nº53 | tema que te quema

Su historia convulsa y la esperanza de reescribirla

COLOMBIA

Como sociedad colombiana hemos acumulado una historia que cada tanto, debido a eventos por lo general violentos, decimos que se divide en dos, como una mitosis cancerígena que deja siempre en una de sus partes un presente con una realidad compleja, como si se tratara de una metástasis de las desigualdades: esta espiral y la esperanza de romperla son la base para este remix espacio-temporal.

Desde su creación, Colombia ha sido un territorio en disputa. El criollismo asume en el siglo XIX una revolución burguesa por la independencia, una fuerza que finalmente se divide violentamente en bandos políticos que disputan el control del Estado. Desde ese entonces, esa pugna se materializa en guerra.

Un punto de partida que da cuenta de la espiral de confrontaciones, es la guerra de los Mil Días, que se produjo a finales del siglo XIX como un estallido resultado de las pugnas acumuladas; entre 1885 y 1902 se enfrentaron conservadores nacionalistas a liberales radicales. Hasta finalmente llegar a la paz en la que los conservadores ganaron.

Esa Colombia a inicios del siglo XX, una nación naciente con una identidad violenta, con un deje de colonialismo simulando soberanía, es el germen de desigualdades que se amplían en función del tiempo, generando una espiral violenta que se nutre de venganza, en la que las persecuciones, muertes, destierro y despojo son invariantes.

La polarización, una realidad en la que la desigualdad manda, un descontrol político, fraudes electorales generadores de violencia, la esencia violenta de la sociedad, la guerra y el acuerdo por una paz temporal, han sido elementos siempre presentes y determinantes para pensar en una inflexión que dé esperanzas y no un volver a empezar, momentos en los que se enuncia ese mantra de incertidumbre: «se partió la historia en dos».

Para 1948 la espiral reaparece con una persecución a líderes liberales y una apuesta por su eliminación. En la escena, Jorge Eliecer Gaitán, liberal radical que supo canalizar las angustias de las mayorías, un caudillo capaz de movilizarlas, que siendo candidato a la presidencia es asesinado el 9 de abril. Nuevamente, la «historia se partió en dos». Esta frase será el indicador de que las cosas no han cambiado para bien. La nueva guerra civil será conocida como la Violencia  y estará protagonizada por los nietos de los derrotados en la guerra de los mil días decididos a confrontar al Estado. La desestabilización territorial anima a que se firme un acuerdo de paz. En 1953 el líder guerrillero protagonista de esa paz, Guadalupe Salcedo, es asesinado.

En acción de supervivencia nuevamente, las guerrillas se organizan para consolidar territorios autónomos con un nuevo ingrediente: el comunismo que aviva las demandas campesinas. Nacen las FARC, Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Para la misma época nacen otras guerrillas como el ELN, el EPL. La corriente de renovación socialista, el Quintín Lame y, posteriormente, el M19, cada una con un tinte propio de las tendencias de la izquierda internacional. Se mantuvieron activos por más de 20 años, presentes en la escena política en una confrontación directa con el Estado.

En respuesta a esta avanzada guerrillera, a finales de la década de 1970 reaparece un viejo actor: los comandos de ultraderecha o paramilitares, tal y como lo hicieron en la época de la Violencia. Con su bandera de autodefensa contrarrestaron a las guerrillas y protegieron a terratenientes, dejando una crisis humanitaria a su paso. En estos mismos años el narcotráfico asume control territorial, resignifica la economía, se aprovecha de la pobreza rural y permea el conflicto.

Antes de que finalice la década de 1980, se dan varias negociaciones con cada una de las guerrillas, una apuesta por la participación política. Sin embargo, la espiral violenta reabre su ciclo, surge la UP, Unión Patriótica, un partido que nace de los acuerdos entre el Estado y las FARC. Esta nueva fuerza se vuelve significativa en las regiones, hecho que no es bien visto por la derecha. Se da entonces el peor genicidio político en la historia, la UP fue exterminada. Finalmente las FARC y el ELN no firman acuerdos.

