nº72 · Ago 2026 | farándulas

Es kara la kakatua

Un tío entra a una pajarería y pregunta al pajarero: ¿Es cara la cacatúa?. El pajarero responde: En este establecimiento no hablamos euskera.

Tendría unos seis años la primera vez que me contaron este chiste. No me reí. Con el sketch del loro muerto de los Monty Python sí que me partía el ojete, así que de sentido del humor sobre aves iba sobrada. Tampoco era por los chistes sobre mi pueblo; me reía con el chiste de cómo meter a cien vascos en un seiscientos (diciendo que no cabemos). Simplemente, no entendía por qué contestaba aquello. Esa frase no se parecía fonéticamente a mi idioma. Pero entendía algo: se estaban burlando del euskera.

En los noventa, un viaje de Bilbao a Lloret de Mar duraba cinco horas, y seis o siete si tenías matrícula de Bilbao, San Sebastián, Vitoria o Navarra. En vacaciones, era tradición sufrir al menos un control de la Guardia Civil: sacaban a tu aita del coche para humillarlo, encañonaban a tu ama y tú cruzabas miradas asustadas con los niños de al lado. ¡Menuda pinta de terrorista tenía el niño con camisetita de la Real que lloraba en el asiento de atrás de aquel Citroën! Nada más peligroso que una familia obrera yendo de camping. Pero claro, ese mismo año le habían puesto un petardo a Aznar. Eran los años del plomo y las bombas, aunque también eran los años del Bombazo Mix. Ese cassette recopilatorio cuya portada protagonizaba el mismo presidente que había salido ileso del atentado, hizo los viajes más llevaderos. Cuando las matrículas nos identificaban como vascos, las posibilidades de sufrir un control eran las mismas que tienen hoy las personas racializadas.

De vacaciones flipábamos con tres cosas: el Cacaolat, el agua templada como el meado y que ningún turista español pronunciase bien mi nombre de tres letras. Por mucho que dijese: «Ane, con E», acababan llamándome Ana. Mi ama me decía que era porque nunca lo habían oído antes, pero a mí no me molaba cómo arrugaban la nariz al decir: «Qué nombre más raro». Aunque yo no salía tan mal parada, a mi amiga Odei la llamaban «Obelix», a Eunate, «Eutanasia» y a Lierni, «la Liendres». Resulta que no tenían ningún problema neurológico, nos cambiaban el nombre por pura desidia. Les ofende hacer el mínimo esfuerzo por pronunciar bien la palabra que te designa. Cambiar tu nombre es borrar tu identidad. Amigues trans, cuánto os entiendo.

Al crecer, estos fenómenos se complejizaban y sexualizaban. ¿Era un halago que me dijeran: «Para ser vasca eres muy guapa»? A Eunate le dijeron: «Eres muy femenina, no pareces vasca. Las vascas parecéis todas lesbianas». O el clásico: «Fea hasta decir vasca».

Si no quieres problemas, no lleves nada que te identifique como vasco fuera de EH. Yo lo había olvidado, pero mi camiseta con la frase Kale txakurrak. Haizea bezain askeak (Perros callejeros. Libres como el viento) me lo recordó este verano. Nada más bajar del autobús en Madrid, cuatro maderos muy agresivos me interceptaron, me preguntaron qué ponía en la camiseta, me cachearon y me multaron. Días después, cenando en una terraza, unos tipos hacían ruidos guturales mirándome. Desgraciadamente, no era un ictus: estaban imitando el euskera. Lo supe cuando dijeron bien alto «¿Es cara la cacatúa?».

Este odio no solo lo vivimos fuera. Los vascos sabemos que no conviene hablarle a un Ertzaina en euskera. Ertzaina significa ‘el que cuida al pueblo’, pero a ese cuerpo infestado de ultras españolistas les llamamos cipayos, como los soldados indios al servicio de imperios colonizadores. Aunque el cien por cien de la población vasca habla castellano, hay gente que se expresa mejor en euskera. Eso puede costarte la vida: niños y ancianos que no dominan por completo el castellano reciben una peor atención sanitaria porque a los médicos no se les exige el idioma oficial.

Hace poco, un puñado de niños pijos de colegios privados en los que enseñan solo en castellano sacaron un cero en el examen de euskera de la pau. Aquello desató una oleada de odio brutal hacia el euskera que dejó claro que estamos ante una ofensiva que busca que nuestro idioma desaparezca para siempre.

Nos aplican la antiterrorista por cualquier chorrada, como a los de Altsasu, o nos apalean por las cuestiones más peregrinas, como a los miembros de la flotilla a Gaza en el aeropuerto de Loiu. Un colega de la flotilla, con la frente aún marcada por los porrazos, me contaba entre risas que sus compañeros galegos fliparon. No sabían que la represión que sufrimos fuera tan bestia. Benvidos ao País Vasco.

Cerraron Egunkaria y torturaron a sus directivos por publicar en euskera. Aitor Zabaleta fue asesinado por un nazi al grito de «Puto vasco». Podría seguir así todo el día, pero está claro que existe un odio específico hacia cualquier signo identitario de este pueblo. No poder nombrarlo, hace que parezca culpa nuestra. Pero aquí hace muchos años que solo hay tiros en los váteres de los afters.

El odio por ser vascos se llama vascofobia. Existe y es real. Pero un pueblo jamás debe basar su identidad en el victimismo. Eso arrebata la autonomía: no eres lo que haces, eres lo que te hacen. El victimismo inmoviliza. Nuestra identidad se basa en lo lingüístico, histórico y cultural, pero también en la alegría de la lucha. En mi tierra cada acto de movilización, es un evento social en sí mismo. Eso nos hace ser pueblo. Tras cada mani, desalojo de gaztetxe o intento de desahucio, nos vamos de potes. No celebramos que nos hostien, celebramos que hemos luchado juntes. Y, ¡qué coño!, correr delante de los zipaios es bastante divertido también.

Un colega estaba de visita en Herrera de la Mancha, esperando a pasar por el arco de metales, se puso a charlar con una mujer gitana que visitaba a su marido. Al saber que él era de Bilbao, le dijo: ¡Ah, eres vasco! Los vascos y los gitanos al menos una vez en la vida tenemos que pasar por la cárcel. Me parece la frase más amargamente graciosa de la historia. Nos darán de hostias, nos multarán y pasaremos por el talego. Pero al salir, nos iremos de potes a contarlo entre risas.

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