Ilustra Alejandro Morales https://behance.net/trafikantedecolores

Historias de los Balcanes

Historias de vida y de muerte transitan por Velika Kladuša o Bihać (Bosnia y Herzegovina), por Šid (Serbia) o por Patras (Grecia). Personas con esperanzas y anhelos truncados por demarcaciones geopolíticas y racismo institucional. Empezaremos por un cuándo y un dónde, el lugar y la época son la Europa del primer cuarto del siglo XXI.

Son ya demasiadas las vidas a lo largo de la ruta de los Balcanes cruelmente interrumpidas, muchas personas ahogadas en los múltiples ríos que cruzan la región. Sus historias circulan aquí y allá, sin fechas precisas, contadas por aquellos que sabían nadar. En estas habrá nombres propios, algunos reales y otros inventados.

La ruta balcánica se ha convertido en una de las puertas a Europa por donde intentan acceder personas de diferentes lugares del mundo, lugares como Pakistán, Afganistán, Irak, Siria… y también provenientes de Marruecos o Argelia, que optan por esta vía en lugar de la frontera sur.

Se asumen con naturalidad las políticas migratorias europeas, discriminatorias y violentas, y nos parece profundamente lógica la existencia de fronteras y su control. Todo gracias a un discurso oficial basado en la seguridad, que promueve una «migración controlada». La comunicación de la Comisión Europea relativa al Nuevo Pacto sobre Migración y Asilo (Bruselas, 23/09/2020) nos recuerda que «Con un sistema bien gestionado, la migración puede contribuir al crecimiento, la innovación y el dinamismo social. Los principales retos sociales a los que se enfrenta el mundo de hoy (demografía, cambio climático, seguridad, carrera mundial por el talento y desigualdad) tienen repercusión en la migración». Sin entrar en detalles sobre qué significa para la Comisión «una gestión sólida y justa de las fronteras exteriores, incluidos los controles de identidad, salud y seguridad», «unas normas de asilo justas y eficientes, racionalizando los procedimientos de asilo y retorno» o «una política de retorno eficaz y un enfoque coordinado de la UE en materia de retorno».

En su día a día las personas en terreno de la No Name Kitchen, miembro de la red Border Violence Monitoring Network, llevan años denunciando las prácticas represoras, la violencia y las torturas que se llevan a cabo en las fronteras de la ruta balcánica.

La mayoría de las personas en tránsito por esta ruta son hombres adultos, aunque también hay menores y familias, que intentan cruzar las fronteras haciendo el Game, es decir, caminar por los bosques durante días y noches para intentar llegar a Italia o Eslovenia donde comenzar el trámite de asilo. Las familias tienen prioridad en el acceso a los campos y muchas veces no disponen de capacidad económica ni física para afrontar la ruta balcánica, quedándose atrapadas en Turquía o Grecia. Muchas personas haciendo el Game son detenidas por policías de los estados por los que circulan y devueltas ilegalmente a los países limítrofes.

Una historia fue la de Willian, que fácilmente podría haberse perdido entre la mirada de dramas no contados que pululan en este infortunado lugar, y ocurrió en Šid (Serbia).

El largo viaje de William empezó hace un tiempo en Turquía. Desde allí, fue abriéndose camino hacia Europa, entre autobuses y trenes, aunque la mayor parte del tiempo fue atravesando a pie Grecia, Albania, Kosovo y finalmente Serbia.

En cuanto llegó a Šid, las autoridades le confinaron en el campo Principovac, convertido en una prisión por el ejército, donde impedían que nadie entrara o saliera, medidas extremas supuestamente adoptadas para evitar la propagación de la covid19. Esto obligó a muchas personas a intentar encontrar soluciones alternativas para hacer el Game.

La primera parte del trayecto se desarrolló de acuerdo a los planes. Consiguió entrar en Croacia y por fin estaba en la Unión Europea. Sin embargo, tras poco más de 20 km, cuatro policías croatas le detuvieron —estaba solo— y le exigieron que les entregara el teléfono y el dinero.

