Historia de un Estado fallido (II)

Afganistán

Como ya comentamos anteriormente, la intervención soviética no consiguió reconducir la situación en Afganistán. Recordamos que los enemigos externos funcionan como un elemento cohesionador, lo que explica la unión y colaboración (aunque con sus diferencias) entre todos los movimientos político-religiosos del país. Militantes muyahidines, que ya realizaban acciones desde los años 70, se reparten entre diversos partidos-milicia, se nutren de combatientes extranjeros y reciben financiación extranjera de Arabia Saudí, Pakistán e Irán de manera directa, e indirecta por parte de EE UU. Todos juntos en pos de su objetivo común: expulsar a los soviéticos de Afganistán, lo cual se consigue en 1989, aunque el Partido Democrático de Najibulá seguirá en el gobierno hasta 1992. No pocos autores citan la intervención de la URSS como una de las causas de su colapso en 1991.

Sin embargo, una vez desaparecido el enemigo externo, estalla una nueva guerra civil entre las distintas facciones antisoviéticas. Esto demuestra la ausencia de un proyecto político común. El vacío de poder existente en el Afganistán de Rabbani es el caldo de cultivo perfecto para que aparezcan dos actores fundamentales en el conflicto hasta el día de hoy: los señores de la guerra y los talibán. No debemos confundirnos y creer que van de la mano, más bien al contrario.

Liderados por el mulá Omar arriban desde las madrazas paquistaníes numerosos estudiantes del Corán (talibán vendría a significar en pastún «estudiantes»), wahabitas de la corriente suní, pastunes en su mayoría. Desde el año 1994 planean realizar grandes ofensivas militares anuales sobre las grandes ciudades afganas. Ese mismo año cae Kandahar y todo el sur; Herat al año siguiente; Kabul dos años después; para fracasar en 1997 en Mazar-e Sarif (sede del gobierno de Rabbani tras la pérdida de la capital), que capitulará definitivamente en 1998. El gobierno talib es reconocido por Arabia Saudí, Pakistán y Emiratos Árabes Unidos, mientras que la única resistencia la encontramos al noroeste.

Los años 90 verán el nacimiento de otro grupo político-religioso que desestabilizará aún más el panorama: Al-Qaeda, y al frente de la misma, Osama Bin Laden. El surgimiento de este grupo está directamente relacionado con los servicios secretos saudíes que invierten dinero proporcionado por EE UU. Aun así, esta amistad se rompe tras la Guerra del Golfo. Bin Laden se refugiará en Afganistán, donde los talibán tratarán de utilizarlo como moneda de cambio para su reconocimiento como gobierno legítimo por parte de EE UU y la comunidad internacional.

Asimismo, las relaciones entre EE UU y los talibán son buenas por intereses diversos económicos y militares, y solo se romperán cuando en la campaña electoral de Bill Clinton de 1996, el líder demócrata se vea obligado a romper relaciones con la política talibán respecto a las mujeres. Tras los atentados de Al-Qaeda en las embajadas estadounidenses de Kenia y Tanzania en 1998, Arabia Saudí declara su enemistad a Al-Qaeda y los talibán cierran filas en torno a ella. Los saudíes los dejan de reconocer como gobierno legítimo.

2001 será el año en el que el mundo cambie. Los atentados del 11 de septiembre evidencian que el poderío de EE UU no es tan absoluto como pretenden mostrar. La desastrosa respuesta de la administración estadounidense de George W. Bush fue la «guerra contra el terrorismo», resumida en la invasión de Afganistán, guerra de Irak e intervenciones en diversos países donde los grupos yihadistas tienen cierta fuerza.

Los resultados de la injerencia estadounidense en Afganistán, justamente 20 años después, son de sobra conocidos. Por un lado, la derrota talib nunca fue completa y, aunque se vieran apartados del poder, la falta de unas instituciones políticas sólidas, libres de corrupción y controladas por los propios afganos han permitido que los talibán se hagan nuevamente con el poder. Además, la posición de EE UU como amo y guardián del orden mundial en un contexto post-Guerra Fría se ha visto seriamente cuestionada. Sin querer extendernos demasiado, las consecuencias para Afganistán y su población han sido desastrosas: años de gobiernos corruptos con el respaldo norteamericano; un país en la más absoluta ruina económica con amplias zonas controladas por señores de la guerra (antes) y talibán (ahora); la proliferación de grandes grupos criminales inundando el mercado mundial de opio y hachís; y una población que, tras dos décadas absortos en la publicidad del sueño occidental, se encuentran de nuevo en el punto de partida. Todo esto sin mencionar lo más evidente: los miles y miles de muertos en esta tierra.

Como dijimos en el anterior artículo, los datos por sí solos no sirven de nada. La Historia debe servirnos para arrojar explicaciones que clarifiquen el presente y ayude, por qué no, a plantear estrategias para el futuro, así como a imaginar posibles escenarios. Los últimos siglos de Afganistán nos aportan muchas claves para comprender nuestro mundo. En primer lugar, el concepto de geopolítica se ve claramente ejemplificado en el caso afgano. El estudio de la ligazón entre el espacio, las relaciones humanas, el andamiaje político-institucional y la gestión de los recursos es imprescindible para el establecimiento efectivo en otras regiones (quizás por eso, cada vez más ejércitos incorporan a sus filas científicos sociales). También se ha evidenciado que el sueño del fin de la Historia de Fukuyama se quedó en eso, en no más que un sueño. El papel de Occidente, con EE UU como líder indiscutible, comienza a ser claramente cuestionado tras la caída del bloque socialista, especialmente desde el 11S. En cuanto a los comportamientos humanos, en un mundo globalizado y cada vez más homogéneo, elementos como religión, ideología, tradición o cultura, siguen siendo un factor fundamental a tener en cuenta a la hora de movilizar grandes grupos de personas en la lucha por objetivos políticos. Por último, queda claro que los valores occidentales (democracia, Estado de derecho, liberalismo político, etc.) no son tan universales como nos quieren vender y que el rechazo aumenta con su imposición.

No querríamos terminar sin hacer una pequeña mención a todos los afganos que han sufrido esta tragedia. Como se ha leído por ahí en estas últimas semanas: Afganistán no es la tumba de los imperios. Quien muere allí es la población afgana. Que no se nos olvide.

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