nº49 | construyendo posibles

MATERIALES DE CONSTRUCCIÓN DE MUNDOS

O CÓMO AGUJEREAR LA VIDA

El número 4 de la calle Ana Bernal en el barrio malagueño de Lagunillas ha estado siempre en construcción: ahora es una librería llamada Suburbia. Este espacio en su momento estuvo conectado con el número 18 de la calle Vital Aza, formando el polvero Elías Materiales de Construcción. Un lugar donde se vendían principalmente azulejos, pero también otros materiales de construcción que, entre otras cosas, contribuyeron a edificar una parte del barrio. Desde 2016, la parte que da a Vital Aza comenzó a llamarse Casa Azul aunque el letrero de Elías nunca desapareció, únicamente se completó; Elías Materiales de Construcción de mundos. Aquí comenzó a reunirse la asociación vecinal Lagunillas Por Venir o el Sindicato de Inquilinas e Inquilinos de Málaga, así como distintos seminarios y encuentros facilitados por transversal.at. Entonces, ya en 2021, se abrió un agujero y los espacios volvieron a entrar en relación, en Ana Bernal 4 los azulejos ahora son libros, sin dejar de ser materiales de construcción.

En la librería no entendemos los libros como mercancías, sino como materiales de construcción de mundos, materiales a disposición de lxs vecinxs para seguir construyendo barrio, facilitar el encuentro, imaginar otros mundos y agujerear la vida. La apertura de la librería es un nuevo agujero en la ciudad, no tanto por lo que perfora, sino por lo que abre, por lo que deja pasar. No solo por lo que deja pasar en la ciudad sino también por las formas de vida que genera; no solo por lo que se abre sino por lo que nos abre. La librería fue un acontecimiento que surgió de entre las ruinas de nuestras vidas enmarañadas por la precariedad, la incertidumbre, la militancia y los malestares que íbamos comprendiendo juntxs en forma de politización, escucha, resonancias, junteras.

Todo el mundo nos pregunta cómo es sostenible una librería. Muchxs vecinxs han dado por hecho que somos una biblioteca y nos aprendimos de memoria cómo explicar que no, que somos una librería asociativa, que la gestionamos —de momento— entre tres personas pero que se sostiene entre muchas. También es un espacio de encuentro entre lxs vecinxs y no tan vecinxs, uno de esos refugios necesarios para resistir e insistir, para seguir abriendo puertas, grietas, agujeros.

Nosotrxs no paramos de preguntarnos cómo es sostenible una vida. Nos dimos cuenta de que no podíamos seguir pensando la vida, el trabajo y la militancia como compartimentos estancos que ir llenando y optimizando, mejorando. Que no tenía sentido seguir sacando «huecos» libres, desdoblando nuestras vidas en una, dos, tres o infinitas partes. No queremos seguir repitiendo la misma retahíla de bloqueos propios de la inercia militante: el agotamiento, la falta de tiempo, la retirada por «autocuidado» o directamente la huida, como si militar tuviera en efecto un sentido militar. Ese terreno de conflictividades en el que se reproduce una y otra vez una sociabilidad que, en muchas ocasiones, está lejos de ser revolucionaria. Por lo que no paramos de preguntarnos; ¿cómo se cuida una vida militante?, ¿cómo se revolucionan de manera sostenible y enmarañada esas vidas posibles?

Lo que se esconde debajo de cómo se sostiene una librería es el cómo se sostienen las vidas que sostienen una librería. Y, más importante aun, cómo son y cómo se sostienen esas formas de vida. Lejos de conceptos como empresarialidad, emprendimiento, esfuerzo o voluntarismo, la librería no nace para estabilizar los elementos dados por el imaginario neoliberal de la vida privada o la carrera profesional, sino para desplazar, desestabilizar y agujerear nuestro día a día del sistema de trabajo, de la propiedad, de la idea de familia nuclear, de la ficción de la individualidad o la identidad, de la mercantilización y la representación de la vida o de la actividad militante como algo puntual. Lo militante es lo que agujerea la vida, lo que la desestabiliza, lo que la revoluciona a pesar de, e incluso mediante, la precariedad; no lo que reproduce una vida cómoda, material y simbólicamente, como extensión alternativa pero complementaria del modus vivendi neoliberal. Lo militante no en un sentido militar o partidista en el que hay miembrxs que profesan obediencia a un ejército o un partido, ni tampoco en un sentido ficcionado o representativo —como si fuera una tribu urbana dentro de las opciones del mercado de subjetividades—, sino como la práctica de multiplicar las máquinas de guerra, es decir, las sociabilidades que permiten revolucionar la vida en vecindades vitales que inventen mundos. Abandonar y desertar de la idea de una vida con los componentes que nos enseñaron a desear. Porque el deseo también se construye en la práctica. En las distintas conversaciones que se dan en la librería, pero también en el bar Pedroso o en La Polivalente —y hasta hace poco también en las Camborias—, abundan deseos de imaginar, de debatir, de conocer, de hacer memoria, de resistir, de vivir muchas (otras) vidas.

