bachillerato, utilizando el cine para fomentar el debate sobre valores sociales y promover una cultura audiovisual crítica en la infancia y la juventud.

Antes de fundir a negro, paramos en la cooperativa Numax, de Santiago de Compostela. Decir que es una sala de cine se queda corto. Son cine, librería y un laboratorio de diseño, producción y comunicación audiovisual. Casi na. Su sala de cine bebe de la herencia de los cines de arte y ensayo y combina cine de estreno de todo tipo, películas de repertorio, y cine de vanguardia con una distribución más restringida o que ni siquiera encuentra distribución. Y su existencia debe también agradecerse al trabajo de Coop57, que les concedió un crédito avalado por más de 200 personas.

En este breve repaso observamos muchos puntos en común en los diferentes proyectos: la necesidad de formas de financiación desde lo común, bien a través de micro mecenazgos y socias o de iniciativas de banca ética como Coop57, la apuesta por la horizontalidad y la gestión asamblearia, con la implicación de las socias en la gestión cotidiana de los cines, con figuras voluntarias; la vinculación con el territorio al convertirse en espacios culturales donde se hacen presentaciones, se apuesta por la formación y se deja espacio a la creación intentando estar en sintonía con las necesidades del barrio. Así, intentan adaptarse a la comunidad, tanto en las actividades que se realizan como en la programación que se selecciona, alternando en muchos casos el cine más experimental con apuestas comerciales.

En este paseo no hemos hecho ninguna parada en Andalucía: no hay proyectos de salas de cine comunitarias en nuestra tierra. Bueno, no hay todavía.

Por

Maca

Equipo de El Topo