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FRAGILIDAD, EXTERNALIZACIÓN Y HERENCIAS COLONIALES: CEUTA COMO ESPEJISMO

La externalización de las fronteras de la UE es un ejercicio político cuestionado ya desde sus inicios en 2003. No solo consiste en fortalecer el sistema de vallas y visados, sino que implica todo un juego de poder y una tensión con los países vecinos de la UE que se compensa por un sistema de ayudas económicas que van tomando forma en función de los escenarios políticos, desde la política euromediterránea, pasando por la política europea de vecindad o aterrizando en el fondo fiduciario de ayuda de emergencia a África que en estos momentos vincula peligrosamente la cooperación al desarrollo y el control de fronteras europeas que ya empieza en el Sahel.  La prioridad del control migratorio en la agenda política europea es una pieza más que los diferentes países del Sur asumen y reformulan. La visión etnocéntrica está en creer que solo la UE tiene sus prioridades geoestratégicas vinculadas a la externalización y no llegar a comprender que el resto de los países del mediterráneo occidental y oriental, o del Sahel, combinan sus agendas políticas con la obsesión europea del control migratorio, en un juego tensionado por múltiples factores, donde la geoestrategia de cada país es una pieza más en el militarizado entramado de la industria de la migración. 

La fragilidad de este equilibrio saltó por los aires recientemente. El 17 y 18 de mayo en Ceuta unas 10 000 personas cruzaron la frontera desde Benzú y Fnideq. Es importante señalar que esa misma frontera —justo antes de que la pandemia de la covid-19 fuera la excusa perfecta para sellarla— era atravesada diariamente por unas 20 000 personas, vecinas de estos territorios colindantes. Cruzaban de día y volvían de noche. El tratado de Schengen así lo permitía. Con un pasaporte de las ciudades vecinas de Ceuta y Melilla, la población vecina podía ser mano de obra precaria en el servicio doméstico, en el porteo de mercancías o en la construcción. Una parte de esas personas que cotidianamente visitaban estos territorios y eran precarizadas por la economía de las fronteras, fueron moneda de cambio en la escenificación de una crisis diplomática que se explica desde el enfrentamiento hispano-marroquí pero que tiene una profunda lectura con implicaciones más trascendentes en una dimensión internacional. 

El conflicto no resuelto sobre la soberanía del Sáhara Occidental ha sido el escenario de fondo de esta crisis diplomática, pero la realidad es que lo que subyace es un enfrentamiento entre las oligarquías transnacionales que se van a instalar en el Sáhara y van a explotar sus recursos naturales; multinacionales estadounidenses que con tecnología israelí y con la connivencia de la UE y sus empresas de economía verde planean una apropiación de sus recursos naturales. Es ese capital transnacional que se come los derechos de todas las personas y de sus identidades y sus reivindicaciones. 

El Parlamento Europeo, en un ejercicio de demagogia e hipocresía, apuntó con su dedo acusador a Marruecos por usar la migración como arma política, como si la UE no estuviera plenamente armonizada en esta instrumentalización que pisotea los derechos de las personas refugiadas, legitima las devoluciones en caliente, ignora a las familias que buscan a sus familiares ahogados por las necropolíticas e ignora los derechos de la infancia y la adolescencia migrante justo a la puerta de esta exquisita Europa de los derechos humanos.

El autocrático régimen marroquí y la Europa de los derechos humanos van de la mano en la deficitaria protección de la infancia y la adolescencia migrante, de los niños, las niñas, los adolescentes y los jóvenes que se mueven solos y desafían las fronteras y sufren el racismo de ser «los niños no acompañados» en el sistema de protección. Ni la exquisita Europa de los derechos que rápidamente acusa a Marruecos es capaz de perseguir el discurso de extrema derecha que incita al odio y a la xenofobia y ningunea a estos chicos y chicas; ni las vacías declaraciones de la monarquía marroquí van aparejadas de la más mínima coherencia y diligencia en la protección de estos chicos y chicas, con los que negocia como moneda de cambio con la obsesión de Europa por expulsarlos de su territorio. 

Mientras las bombas caían en Gaza… 

Mientras Omar Radi y Souleiman Raissouni, en detención preventiva desde hace nueve y diez meses respectivamente, agonizan en una huelga de hambre… Y Europa calla. Ignorante del precio de la libertad de expresión al sur del Estrecho de Gibraltar…

Por

Mario Orellana

Sociólogo experto en migraciones