La política colombiana gira a la derecha. Pero la llegada de Abelardo de la Espriella, que asumió el poder el pasado 7 de agosto, no es solo un cambio electoral tras el ciclo del único presidente de izquierdas en Colombia, Petro. Su ascenso es parte de una mutación global donde el miedo, la guerra cultural y la promesa de mano dura se han convertido en el lenguaje común de una internacional reaccionaria.
Pañuelo de seda en el bolsillo de la chaqueta, gomina impecable y una copa de coñac en la mano. Abelardo de la Espriella no parece un político tradicional; performa el arquetipo de un dandi salido de una película de mafiosos del siglo XX. Sin embargo, su retórica mesiánica, su estética de opulencia desafiante y su promesa de un orden implacable contra el «caos progresista» logran conectar con el estómago de un electorado fatigado. Su figura no surge de maquinarias partidarias gastadas, sino de la pantalla: del clic rápido, de la indignación empaquetada y del espectáculo diario en redes.
Hace apenas unos años, la llegada de Gustavo Petro a la presidencia parecía abrir un ciclo histórico para Colombia. Por primera vez, la izquierda gobernaba con la promesa de reducir la desigualdad y avanzar en la paz. Hoy el escenario es otro. El péndulo gira con violencia, confirmando un retorno conservador que parecía impensable. Pero interpretar esto solo en clave nacional sería un error de miopía analítica. Lo de Bogotá es la manifestación local de una marea global: una autoridad que ya no se construye en los parlamentos, sino en el ciclo sin fin de la provocación digital.
Vivimos el colapso global de las promesas de futuro. Desde el trumpismo en Estados Unidos hasta la motosierra de Javier Milei, el punitivismo de Nayib Bukele o la retórica de Giorgia Meloni y Geert Wilders, una nueva internacional reaccionaria traduce el dolor material en capital electoral. No funciona como las viejas alianzas del siglo XX, estructuradas en partidos y manifiestos. Su cohesión es más difusa y, por eso, más eficaz: comparte enemigos, estéticas y estrategias antes que estructuras formales.
Las campañas ya no son nacionales; los discursos viajan rápido. Las consignas se traducen, los vídeos se replican y las guerras culturales se exportan gracias a un fango digital programado para la rabia. Durante años, el progresismo institucional atribuyó este avance a la ignorancia o a la desinformación. Es un consuelo perezoso. Las nuevas derechas no crecen porque su electorado sea ingenuo, sino porque dan un orden narrativo a experiencias reales de humillación, miedo al porvenir e inseguridad. Tras décadas de desmantelamiento de lo público, la incertidumbre es el paisaje habitual de las mayorías.
En América Latina, el giro a la izquierda de principios de siglo sacó a millones de la pobreza, pero topó con sus límites estructurales: la dependencia del extractivismo, la incapacidad de reformular pactos fiscales con las élites y corruptelas que carcomieron su mística. Allí donde las expectativas no encontraron continuidad, la frustración se convirtió en el combustible para quienes prometían empezar de cero.
La trampa de estos liderazgos es magistral. Se presentan como adalides antisistema, pero sus recetas económicas reales no tocan un solo privilegio de la oligarquía financiera o terrateniente que los financia. Lo que hacen es desviar la rabia colectiva hacia chivos expiatorios cuidadosamente seleccionados: feministas, colectivos lgbtiq+, poblaciones indígenas o personas migrantes. El conflicto real, entre el capital concentrado y la vida precarizada, se transmuta en una guerra cultural permanente donde los de abajo se desgastan peleando entre sí. El resentimiento sustituye al programa político y el castigo ocupa el lugar de las propuestas materiales.
En este tablero, las plataformas digitales actúan como el catalizador idóneo. El algoritmo no es neutro; es un motor diseñado para premiar la indignación y la ira. Los nuevos dirigentes reaccionarios actúan como productores constantes de contenido antes que como gobernantes tradicionales. Cada declaración busca alimentar el siguiente ciclo de atención para que nadie pueda pararse a pensar en las condiciones materiales de su propia existencia.
Frente a esto, la tentación de calificar de fascismo cualquier deriva autoritaria es comprensible. El culto al líder fuerte, la deshumanización del adversario y la fascinación por el castigo recuerdan con demasiada precisión al fantasma europeo del siglo pasado. Pero los monstruos contemporáneos tienen otra fisionomía. Los nuevos autoritarismos no son una repetición del fascismo clásico, sino una adaptación a las condiciones tecnológicas, económicas y culturales del siglo XXI. El neoautoritarismo es mucho más sofisticado: no necesita suspender la democracia ni prohibir formalmente las elecciones porque sabe que puede competir y ganar en ellas. Le basta con vaciar las instituciones desde dentro, colonizar el ciclo de atención de las masas a través de la pantalla y desactivar la disidencia convirtiéndola en un ruido molesto e irrelevante.
Colombia sintetiza de manera nítida esta encrucijada global. Pero De la Espriella, al igual que Milei o Bukele, no es la causa del problema, sino el síntoma de una profunda crisis de imaginación política colectiva. La pregunta crucial que nos deja este ciclo no es quién ganará los próximos comicios, sino por qué, en sociedades cada vez más digitales y desiguales, la rabia consigue organizarse políticamente con mucha más facilidad alrededor del castigo que de la igualdad. Esa quizá sea la gran victoria de la nueva internacional reaccionaria: haber convertido el miedo en el lenguaje político dominante del siglo XXI. Mientras las fuerzas alternativas sigan respondiendo a las incertidumbres con discursos tecnocráticos o nostalgia del pasado, la reacción seguirá teniendo el viento de cola. Nos urge inventar un horizonte que sea más deseable y creíble que el miedo que consumimos a diario a través de las pantallas.