El dinero que William llevaba en el bolsillo era todo cuanto tenía, unos 1 000 euros (dijo que iba a utilizarlo para pagar a un traficante que le llevaría a otro lugar donde pudiera establecerse). Ese dinero venía de su familia, de años de trabajo duro, y de la esperanza de que, inshallah, consiguiese un buen trabajo y pudiera ayudar a los seres queridos que habían quedado en su país. La policía le robó violentamente, le metió en una furgoneta y le llevó a una zona aislada en la frontera con Serbia. Allí, le obligaron a echarse sobre las vías del tren y le rompieron la pierna derecha pateándosela salvajemente.

Penosamente, se arrastró durante horas hasta Šid, donde se vio rodeado por cuatro policías serbios que le gritaban palabras incomprensibles. Entró en pánico, intentó escapar salvando una altura y cayó sobre la pierna sana que lamentablemente no pudo soportar el impacto. William fue trasladado al hospital con las dos piernas rotas y le operaron durante horas, dándole el alta al día siguiente «debido al coronavirus».

Otra historia es la de Rahim, que fue víctima de una devolución en caliente desde Croacia la última semana de agosto, junto con otros hombres de Afganistán y Pakistán. Estuvieron doce días caminando por el interior del país antes de que cuatro agentes croatas los detuvieran cerca de la frontera con Eslovenia. Después de varios días detenidos, fueron trasladados en furgonetas sin ventanas de vuelta a la frontera entre Croacia y Bosnia.

Allí fueron llevados a las orillas del río Korana al amparo de la oscuridad, y se les ordenó que salieran de los furgones. Rahim vio que allí había otros seis agentes, todos ellos vestidos con uniformes negros y con el rostro cubierto con pasamontañas. Les pusieron en fila de cara a la orilla del río, les ordenaron que se metieran en el río y lo cruzaran a nado: «Nos dijeron a todos que nos fuéramos… Estábamos en una fila y nos empezaron a golpear, hasta que la gente se metió en el río», recordaba Rahim.

Muchas personas gritaban que no sabían nadar pero aun así les obligaron a entrar en el agua. Rahim estaba con dos amigos y consiguieron ayudarse para cruzar. No fueron los primeros ni los últimos en entrar al agua. Todos estaban muy asustados.

Dos días después, Rahim escuchó que dos hombres del grupo deportado se habían ahogado. Uno de ellos era un hombre de Pakistán, amigo de un amigo, Rahim recordó haberlo oido gritar cuando lo obligaron a entrar al agua, como contó al equipo de la No Name Kitchen en Bihać.

O aquella historia presenciada por una compañera de la No Name Kitchen, quien encontró a tres personas de 17, 18 y 19 años, cubiertas de barro, agotadas y todavía traumatizadas. Reaccionaban lentamente, con una sonrisa amarga en el rostro. La policía croata las había apaleado antes de devolverles ilegalmente a Bosnia. Les habían pegado con las manos, los pies y con porras… les habían golpeado en la cabeza, la espalda, las piernas, la barriga. Por todas partes.

No podían caminar bien y uno de ellos necesitaba ir urgentemente al hospital. Lo llevaron hasta Bihać, donde le trataron groseramente y se negaron a darle analgésicos. Finalmente, accedieron a hacerle las pruebas de rayos X: un hueso roto de la mano y otro del brazo. Con la mano hinchada e inflamada, moratones y golpes por todos lados, una espinilla hinchada y dolor en todo el cuerpo, le pusieron escayola pero no le dieron analgésicos.

Las personas en tránsito se enfrentan, entre otras medidas, a la prohibición de entrada a los campos en el Cantón de Una-Sana, restricciones de acceso al transporte público, impedimentos para recibir dinero a través de sistemas como Western Union (método empleado para acceder al dinero que les envían sus familiares) o, como en Velika Kladuša, donde han cortado el agua de las fuentes, lo cual dificulta las condiciones de las personas en tránsito. Allí hay dos opciones para poder acceder a agua: comprar botellas en tiendas o usar la del río, muy sucia, con consecuencias terribles para la salud.

Para evitar ser llevados por la policía a lugares apartados o para evitar la violencia, muchas personas en tránsito se esconden en los bosques. Hay mucha humedad, mosquitos, suciedad y mucho frío por las noches. Esto ha generado problemas muy graves en la piel. Las noches son frías, cada vez más.