Dicen que el momento no ayuda, que vivimos una época reaccionaria, que la gente no lee y mucho menos lee pensamiento crítico, que la acción política de los movimientos está muy debilitada, que todo es triste y violentamente amenazador; y es bastante cierto. Pero es que no existe el momento perfecto, ni un futuro en el que las cosas de pronto sean más fáciles, donde el fascismo y la mercantilización de todo se desvanezcan; la vida es un territorio de batalla y en construcción, por eso necesitamos materiales para construir otros mundos posibles desde este, aquí y ahora. La minúscula pero intensa experiencia de la librería demuestra que las socialidades que se crean al poner en circulación materiales críticos ya está creando mundos nuevos. Los libros pueden ser materiales críticos que ayuden a abrir mundos y agujerear la vida, ya que son herramientas para pensar. Pero la cuestión más importante es qué, cómo y para qué se lee, porque leer es solo un disparador, un punto de partida. Una librería lo que hace es abordar estas cuestiones; por un lado, seleccionando materiales de lectura y conformando con estos itinerarios y, por otro lado, generando grupos y ecosistemas alrededor de los libros —grupos de estudio, de lectura, de cine, de debate— para transformar la realidad. Precisamente lo que diferencia una librería comercial de las librerías críticas y asociativas es la forma de responder a estas preguntas, unidas a la forma de entender el trabajo. Mientras una librería comercial se diferencia poco de cualquier otro comercio mercantil, una librería crítica y asociativa es una apuesta política por el trabajo cooperativo y militante, la difusión de la cultura libre, la generación de espacios de socialización y la colaboración en red. Una librería crítica y asociativa no puede funcionar de manera aislada, se cuida y sostiene gracias a una comunidad de socixs que no solo las apoyan económicamente, sino que forman parte de su apuesta política.

La calle Ana Bernal siempre fue un espacio periférico y marginal incluso dentro de Lagunillas. Es un callejón sin salida que, aunque no sea peligroso, es percibido como descuidado, sucio y algo tenebroso. Este callejón sin salida albergaba la entrada de mercancías del polvero Elías Materiales de Construcción, el resto de los bajos han sido desde hace mucho tiempo de uso residencial. El día que abrió la librería en el número 4, apareció un cartel en el número 2 visibilizando una actividad que llevaba produciéndose de manera invisible desde 1992, se trata del vecino V. S. que se dedica a la encuadernación, reparación y restauración de libros. De algún modo la apertura de la librería hizo que este reparador de libros se sintiera tan cómodo en la calle como para visibilizar su labor. De pronto, el callejón sin salida de Ana Bernal se convirtió en la primera calle de Málaga, y puede que la única del mundo, donde todos sus locales se dedican a los libros. La cuestión no se quedó ahí, resulta que unos días antes, cuando todavía se estaban montando las estanterías de la librería, unx compañerx —también librerx—  vino con la fantástica y estrafalaria idea de convertir una parte del espacio trasero e interior de la librería, el lugar intermedio entre la Casa Azul y la librería, en un laboratorio de impresión «sub géneris» trayendo, no sin dificultades técnicas, la máquina de imprenta de tipos que en los últimos treinta años había usado el poeta Francisco Cumpián para imprimir los libros de poesía de su editorial —y que durante un tiempo también fue la librería El Árbol de Poe— en calle Frailes 26, también en Lagunillas. Y no solo esa máquina, también la guillotina que usaba Cumpián y otras dos máquinas aún más antiguas cedidas por la Asociación en Defensa de las Chimeneas y el Patrimonio Industrial de Málaga. Además, en este espacio también se está creando un pequeño estudio de sonido para grabar audiolibros y recuperar una práctica que ya parecía desaparecida que es la de las radios comunitarias y libres.

En este callejón sin salida, justo en frente de la librería puede leerse una pintada que dice «Juntas», acompañada de una ilustración de dos manos entrecruzadas. Es algo que puede verse muy bien desde el interior de la librería, desde el mostrador y los sillones donde se suelen hacer las presentaciones de libros o los grupos de lectura. Solxs parece que todo callejón es sin salida, sin embargo, esa idea revolucionaria de juntarse y hacer juntxs puede hacer que un callejón sin salida se agujeree, que se creen multitud de subterfugios nuevos que vayan socavando esa idea de que no se puede, de que estamos solxs y no hay salida. Se trata de agujerear, de escuchar más, y dejarse atravesar por las resonancias, por las oleadas de deseo que se concretan en encuentros informales, en grupos de lectura y de estudio, en pequeños gestos como el del cartel del vecino V. S., en conversaciones que a veces son llaves para ensanchar nuestros imaginarios, en definitiva, para pensar y vivir juntxs. Y cuando pensamos y vivimos juntxs, es bueno tener libros alrededor. La librería intenta hacer eso, poner libros alrededor, materiales de construcción de mundos.

Esa vecindad, que no está formada únicamente por lxs vecinxs del barrio sino que es una distancia y una intensidad con las cosas, está ahí, en construcción. En ese proceso ensayamos aquello que Anna Tsing llama «las artes de vivir en un planeta dañado». Vivimos en una ciudad dañada por el turismo y la gentrificación que también se nutre de los efectos del colonialismo. A nuestro alrededor vemos cómo se expulsa a lxs vecinxs, cómo se derriban sus casas y cómo se destruyen las ecologías de territorios, paisajes y memoria, en las que ahora se dibujan nuevos campos de batalla. Queremos construir refugios que se multipliquen, que den lugar a otros lugares, otras formas de lucha, otros movimientos, en cada casa, en cada calle, en cada barrio, en cada solar, en cada pueblo, en cada terreno, en cada paisaje que se niega a ser cercado y homogeneizado, ahí donde se materializan ya mundos nuevos.

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