nº54 | está pasando

Las olas de calor en la península ibérica y su conexión oriental

Durante los meses de junio y julio de 2022 han tenido lugar dos olas de calor en la España peninsular. La primera, del 11 al 18 de junio, ha sido la segunda más temprana desde 1975. La segunda, del 9 al 18 de julio, ha sido seguramente la ola de calor más intensa, con cinco días con temperatura máxima media en la España peninsular entre las diez más altas desde el año 1941. Nueve son de la última década. El Instituto de Salud Carlos III atribuye al exceso de temperaturas 830 fallecimientos en junio y 2.222 en julio en toda España.

Una ola de calor es un episodio de calor extremo persistente que genera impactos adversos en la sociedad y los ecosistemas, incluyendo exceso de mortalidad, incendios forestales y pérdidas de cosechas. La AEMET define como ola de calor un episodio de temperaturas extremas de al menos tres días consecutivos, en el cual, como mínimo, el 10% de las estaciones meteorológicas de una región registran temperaturas máximas por encima de un umbral propio de cada estación. Los extremos de calor han aumentado a escala mundial en las últimas décadas y se espera que aumenten en el futuro aún más con el calentamiento global, siendo Europa una región especialmente afectada por las olas de calor. Se prevé que las olas de calor europeas aumenten en el futuro en comparación con la temperatura media global, pero las razones subyacentes aún son objeto de investigación.

Las olas de calor están ligadas a los bloqueos atmosféricos. Por bloqueo atmosférico se entiende la formación de anticiclones cálidos casi estacionarios que desvían el paso de las borrascas hacia latitudes más altas. Estos anticiclones tienen unas dimensiones horizontales del orden de 1.000 km, y verticalmente se extienden desde la superficie terrestre hasta el límite superior de la troposfera. En verano los anticiclones de bloqueo favorecen la generación de altas temperaturas por compresión debido al predominio de los movimientos descendentes del aire en su seno. A esto se suma la liberación de calor latente si se produce disipación de nubosidad, y al fuerte calentamiento diurno en superficie con unos cielos despejados.

A diferencia de lo que ocurre en latitudes más altas, los episodios de calor extremo en la península ibérica ocurren con la misma dinámica en cualquier época del año, aunque solo cumplan los requisitos de ola de calor en verano: una invasión de aire frío en el norte de África procedente de Europa oriental produce una reacción contraria con un flujo de aire cálido tropical sobre el Atlántico Norte oriental canalizado por una borrasca casi estacionaria del tipo dana (depresión aislada en niveles altos) situada sobre el océano. El flujo de aire va adquiriendo una circulación anticiclónica conforme aumenta su latitud y, si el anticiclón de bloqueo se sitúa sobre la Península, esta queda afectada por un episodio de calor extremo para la fecha.

En las olas de calor de julio y agosto de la península ibérica un factor desencadenante es el remoto monzón del sur de Asia. Este extraordinario monzón tiene una influencia grande en la climatología del entorno de la Península, siendo causante de la existencia de los desiertos del norte de África, así como de la intensificación estacional del anticiclón de las Azores que da lugar a veranos muy cálidos y muy secos en la mayor parte de la Península. Los movimientos ascendentes que producen las precipitaciones monzónicas en el sur de Asia generan aire cálido en niveles altos de la troposfera que se desplaza hacia el oeste, situándose una frontera sobre el Mediterráneo y el Atlántico Norte oriental en la que interaccionan esta masa de aire tropical y el flujo de oeste de las latitudes medias. La interacción produce movimientos descendentes del flujo de oeste de latitudes medias localizados en el este del Mediterráneo y del Sáhara, y en el Atlántico oriental.

La intensidad del monzón está anticorrelacionada con la fase del fenómeno del océano Pacífico El Niño-Oscilación Sur (ENOS). El ENOS tiene dos fase, El Niño y La Niña. Durante El Niño, los vientos del este habituales del Pacífico se debilitan o se invierten, lo que hace que el agua cálida y las precipitaciones se desplacen hacia el este del océano Pacífico. Durante La Niña, esos vientos se intensifican, y el agua cálida y las lluvias se desplazan hacia el oeste del Pacífico, intensificando también las lluvias del monzón de verano. Actualmente nos encontramos en un episodio de La Niña que ya dura tres años, siendo la segunda vez que ocurre desde 1950. Este episodio de La Niña es probablemente solo una señal aleatoria en el clima, pero algunos climatólogos relevantes advierten que el cambio climático podría hacer que condiciones similares a La Niña sean más probables en el futuro. Más eventos de La Niña aumentarían la probabilidad de inundaciones en el sudeste de Asia, y aumentarían el riesgo de olas de calor e incendios forestales en la península ibérica.

El calentamiento del sistema climático es inequívoco y la influencia humana es la causa dominante. Sin tener en cuenta la tendencia del ENOS, el calentamiento antropogénico de la Tierra conlleva una intensificación del ciclo hidrológico al aumentar la atmósfera su capacidad de retención de vapor de agua. En consecuencia, las zonas húmedas en cuanto a precipitación se están volviendo más húmedas y las zonas secas más secas. Los descensos de aire y la sequedad en el área del Mediterráneo serán mayores conforme aumente la temperatura global, especialmente en verano, constituyendo esta región un punto caliente del calentamiento global. Incluso cumpliendo el Acuerdo de París, nos enfrentaremos a riesgos muy notables para los sistemas naturales y humanos en los próximos años; suponiendo un calentamiento en verano de hasta 3°C en el área del Mediterráneo, lo que demanda medidas inmediatas para atenuar estos efectos en las capas más vulnerables.

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