Saím y Valentina, se conocieron en Velika Kladuša. Él es de Pakistán y ella de Italia. Un día, charlando, ella pudo ver que el chico tenía la piel de su pie y su pierna muy roja, parecía que estaba quemada.

El chico se había ido a hacer el Game y durante los días en el bosque, algún insecto se coló en su piel y se estaba comiendo la capa protectora de la dermis.

El servicio médico del campo oficial Miral (servicio financiado por la Unión Europea para atender a las personas a las que no permite entrar en sus fronteras) no ofrece servicio dermatológico, lo que llevaba a que Saím estuviese varios días con un dolor inmenso y sin una solución a ello.

Una tercera persona, Ricardo, decidió costear un tratamiento privado. Siendo uno de los casos que impulsaron el programa de salud de la No Name Kitchen, «Salud en movimiento». Desde su comienzo ha conseguido tratamiento para unas 400 personas en Montenegro, Serbia, Grecia y Bosnia. Funciona de una forma muy sencilla: una persona necesita un tratamiento de pago y otra persona decide costearlo. Ambas se pueden poner en contacto para conocerse y comunicarse, normalmente a distancia, porque las fronteras los separan.

«Saluld en movimiento» tiene el compromiso de brindar asistencia médica, acompañando y apoyando durante el proceso médico a las personas y cuidando de que reciban los tratamientos necesarios.

Las principales necesidades que se encuentran las personas en tránsito son problemas dentales y de la vista, seguidos de dolencias a causa de la violencia (en su mayoría cruzando las fronteras), problemas respiratorios como asma o asuntos ginecológicos, dermatológicos, gastrointestinales o del corazón.

Oussama es un chico que conoció al equipo de la No Name Kitchen hace tiempo en Patras (Grecia). Haciendo el Game, Oussama se cayó y se rompió la clavícula. Durante las visitas de seguimiento en el hospital público llevaba unas gafas en muy mal estado. Sin esas gafas rotas y de cristales arañados era prácticamente ciego. Gracias al programa de salud de la No Name Kitchen, «Saluld en movimiento», se está trabajando para que pueda recibir unas nuevas gafas.

La situación de Oussama no es un caso aislado, muchas personas en movimiento necesitan unas nuevas gafas: a algunos se les dañan durante el largo viaje y en ocasiones es la policía quien rompe, intencionadamente, algo tan necesario para continuar la marcha. A las puertas de la Unión Europea, la tortura y la brutalidad son un lugar común.

A lo largo de la ruta de los Balcanes el sistema de salud pública rara vez es accesible para las personas en movimiento. En general, hablamos de países de tránsito donde tanto las personas en movimiento como las comunidades locales no piensan en una migración de llegada y esto se refleja de forma confusa y compleja en los servicios de atención médica.

Da la sensación que el sistema no está bien definido y que deja mucho margen a la interpretación o, mejor dicho, a la discreción individual. Si una persona puede o no puede acceder al servicio dermatológico, por ejemplo, no depende tanto de que el sistema público prevea o no este tipo de atención medica, sino de la persona que te encuentras en la entrada del hospital: sin dar demasiadas explicaciones a veces dejan entrar y a veces no. El sistema se convierte en discriminatorio y prejuicioso.

El objetivo, dicen las autoridades, es parar el flujo de personas que llega a la región. El resultado es un mayor sufrimiento para muchas personas que solo han decidido migrar y a las que la Unión Europea no ofrece vías legales ni seguras para ello. El invierno se aproxima y aquí hay mucho miedo a lo que pueda suceder. Está en juego la vida y la salud de las personas, personas a las que se les despoja día a día de más y más derechos. Toda esta persecución viene acompañada de un constante acoso a quienes las ayudan. Las autoridades pueden ocasionarle problemas a alguien que ayuda simplemente por meter una manta en un coche. Y también hay acoso por parte de personas locales.

Os pedimos que no perdáis de vista lo que está pasando aquí, necesitamos una sociedad consciente. No podemos seguir consintiendo esta crueldad.

Por

Equipo de la No Name Kitchen

info@nonamekitchen.org