Ilustra Alejandro Morales https://behance.net/trafikantedecolores

Por un feminismo que no justifique los golpes

Aunque han pasado cinco meses del golpe patriarcal, racista, fundamentalista y clerical, en Bolivia, el debate continúa; a pesar de los muertos y las balas, hay quienes lo niegan y quienes lo aceptan como si nos hicieran un favor pero a la vez lo justifican. El racismo ha ganado a la razón o tal vez les ha comido el corazón.

Cuando la dignidad se va haciendo costumbre

El proceso de cambio en Bolivia, como las organizaciones sociales hemos llamado a las transformaciones del país en los últimos trece años, fue hecho desde las comunidades; desde los pueblos originarios y la memoria ancestral del vivir bien; desde los sectores empobrecidos e ignorados; y fue principalmente un proceso de dignidad, de mirarnos al espejo sin vergüenza de ser quienes somos, aymaras, quechuas, guaraníes, ayoreas, originarias; de no tener vergüenza de nombrarnos, de saber que nuestro único destino no es ser explotadas como sirvientas o peones en la casa del patrón. La dignidad nos ha devuelto la fuerza, la memoria. Los terratenientes, los patrones no soportan nuestra dignidad, les falta su poder si no pueden hacernos agachar la cabeza y humillarnos, les falta su dinero si ya no pueden explotarnos.

La nacionalización de los hidrocarburos, la Asamblea Constituyente, las autonomías indígena y campesina, el Estado plurinacional, la descolonización y la despatriarcalización, no como teoría, sino como acción, son parte de la dignidad y de los logros de este proceso. Cuestionamos y borramos el nacionalismo que siempre ha sostenido al fascismo y al genocidio de los pueblos en el mundo. Todo eso fue un atrevimiento, una provocación, un atentado contra la oligarquía blanca terrateniente fundamentalista y empresarial del país que gestó el golpe.

El golpe fue racista, patriarcal y escarmentador

Al día siguiente de las elecciones del 20 de octubre comenzaron las movilizaciones. Las calles de las principales ciudades fueron ocupadas por grupos paramilitares con armas de fuego, cascos, escudos, motocicletas que generaron terror. Su ataque era dirigido. Retenían a mujeres indígenas, mujeres de pollera, las golpeaban, les escupían, las orinaban, las obligaban a arrodillarse y a pedir perdón; las humillaban para escarmentarnos por habernos atrevido a soñar y hacer un país distinto. A los pocos días la policía se amotinó para actuar conjuntamente con los paramilitares.

Sobre el cuerpo de las mujeres se hizo el golpe.

El 8 de noviembre se intervinieron las radios comunitarias, se cortó la señal de la televisión nacional, destrozaron sus equipos y amenazaron a las reporteras comunitarias con violarlas. El 9, grupos cívicos quemaron casas de dirigentes sociales y autoridades del MAS y las de sus madres, secuestraron a esposas e hijas de diputados y amenazaron con violarlas si las autoridades no renunciaban: una tras otra llegaron las renuncias. El 10, la violencia estaba desatada con complicidad de un twitter de la OEA que cuestionaba el resultado de las elecciones. Evo presentó su renuncia. Luis Fernando Camacho, presidente del Comité Cívico de Santa Cruz, que encabezaba el golpe, entró a la casa de gobierno con la bandera y la biblia en la mano. Se comprometió a sacar a la Pachamama y poner al país en manos de dios; quemaron la wiphala, símbolo de los pueblos originarios… sentimos una nueva colonización.

Se sumaron los militares y el 12 de noviembre su comandante posesionó a la presidenta de facto, Jeanine Áñez, brazo político de la oligarquía que financia. Áñez ordenó represión, militarización y es responsable de la masacres de Ovejuyo, Senkata y Sacaba. Los militares disparaban desde helicópteros, los policías disparaban en tierra y los paramilitares abusaban sexualmente de las mujeres en las calles y en las casas. El golpe se hizo sobre nuestros cuerpos, el golpe fue al pueblo antes que al Estado porque ahí residía el poder, porque ahí estaba la dignidad.

Un feminismo que no ve no alcanza

Como feministas comunitarias sentimos el golpe en nuestros cuerpos, pero sentimos además un golpe dentro del feminismo y desde la academia. Mientras la violencia racista era evidente, algunas feministas decían que era una campaña política como si no hubiera existido el racismo siempre, como si no tuviéramos una historia de colonización. Las voces reconocidas del feminismo como María Galindo anunciaban que en Bolivia no existía un golpe de Estado, sino desobediencia civil y borrachera de poder; se sumaron académicas de distintos territorios diciendo que Evo cayó por su propio peso; colectivos feministas negaron el golpe, lo alimentaron con su silencio o lo redujeron a una disputa entre machos, la machocracia. Para nosotras no sintieron el golpe en sus cuerpos por sus privilegios de clase, porque no iban a ser asesinados sus hermanos ni humilladas sus madres. Des-idealizamos entonces el feminismo: hay feminismos y feministas racistas y coloniales.

La comprensión falocéntrica del poder y la fijación con el Estado no ha dejado que algunas feministas y académicas vean que el proceso de cambio lo hemos hecho las organizaciones y los pueblos indígenas. Y que no pasaba solamente por el Gobierno, incapaces de mirar más allá del Evo, que no dimensionaron que el golpe no solo quería la administración del Estado, sino la de nuestros cuerpos, libertades y autonomías, ingenuas o funcionales. Creyeron que el fascismo tenía palabra y que iba parar la violencia si Evo renunciaba: no lo hizo. Que iba a ser un Gobierno transitorio y no lo es; que iba a convocar a elecciones que ya han sido suspendidas; que iba a dejar de perseguir y sigue llenando las cárceles de presas y presos políticos.

Otra vez hemos presenciado la soberbia que define al feminismo liberal individualista, aunque se autodenomine anarquista, y a la academia colonial que se sienten por encima del bien y del mal, y que desde la comodidad de sus escritorios y de sus libros puede juzgar el actuar, en este caso el morir de un pueblo, y así negar el golpe. Nuestras vidas no valen. Las vidas de los indios y las indias no cuentan en sus teóricas revoluciones. Podían opinar y especular, pero en este caso tienen una responsabilidad histórica porque su palabra desarticuló la denuncia internacional y la solidaridad feminista. Mientras, el golpe sigue ahora vestido de pandemia y nuestra resistencia también continua, vestida de memoria, sabemos que para sobrevivir al virus hay que sacar al golpe.

Feminismo Comunitario Antipatriarcal.

Por

Adriana Guzmán Arroyo

Feminista comunitaria, indianista y lesbiana.