nº71 · May 2026 | tema que te quema

LOS CORRALONES QUE AÚN PODEMOS SALVAR

Los corralones de artesanas del casco norte de Sevilla son algo más que bonitos patios con talleres. Son memoria viva de un barrio en el que conviven la identidad productiva, artesana y obrera. Espacios híbridos donde lo doméstico y lo laboral conviven bajo la misma cubierta. Fósiles urbanos de una economía a escala humana.

Frente al barrio que se está construyendo, especializado en el turismo residencial, el servicio al visitante y la extracción de renta del suelo histórico los corralones representan un uso que no maximiza el beneficio económico. Por esta razón, ante el rápido agotamiento del suelo disponible para el capital urbano, estos espacios se convierten en objetivo de la maquinaria especuladora.

En el año 2006, la Plataforma de Artesanas del Casco Antiguo (PACA) peleó para que estos espacios quedaran reconocidos como usos productivos en el PGOU y que, en el planeamiento, las parcelas quedaran «pintadas de morado», es decir, calificadas exclusivamente para este tipo de usos. Desde entonces hemos perdido varios de estos espacios. El corralón situado en el número 11 de Pasaje Mallol cayó sin que el planeamiento se modificara formalmente, anunciando pisos de lujo que, ante la presión vecinal, la promotora modificó y anunció como «viviendas-taller», un cambio estético que no obligaba a ningún uso productivo real. Hoy en día, ninguna artesana ni negocio habita esas viviendas. En la calle Bustos Tavera 26, donde existía un hermoso corralón, ha ocurrido lo mismo: las obras están hoy en una fase muy avanzada para convertirlo en un enclave residencial de alto standing, mientras el color morado sigue intacto en los planos municipales, a pesar de múltiples denuncias presentadas. En ambos casos, la Administración no vigiló el uso que se le daba, no exigió, no intervino, dejó hacer.

Ahora la presión recae sobre el de Castellar, impulsada por el capital turístico de la promotora que quiere construir un hotel, Arenas la Bellida. Si las especuladoras consiguen el cambio de uso de esta parcela, le seguirán irremediablemente la vecina Fábrica de Sombreros —protegida patrimonialmente, pero a la espera de otro pelotazo urbanístico— y, después, los corralones del Pelícano. La lógica es siempre la misma: privatizar lo común, expulsar a quienes no son rentables.

El riesgo no es solo la pérdida de unos talleres o de espacios pintorescos en la ciudad, junto que, como ya advirtió la PACA hace veinte años, si estos espacios desaparecen, el urbanismo se habrá puesto, una vez más, al servicio del capital para borrar las huellas de las gentes y los usos que los habitaron.

La lucha por los corralones no es solo la de quienes habitan o trabajan en ellos, es una lucha por proteger la ciudad que queremos frente a los procesos especulativos que la están destruyendo a golpe de apartamentos para turistas y lockers para sus maletas.

Carta abierta de una artesana del espacio, no anónima:

El «veneno» de los doce millones y el asedio a los Corralones.

​No, esta vez ya no soy una usuaria anónima. Soy Estefi Yeah, y en mi voz habitan también Pili, Mari y Laly… Uso pseudónimos porque el miedo, ese que ellos siembran como herramienta de gestión inmobiliaria, es real y paralizante. Escribo estas líneas con el cuerpo todavía tembloroso, no solo por el asedio constante, sino por una escalada de violencia que ha cruzado todas las líneas rojas. Lo que empezó como presión administrativa ha mutado en coacción criminal y, finalmente, en un atentado directo contra nuestra integridad física.

​ Durante marzo y abril de 2026 (y lo que queda), el acoso se ha vuelto un aire denso y tóxico que envuelve los Corralones de la calle Castellar. La violencia ha subido un peldaño definitivo: han pintado mi puerta y las zonas comunes por tercera vez, usando mi nombre y apellidos en un acto de señalamiento público. Me acusan de «okupa» mientras bloquean mi entrada y, en el colmo de la barbarie, han golpeado a una amiga en la cabeza usando la puerta del portal como arma, mientras los operativos de Control Acceso García, custodiaban la infamia con una indiferencia que hiela la sangre.

