nº55 | farándulas

Martirio y la mística de lo cotidiano

Hora equis de un día cualquiera, en la radio suena Maribel Quiñones, más conocida como Martirio. Preferiblemente Radiolé o alguna de esas emisoras que pondría alguna señora entrada en años de tu familia: tu madre, tu abuela, tu tía… Y, aunque las letras de la rutilante estrella onubense resuenen de vez en cuando, como de soslayo, en tu inconsciente, pareciera parte de esa tradición oral que morirá con ellas. Cada cierto tiempo, Martirio.

Tras sus gafas de sol y múltiples peinetas pueden descubrirse vivas tragicomedias al más puro estilo Quintero, León y Quiroga. Icono dentro y fuera del escenario a nivel artístico, sus letras, por alguna razón, han dejado de calar a nivel social. Quizá este desdén radique en ese desprecio por lo femenino y popular, unido a un tono humorístico que suele asociarse a obras ligeras y de escaso valor. Inclusive desde el feminismo, tan horizontal, democrático y, que dícese, interseccional.

Privilegiamos ese saber intelectual ataviado de intensidad, seriedad y ríos de tinta. Leemos el Segundo sexo, Teoría King Kong o la Mística de la feminidad y los ensalzamos como fuente de nuestros argumentos. Como si sus ideas escaparan del empirismo y salieran de la nada. Como si estas no salieran de lo popular, de lo cotidiano, cual letras de tonadillas, coplas u otras músicas ligeras. O ¿a qué se refiere acaso Martirio, por ejemplo, en sus «Sevillanas de los bloques», «Estoy mala» o «Separada sin paga»?

En «Sevillanas de los bloques», Martirio sienta las bases de lo que Betty Friedan llama en su Mística de la feminidad el «problema que no tiene nombre». La autora de Illinois habla de un mal que acechaba a gran parte de la sociedad femenina en los años sesenta. No se sentían felices. El estilo de vida del varón proveedor de recursos y la mujer ama de casa encerraba un vacío existencial en ellas. Se veían desprovistas de metas, recursos, tiempo y prioridades, aparte de su rol como esposas y madres.

Con mi chándal y mis tacones, arreglá pero informal (…)

Domingo por la mañana y él me saca a pasear (…)

Mientras va lavando el coche, dejo la casa arreglá.

Para luego, cuando venga, no tener que hacer más na.

Si escuchamos este tema al completo, en la primera, segunda y tercera sevillana observamos una mujer abnegada, dedicada al hogar, a su prole y a su marido, con el que mantiene una relación más que distante. Esto le provoca, cual éxtasis de santa Teresa, una catarsis en la cuarta sevillana. Destrozada y a grito pelado, canta que no puede más, que se va a la calle a pegar chillidos y que está atacá. Es visible como en Illinois lo llaman «el problema que no tiene nombre», mientras que en Huelva preferimos llamarlo «estar atacá» o «mala de los nervios». Quizá sea cuestión de temperamento.

Tanta es la desazón que experimenta la madre andaluza media, que Martirio nos desgarra con una saeta en tonos rockeros en su «Estoy mala»:

Y es que no puedo con mi cuerpo,

no tengo ganas de na,

necesito una pastilla

pa ponerme a funcionar.

(…)

Y es que estoy mala, muy mala,

(estoy) mala, (estoy) mala de acostarme.

Y es que el peso de ser madre, esposa y un cero a la izquierda la consume hasta el punto de necesitar su cuartito de Orfidal® diario.

Pero no solo Betty Friedan habla por la boca de Martirio. Cual coach de Instagram o charlita feminista contemporánea, la de Huelva se pone a desmontar mitos del amor romántico. Todo esto en los ochenta. Para ello, como si fuera Mozart, ordena sus obras numéricamente y lanza «Separada sin paga nº 1» y «Separada sin paga nº 2»:

Me enamoré, me obnubilé,

yo no era más que una niña,

él fue el primero que me hizo mujer,

dejé el instituto, dejé a mi familia,

¿para qué iba a estudiar si me ensañaba él?

Aluciné, ni me enteré,

en un minuto y medio me hizo tres niños,

metida en mi casa no salía pa na,

todo el día con el vídeo me iba abotargando

sin darme cuenta que él se iba despegando.

En dos estrofas reflexiona sobre dos mitos: (1) El amor todo lo puede y (2) lo único que necesitas en la vida para ser feliz y plena es el amor de un hombre. Se desencanta de su idealizada vida y lamenta su inocencia al pensar en las perdices con arroz que iba a comerse. De nuevo, sin recursos ni objetivos fuera de su vida familiar. La precariedad, el miedo y la desorientación la abaten:

(…)

y me convertí en carne de depresión. Yo que nací para vivir enamorada, me veo sola con los niños, separada. Soy separada, sí, soy separada, separada pero sin paga.

Cual martillo pilón, se ejerce una narrativa sobre las mujeres en torno a las relaciones afectivas. Martirio vive por y para el amor —presumiblemente el de un hombre—, lo que ha producido una desigualdad en su matrimonio. Ni el mismo Bourdieu hubiese podido ejemplificar mejor su violencia simbólica. Ni la misma Irene Montero podría explicar así de bien la violencia económica.

No obstante, no nos gustan los finales tristes y Martirio lo sabe. Por ello, en su sinfonía nº 2, nos presenta a mujer libre de viejas creencias, empoderada, que ha tenido que deconstruirse a tropezones y que disfruta de su nueva realidad. Esa a la que siempre tuvo miedo.

Cuando me quedé sin él

se me vino el mundo abajo,

hice un curso de informática

y hoy por fin tengo trabajo.

Me cuesta la misma vida llevar

esto adelante, pero lo prefiero al muermazo de antes.

Hoy me siento como nueva,

ya se me ha quitado todo el susto

y aunque duerma sola,

para que te voy a engañar,

me encuentro muy a gusto.

Estos son solo unos ejemplos de las posibilidades que nos ofrece el folclore y el humor. Un ejercicio de reconciliación con lo nuestro como lo es Martirio. Identificar su visión y aplicarla a constructos tan elevados como llanos. Porque las ideas, al igual que el arte, deben bajar a la tierra, a los mortales. Superemos el miedo de mezclar la intelectualidad con lo popular. Aterricemos ideas abstractas y apropiémonos de referentes, como lo hacemos con los sentires.

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