Hay quien dice que Tarifa es el paraíso. Y puedo entender por qué.
Tarifa es un lugar innegablemente bello, si es que lo bello puede ser innegable. Una ciudad donde, si no fuera porque a veces no se puede vivir (y sobre eso tratan estas líneas), se vive como en ninguna otra parte (y sobre esto también).
La ciudad se asoma al mar con curiosidad y anhelo, fundiéndose con las mismas aguas que corta en dos. Existe algo que la ata al mar y que también sentimos muchas personas que, de alguna forma u otra, habitamos Tarifa. Y es a causa de eso que nos sacia respirar el sali(s)tre que arranca el viento de las olas, y también que nos calma y sana el ruido del mar de fondo.
Pero esta forma de sentir el mar no ha sido siempre así. Durante años estuvo relacionado con la insalubridad y las enfermedades, lo cual incluso condicionó la propia morfología urbana. El concejal de urbanismo lo explicó así:
«Tarifa vivía de espaldas al mar porque había un concepto negativo del mar. Se decía que era malo para los huesos, por las enfermedades, por el salitre. Pues ¿qué se hacía?, todos los equipamientos, incluyendo aquellos que estaban dedicados a la docencia, a los menores, se colocaban precisamente donde nadie quería vivir, es decir, cerca del mar».
Gracias a este concepto negativo se cuenta aún con tres centros educativos junto a la playa. Imaginen qué lujo tener en el aula de matemáticas ventanas que más bien parecen pinturas de Turner, encuadrando un mar donde cualquier aventura podría ocurrir. Mientras en la pizarra la profesora muestra la mejor ruta para hallar, como piratas en un mapa, la x.
El paraíso es así. Está lleno de privilegios.
Algunos tan inusuales como tener a pie de playa una piscina y un polideportivo e incluso el depósito de coches. Inusual sobre todo si lo leemos conociendo la narrativa actual que escribe nuestras ciudades, donde lo habitual sería mandar todo esto a un polígono industrial y aprovechar ese suelo tan valioso para, por ejemplo, levantar ahí pisitos con vistas al mar.
Porque llegados a este punto cabe recordar que, a diferencia de los desiertos o las estepas, los paraísos, ya sean reales o imaginarios, tienden a ser finitos, limitados, delimitados —cercados por etimología— e incluso excluyentes. El suelo es un bien escaso y enormemente codiciado. Caro.
Digamos que el lujo que supone vivir en Tarifa se convierte, ahora sí literalmente, en un producto de lujo.
Tarifa también es un paraíso inmobiliario donde sus propios habitantes son expulsados al no poder competir con quienes compran las casas como una inversión, ni con quienes las alquilan cobrando por dos días el sueldo de todo un mes. Nada nuevo.
Y aquí comienza esta historia. Voy rápido.
Feria. La web del Ayuntamiento publica el borrador de un convenio urbanístico firmado por el alcalde y un tal Borja (administrador de Granparcela S.L.) donde le da el poder de reordenar el frente litoral de Tarifa. El Ayuntamiento alega falta de medios propios y otros argumentos sacados de la LISTA (Ley de impulso para la sostenibilidad del territorio de Andalucía) para justificar el plan de reforma interior. La empresa podría reordenar ese sector, construir lo que viera oportuno y venderlo. Colegio fuera, institutos fuera, otros tantos edificios públicos fuera e incluso alguna vivienda que tuvo la mala suerte de estar por allí, también fuera. En su lugar hoteles, apartamentos turísticos y el mínimo de VPO que dicta la ley, en cuarta línea de playa.
La noticia salta a los medios. Se forma el revuelo. Se convoca una concentración. ¿Y con los niños y niñas qué? ¿Van a hacer otros institutos? ¿Cuándo? Una vecina coge un megáfono: tenemos que organizarnos. Otra lleva un cartel que sale fotografiado en prensa: Tarifa no se vende, decía. Surge una plataforma vecinal con ese nombre. Rápidamente las personas empiezan a unirse en redes sociales. Se consigue un grupo con más de 2 000 miembros en pocos días. Comienzan a redactarse alegaciones. Se reparten folletos informando. Se pegan carteles anunciando actos. Y se genera un clima de colaboración y acción que propicia que se pronuncien en contra del proyecto personas de todo tipo, incluso de las que pocas veces se pronuncian.
Un grupo de seis arquitectos y arquitectas firma un manifiesto contra el convenio. Resumo: rechazan el modelo urbanístico, cualificar una ciudad no es amputarla, los equipamientos son memoria colectiva, toda la ciudad tiene derecho al mar, el interés público no debe ser perjudicado por el interés de maximizar plusvalías, el urbanismo debe ser una herramienta para mejorar la vida de todas las personas y no para generar exclusión… Lo típico.
Durante unos días el urbanismo, el modelo de ciudad y términos como Plan General están de moda.
Los dirigentes salen a defender el proyecto. El alcalde aclara que la transparencia y la participación venían después. El concejal de urbanismo da una rueda de prensa donde aborda los problemas de Tarifa sin tapujos, con una sinceridad poco habitual. También presenta como «infalibles» soluciones bastante habituales que han demostrado ser caducas e insostenibles. Pronuncia las palabras de arriba, admitiendo de forma implícita que cuando el mar era perjudicial se pusieron ahí a nuestras niñas y niños, pero que ahora que conocemos sus beneficios ha llegado el momento de echarlos y dejar paso al turismo. La prensa echa humo con el asunto. La comunidad educativa publica otro manifiesto en contra del «traslado» de los centros. Se prepara otra concentración. Y, cuando nadie la esperaba, aparece la última en enterarse de la fiesta: la Consejería de Educación, preguntando que qué pasa con los dos institutos y el colegio.
El proyecto se para. El alcalde ha firmado el desistimiento.
Pero la historia no acaba. Porque aún quedan: un proyecto en un cajón esperando su momento, declaraciones que han sido auténticas declaraciones de intenciones y una plataforma vecinal organizada con mucho trabajo por delante.
Porque Tarifa es un paraíso amenazado.