nº70 · Feb 2026 | desmontando mitos

Genealogía del vicio:

un abordaje alternativo al fenómeno del «chemsex»

El chemsex es un fenómeno emergente que ha generado alarma social y se ha llegado a denominar como «epidemia» dentro de la población LGTBIQ+. En este artículo abordaremos cómo el estigma, y más concretamente la categoría «vicio» afecta tanto a aquellas personas que desean experimentar su sexualidad desde lugares no normativos, como a aquellas afectadas por problemas de adicción.

Aunque se estudia de forma sistemática desde hace menos de una década, ha producido una sobreabundancia teórica, especialmente desde disciplinas como la medicina, la psiquiatría, la psicología, etc., que tienden a proyectar una visión patologizante.

El chemsex, de origen anglófono, chemical=químico y sex=sexo, es una práctica sexual, realizada por hombres gays, bisexuales u hombres que tienen sexo con hombres, en donde están presentes una serie de sustancias químicas psicoactivas (Tina Metanfetamina, GHB y la Mefedrona) que son utilizadas para alargar en el tiempo el encuentro sexual.

La categoría «vicio», entendido como rasgo psicosocial atribuido a determinados individuos o colectivos, no constituye una explicación marginal ni un residuo exclusivo de discursos conservadores o poco informados sobre la adicción. Si no que sigue operando tanto en los discursos cotidianos como de forma inconsciente en marcos interpretativos de ámbitos técnicos y profesionales de la salud.

Este artículo se detiene en dos figuras estigmatizadas: la del «yonqui» y la del «maricón sidoso», tal y como reaparecen en relación con el chemsex, desarrollada principalmente en contextos LGTBIQ+, concretamente, dentro de la comunidad gay. Por otro lado, sin restar importancia al sufrimiento real que puede estar asociado a estas situaciones, resulta necesario abrir un espacio de reflexión que permita pensar también en aquellas personas que participan en estas prácticas sin intención de abandonarlas.

A partir de aquí, se desarrolla una posible «genealogía del vicio», tomando como referencia la figura del «yonqui», entendida como aquella persona estigmatizada por el consumo de drogas no normalizadas, normalmente por vía intravenosa (como ocurre con los slammers), así como también quienes arrastran problemáticas reales en su relación con las sustancias. Y se aborda la figura del «maricón sidoso», asociada tanto a la estigmatización de prácticas sexuales no normativas como a la condición de vivir con VIH. En ambos casos, la categoría de «vicio» opera como eje central de la identidad atribuida, funcionando como un dispositivo moral que no solo define determinadas conductas, sino que juzga los deseos, las prácticas y las vidas de quienes encarnan estas figuras.

Antes de nada, conviene señalar que una persona con dependencia de una sustancia o comportamiento no es una «viciosa», es una persona adicta; culturalmente, continúan siendo leídas en términos de viciosas (juicio moral) en vez de reconocer que presentan problemas de salud mental. Esto nos lleva a preguntarnos si el chemsex constituye una práctica sexual más, en la que se combinan sustancias y sexo, o si debe entenderse como una nueva adicción híbrida. Pese a las numerosas historias asociadas al consumo de drogas sexualizadas en contextos LGTBIQ+, no resulta pertinente condenar el chemsex como una adicción en sí misma. La alarma social que genera no responde solo a los riesgos del consumo o a la exposición a situaciones de peligro, sino también al carácter disidente de las prácticas sexuales que se desarrollan en estos espacios. Según Mauricio Sepúlveda, el uso de drogas sexualizadas ha estado presente a lo largo de la historia pero, con la modernidad y la irrupción de las tecnologías farmacosexuales, se configura un repertorio de prácticas y guiones sexuales organizados en torno a un orden ideal que asegura la supervivencia del sujeto liberal moderno. Este repertorio no solo regula los cuerpos, sino también el orden moral que rige la expresión del propio deseo del sujeto.

El concepto heterotopía parte de la propuesta teórica de Foucault y señala espacios integrados dentro de la sociedad con lógicas internas que hacen que funcionen de forma diferente, y por tanto producen un efecto de contraste. De esta manera se validan ciertos valores hegemónicos impuestos, en contraposición con estas zonas habitadas por sujetos desviados. Si hablamos sobre el consumo de drogas en jóvenes configurarán una «heterotopía», o jerarquización de las conductas, que se regirá en función de dos ficciones políticas: «el yonqui» y el «homoprudens». La figura del «yonqui» hace referencia al joven toxicómano de los años ochenta, consumidor de drogas intravenosas, o al colectivo gay, por ser potenciales personas portadoras de VIH o de sufrir SIDA, al que siempre iba asociado un aspecto enfermizo. Por otro lado, tenemos la figura de la persona «homoprudens» que, según Sepúlveda y Romaní, hace referencia al modelo prototípico de una sociedad neoliberal en donde es «responsable» y dueño de sus actos, de su estado de salud y no la pone en riesgo y adopta un papel «productivo» a través de la autorrealización dentro del sistema. En una sociedad donde la legitimidad del sujeto sigue ligada a su capacidad productiva, los cuerpos que no generan riqueza son construidos como desechables.

En ningún momento durante este ensayo se niega que no existan problemas reales derivados del consumo de sustancias dentro de la comunidad LGTBIQ+, sino que el riesgo real está en ciertos dispositivos de control constituidos en nuestras sociedades que conllevan concepciones y juicios morales sobre cómo los individuos buscan y satisfacen sus propios deseos, creando así dos relatos políticos: el «buen gay», aquellas personas que sin querer se han desviado del camino y a las que «hay que salvar de sí mismas», generando prácticas orientadas a la victimización continua del individuo, y el «gay malo toxicómano», esos seres repudiables, sin aspiraciones y emocionalmente inestables que deben ser objeto del rechazo y la marginación.

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