Los anhelos de paz contrastan con de la nefasta revolución cultural del narcotráfico de quienes asumen otra confrontación con el Estado, y, en medio de sus atentados, una movilización estudiantil propone una asamblea nacional constituyente, una transformación necesaria para sobrepasar un siglo de horror. Esta idea crece y se hace popular, sin embargo, en el preámbulo a la aprobación ciudadana y en la campaña electoral por la presidencia de 1990, caen candidatos que proponen un cambio estructural y un no rotundo al narcotráfico: Jaime Pardo Leal (UP), Bernardo Jaramillo Osa (UP), Carlos Pizarro (M19) y Luis Carlos Galán (Nuevo Liberalismo) son asesinados.

En 1991 se firma la nueva Constitución, la carta de navegación para un nuevo país. Para esa misma época el neoliberalismo se tomó la economía privatizando la salud, la educación, las telecomunicaciones; además transformó las políticas laborales y de bienestar social. Una crisis que a la par se refleja en una de las oleadas de violencia más complejas, una guerra de posiciones para la el control político y el narcotráfico, que a su paso dejó poblados destruidos, masacres, desplazamiento forzado y pobreza.

La década de 1990 marca nuevamente la necesidad de paz. Esta vez la propuesta es pacificar partiendo de la doctrina de la seguridad. Con el apoyo del Gobierno de los Estados Unidos y con el pretexto de una guerra antidrogas se expande la operación contrainsurgente sin precedentes el Plan Colombia.

Este fenómeno de seguridad como principio se desarrolló durante la primera década de los 2000, el paramilitarismo firmó su paz, sus líderes fueron extraditados y la verdad sobre sus crímenes sigue siendo esperada; en paralelo, cambia el escenario de conflicto y en medio de un nadie gana, se empieza la negociación con las FARC.

En 2016 el acuerdo de paz es firmado, sin embargo a partir de 2018, cuando la ultraderecha vuelve a la presidencia, se desacelera la implementación y crecen las cifras de muertes de firmantes y de líderes sociales, lo que muestra que la guerra sigue. Se agrupan nuevos actores armados, la espiral vuelve a empezar, esto genera que fuerzas sociales se manifiesten por la paz y por los derechos, se hacen llamados a la unidad y la movilización.

Al final de 2019, juventud y comunidades se unen en un gran paro nacional que se mantuvo hasta inicios del 2020, momento en el que se suman las medidas de control social debido a la cuarentena por la pandemia de la covid19, acentuando la angustia social. La precariedad de los servicios de salud se hizo evidente. Bajo la figura de la salud pública, la prevención se hizo bajo el control militar.

Se genera crisis, queda en evidencia el descontento social, un acumulado que en abril de 2021 genera un gran levantamiento popular. Durante meses se presenta una confrontación continua que deja cientos de víctimas por violaciones de DDHH. Se le dio un tratamiento de terrorismo a la protesta, el Gobierno perdió legitimidad y algunos gobernantes locales asumieron la negociación para generar soluciones a las demandas.

Luego vienen elecciones parlamentarias y presidenciales. La fuerza del paro se fue canalizando hacia las campañas más coherentes con su sentir, se perfilaron figuras locales que, desde su liderazgo, canalizaron fuerza electoral para ganar suficientes curules en el Congreso. Este es un indicador para afianzar una campaña por la presidencia que sume: experiencia, lectura de país, capacidad de negociación, liderazgo social, participación y representar a los sectores más vulnerables. Así surge la candidatura de Gustavo Petro y Francia Marquez, una dupla de ensueño para los movimientos sociales con una simbología distinta y más cercana a las marginalidades.

El lema es «vivir sabroso», un entramado de cosas que aún no asimilamos, pero que estamos dispuestos y dispuestas a entender; a sacar a flote muchos saberes que pretendieron borrar en más de doscientos años de colonialismo disfrazado de soberanía; por la vida y en memoria de todas esas víctimas de la guerra, del racismo, del machismo y, sobre todo, del capitalismo y su más maquillada forma el neoliberalismo.                    

Luego de años de mucho trabajo, pasamos de las calles a las urnas, hemos ganado esta vez. Sentimos que el que gobierna es el pueblo y se viene una gran tarea para mantener este sentir; fortalecernos y no dejar que nos arrebaten esta dignidad que estamos estrenando: llegamos para quedarnos y hacer de nuestros territorios escenarios de la vida soberana.

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