​ Nos llaman «okupas» con spray barato sobre los muros que hemos cuidado durante años, pero la realidad jurídica es radicalmente distinta. La empresa Arenas la Bellida S.L., pretende actuar como dueña y señora, pero su título de propiedad es un castillo de naipes sujeto a una «condición suspensiva». Para que ellos se conviertan en dueños totales, deben pagar un precio final de doce millones de euros.

​ Y aquí aparece el verdadero «veneno» del trato: la parte vendedora, Garaje Santa Inés S.L., quien retiene actualmente la posesión material y el derecho al cobro de las rentas, tiene una prisa sangrienta por cobrar esos millones, y parece que el contrato de venta les exige entregar el edificio «limpio» de personas. Por eso, de la mano de sus mercenarios de Desocupa García, han decidido saltarse la legalidad vigente. No tienen potestad para impedirnos el paso ni para soldar puertas; deberían acudir a un juzgado, pero la justicia es demasiado lenta para su codicia. Prefieren el taladro, la silicona en las cerraduras y el terror. Nos señalan a nosotras para ocultar que los que están fuera de la ley, ejecutando actos de posesión ilegítimos por la fuerza, son ellos.

​El horror absoluto llega cuando agujerean la pared que da a mi salón y a través de esos orificios, amparados por la nocturnidad, intentaron introducir papel quemado para provocar un incendio. Intentar prender fuego a una casa habitada y con acompañantes peludos, es un atentado contra la vida. No buscan un desahucio, sino provocar una tragedia que nos obligue a huir por puro pánico, consiguiendo así que el miedo haga el trabajo que un juez no les permitiría.

​ Este «trajín» de violencia sistemática es una herida que no cierra: En julio de 2025, condenaron a la oscuridad a vecinos esenciales como Francisco el restaurador, Antonio el de la cerveza artesanal, Pepe, el vendedor del Jueves o Rafael, el pintor (este último vive hoy en la calle). El 21 de julio, quince hombres de negro soldaron los locales de Rafael y de José Francisco, a quien ni siquiera le permitieron recoger a sus gatos. Antes de eso, ya habían expulsado vilmente a Lorine la flamenca y a Toto el electricista. A otros vecinos, tras sacarlos por la fuerza, les destruyeron paredes y techos para que el retorno fuera físicamente imposible… Pero también, el 19 de marzo de este año, agentes de desocupación impidieron físicamente un taller sobre Acoso Inmobiliario en mi propia casa. Cada golpe —como el que recibí por la espalda el 28 de agosto o los sufridos por tantas otras personas— es el recordatorio de que, para Garaje Santa Inés y Arenas la Bellida, nuestras vidas valen menos que su rentabilidad inmobiliaria.

​ Ante todos estos acontecimientos, lo más desesperante es el silencio cómplice del Sistema. Mientras la violencia escala en la calle, en los juzgados nuestros números de procedimiento desaparecen: diligencias que documentan agresiones con partes médicos y vídeos entran en un limbo administrativo, saltando de un juzgado a otro sin que nadie asuma la responsabilidad, pareciendo que ciertos capitales gozan de una inmunidad incomprensible mientras las denuncias de las vecinas se vuelven papel mojado.

​A pesar de la silicona, del fuego y de las pintadas infamantes, no estamos derrotadas. Me siento afortunada de formar parte de una red que me permite desvelar los hilos de este sistema podrido. Detrás de nosotras hay colectivos de vivienda, grupos anarquistas y un entramado de apoyo que nos sostiene. Ser la «cara» de este conflicto es una carga pesada, pero es también un acto de amor hacia los Corralones, que se niegan a morir bajo el peso del dinero. Como ya hicieron la PACA o la Asociación de Artesanos de Sevilla, nos levantamos como herederas de la lucha que realizaron.

​La visibilidad es nuestra mejor defensa, por eso seguimos en @salvemosloscorralones. Que se sepa que Arenas la Bellida no tiene la posesión legal que reclama y que Garaje Santa Inés está usando métodos criminales para forzar una venta millonaria a costa de nuestra seguridad. Que se señale a quienes favorecen la gentrificación que vacía nuestros barrios y que nosotras seguimos aquí, orgullosas de nuestra resistencia, felices por la comunidad que hemos tejido y, sobre todo, despiertas y combativas, porque no estamos solas.

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