Acabamos de pasar un periodo bastante festivo en España y especialmente en el sur. Para empezar, el carnaval. El más conocido es el de Cádiz, que toma las calles durante una semana, crea letras de crítica social y reivindicativa y está abierto a cualquiera que quiera participar. Pero también se intenta encerrar el Carnaval en el escaparate de la viralización y el éxito comercial, buscando un humor blanco, amable y que no duela. Y aun así, siempre hay algo que se escapa de esos márgenes: coplas, encuentros y formas de estar juntas que siguen naciendo en la calle.
Le sigue la Semana Santa, que sabemos que muches mesetariens ven como algo conservador y rancio. No podemos negar que es una fiesta religiosa y que, en muchos casos, tiene componentes profundamente reaccionarios, desde las procesiones de legionarios hasta símbolos franquistas como el fajín de una hermandad de Sevilla. Pero llevamos años explicando que eso es solo una capa; que también hay fervor popular, barrio, cuidados y reapropiación colectiva. También es lo LGTBIQA+, como nos enseñan Proyecto Palio o el documental de Dolores Guapa.
Está claro que es una fiesta que el pueblo adopta y transforma, con o sin connotaciones religiosas. No obstante, los ayuntamientos se encargan de privatizar espacios públicos e incluso de impedir verla libremente, como ocurre con la carrera oficial. Y también vemos que tiene un estatus distinto al de otras expresiones populares en la calle: si una Virgen tiene que desviarse por la lluvia no pasa nada, pero en una manifestación a más de une le han costado palos y multas. Aun así, incluso dentro de esos límites y contradicciones, siguen apareciendo formas de encuentro y apoyo mutuo que no terminan de dejarse ordenar del todo.
Le sigue la Feria. Sabemos que hay muchas, pero donde nace este periódico es a la que van todes les influencers y también tiene su punto rancio: caballos agonizantes, explotación laboral o casetas privadas. Frente a eso, proyectos como las casetas del Garbanzo Negro o la Marimorena vuelven a recordarnos que para el pueblo lo que es del pueblo, siendo espacios públicos que revierten sus ganancias en colectivos y asociaciones. Porque incluso cuando se intenta convertir lo popular en marca, escaparate o recinto, siempre hay algo que desborda.
Esta tensión entre lo popular y su apropiación por parte del poder también atraviesa a los medios de comunicación. Con la aparición de periódicos en Internet y la convivencia con la prensa en papel, parecía que la información se había democratizado: cualquiera con un dispositivo podía saber qué pasaba en el mundo, leer sobre cualquier tema y enriquecer su mirada. Ahora, la mayoría de periódicos te piden una suscripción para leer las noticias, o unos euritos si quieres quitarte de encima las cookies.
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