Si las expresiones aporofóbicas y racistas se visibilizan en distritos obreros es porque, justo allí, se reproducen los conflictos entre las capas más bajas, que compiten por el acceso a la vivienda, el curro y unos servicios sociales cada vez más mermados. En los de rentas altas, la policía, seguratas, los precios de todo o la política municipal, levantan el más eficaz muro frente a la pobreza. Por tanto, no estigmaticemos como facha a todo un vecindario que es contenedor de mano de obra y marginación en esta Ciudad Marca que es Sevilla. Pero tampoco nos refugiemos en un buenismo obrerista, que desvirtúa la lucha de clases mitificando al sujeto y escondiendo las miserias del canibalismo social bajo la alfombra de nuestros barrios. La asamblea fundacional de este movimiento la presidió, micro en mano, un señor con una cruz imperial que le abarcaba todo el pecho, bien visible. Había 200 personas a nadie pareció incomodar.
El Cerezo y aledaños son barriadas que surgen en torno a los años setenta, y acogen familias de origen rural de Andalucía y Extremadura. Esta primera hornada migrante, digamos nativa, pasará con el tiempo a ser propietaria de sus pisos y, en muchos casos, de otros más que alquilarán o venderán progresivamente a lxs nuevxs vecinxs, que irán llegando en las últimas décadas desde Latinoamérica o África principalmente. En el escalón más bajo se sitúan esxs otrxs residentes, que duermen en la calle sin techo, abandonadxs a su suerte. Este barrio se encuentra entre las ocho áreas más pobres de la ciudad según datos del Ayuntamiento de 2018, y eso que no contabiliza la población ilegal y los pisos patera, pues habita una gran concentración de mano de obra migra. El previsible pelotazo inmobiliario del Metro, fundamental para contextualizar, con unas obras que densifican y tensan aún más el escaso espacio público, ha venido a detonar una realidad explosiva y compleja, marcada por el abandono institucional y las desigualdades sociales. Pese a la buena voluntad y esfuerzo por la convivencia, de muchas personas y algunas entidades, persiste una estratificación racista entre nativxs y extranjerxs, con sus propias segmentaciones según país de origen, género y trabajos. A esto se añade la división en torno a la vivienda entre pequeñxs multipropietarixs e inquilinxs. Estas tensiones se solapan e interactúan en los conflictos de manera camuflada, pero a veces evidente. Durante el movimiento de vivienda que generó el 15M las tradicionales AA. VV. de la zona se negaron a colaborar, había mucho desahucio de inquilinxs. Se evidenció así la división entre vecinxs en función de la propiedad.
Ha sido desde una parte de ese vecindario propietario y mayoritariamente nativo miarma, y de algunxs empresarixs de hostelería de origen latino, desde donde se ha dirigido esta iniciativa de protesta contra la inseguridad. En esa idea de inseguridad no entrará la violencia policial y las constantes redadas contra ilegales, que también son sus vecinxs, ni obviamente la cuestión del derecho a techo. Amplificando hacia todas las barriadas un problema real de convivencia en una zona concreta, con constantes peleas y coacciones de un grupo que tenía a todo el mundo muy quemado, nadie lo niega, han puesto en marcha su proyecto de eugenesia vecinal contra gente sin hogar. Durante semanas, desde marzo, patrullas nocturnas realizaron batidas para expulsar primero a lxs gorrillas, contra lxs que focalizaron todos los problemas, y después a toda persona que durmiese en la calle, y extendieron sus razias de madrugada hasta barriadas vecinas como La Barzola o Las Golondrinas. Durante la primera semana actuaron encapuchadxs, hablamos de decenas, camuflando así a matonxs de extrema derecha venidxs de fuera invitadxs por vecinxs afines. Saliendo al anochecer acompañadxs de familias que visibilizan su apoyo, según avanzaban las horas se quedaron solo lxs malotxs que pasaban a la acción más contundente ante la ceguera policial. Esto ha ocurrido así noche tras noche. Lxs administardorxs del grupo de Whatsapp SOS Cerezo, con cientos de seguidorxs, que coordinaba patrullas y asambleas niegan constantemente el racismo y los excesos, y borrando los comentarios denigrantes que lo evidenciaban volcados en el calor de la acción por los más bocazas. Además, las fotos que estas escuadras tomaron de la gente que les recriminaba sus actos junto a otras de personas sin techo, una vez borradas del Whatsapp oficial tras horas de exposición, pasaron a circular por redes de grupos nazis de la ciudad. Pese a la gravedad de los hechos parte del vecindario los han normalizado, negando esa violencia contra lxs más pobres en público y aplaudiéndola en privado. La furia del cobarde.
Por tanto, aquí no vale ser equidistantes con estas prácticas protofascistas, mucho cuidado porque este matonismo ha sido cuestionado como tal o relativizado, obviando su trasfondo clasista. Si bien estas patrullas han ido perdiendo apoyo, sabemos que siguen contando con mucho respaldo. Erramos al señalar como únicas responsables a tal o cual facción ultra actuando en la sombra, aunque estén presentes e intenten ser catalizadoras. Pues aquí se manifiesta un fenómeno que parece peculiar de nuestro tiempo, nace desde el descontento con las autoridades, lo hace con cierta horizontalidad pero permeado por el fascismo y el miedo. Este sentido común reaccionario, construido por el modelo individualista y neoliberal, niega la responsabilidad de las violencias estructurales del propio sistema y busca en el otro culpables más débiles. Las ideas de meritocracia que deviene en aporofobia y la de mano dura como solución, ya sea de vecinxs o Boinas Rojas de la Local, están incrustadas en el imaginario, por lo que hay que desplazar esos marcos de razonamiento. La solidaridad, las redes de apoyo mutuo, la proyección de los conflictos desde lo común o la autodefensa son ideas y herramientas propias, usémoslas.

