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El patrimonio gráfico como resistencia

Rótulos, señales y tipografías comerciales conforman el patrimonio gráfico de nuestros territorios. Son vestigios, arqueología de nuestras vidas, cuentan historias, nos hablan de quienes un día estuvieron ahí y, en demasiados casos, evidencian los conflictos sociales y las transformaciones del capitalismo en nuestros barrios.

Hacia la ampliación (o destrucción) de lo patrimonial

A estas alturas, aún necesitamos explicar por qué es transformador y por qué es una cuestión política hablar de la defensa del patrimonio gráfico de las ciudades. Incluso en el seno del consejo de redacción de este periódico hemos debatido si el tema tenía cabida, o no, en el marco de la sección de Construyendo posibles. Vamos a tratar de situarnos.

En el año 2003, la Unesco celebra la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Inmaterial, donde se reconocen oficialmente los «usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas —junto con los instrumentos, objetos, artefactos y espacios culturales que les son inherentes— que las comunidades, los grupos y, en algunos casos, los individuos reconozcan como parte integrante de su patrimonio cultural».

En 2008, Andalucía comienza a documentar por primera vez este patrimonio en un proyecto vivo que ve la luz cuatro años más tarde, en 2012, el Atlas del patrimonio inmaterial de Andalucía (Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico), donde han participado, por cierto, topas antropólogas muy queridas.

El salto de escala necesario a nivel teórico, pero también en cuanto a prácticas y políticas culturales se refiere —al pasar del monumento al entorno, del objeto al territorio, al paisaje—, es muy reciente y supone poner el énfasis en los contextos y en las personas que viven, habitan y dan sentido a ese patrimonio. En esa misma línea, pasar de lo histórico artístico a lo cultural es muy reciente. Nadie duda del valor que supone la pátina del tiempo, lo monumental, el patrimonio mueble e inmueble, pero aún necesitamos justificar que lo industrial, lo contemporáneo o lo intangible sea reconocido como tal. Y esto, obviamente, no es solo una cuestión que tenga que ver con los tiempos del debate académico; tiene que ver con lo político. A qué se ha dado valor, quiénes son sus protagonistas, qué formas de lo cultural se han estudiado, conservado, transmitido, identificado como elementos que nos definen y que se convierten en imágenes y, en los procesos capitalistas actuales, qué se ha convertido en marca. La selección de determinados acontecimientos, protagonistas y narrativas olvida las complejidades, contradicciones y personajes que no encajan en el relato patrimonial.

A partir de aquí, si entendemos que las formas de lo cultural son tantas y tan diversas como quienes de ellas se apropian, podremos pasar a un modelo en el que esas otras culturas no hegemónicas sean reconocidas, promocionadas, exportables, etc. Por eso, ampliar el concepto de lo patrimonial (¡o acabar con él para siempre!) deviene transformador. La reformulación del patrimonio en términos de capital cultural nos permite presentarlo no como el conjunto de bienes estables y neutros, sino como un proceso social que, como cualquier otro capital, se acumula, se renueva, y del que los colectivos se apropian de manera desigual. Por ello, los rótulos, las señales y la tipografía de las ciudades son patrimonio. Lo patrimonial es una construcción y cobra sentido como tal, y también su defensa, desde el momento en el que un colectivo se lo apropia, lo hace suyo, se identifica. Y así ha ocurrido con la Red Ibérica en Defensa del Patrimonio Gráfico y, en nuestro contexto más cercano, con Sevilla Tipo.

Sevilla Tipo. Rótulos y marginalia tipográfica sevillana

El 10 de junio de 2018 nace este proyecto en línea del diseñador (también del periódico que tienes entre tus manos) Ricardo Barquín Molero para la documentación y puesta en valor de rótulos comerciales, señalética y azulejería de Sevilla (y parte del universo). Poco a poco, el proyecto va convirtiéndose en un catálogo vivo que se nutre de aportaciones y que conecta con otros colectivos estatales que andan en temas de defensa de este patrimonio tipográfico, hasta llegar a la acción y recuperación de elementos. También supone una llamada de atención ante esa otra cultura.

¿Qué puedes ver si entras en la cuenta?: cabeceras de comercios en activo, rótulos de establecimientos ya desaparecidos, carteles escritos a mano; esos que nos hablan de que ya ha llegado la época del mosto o de los caracoles, o nos explican el know how de los cuartos de baño; o pegatinas comerciales de escaparates y rótulos con prohibiciones, como el de fijar carteles con multa de 500 pesetas. La idea que subyace a este proyecto es la concepción de que estas imágenes son patrimonio gráfico, expresiones culturales, parte de nuestra cotidianidad, de nuestras calles, nuestros bares, nuestras tiendas. Elementos reconocibles, y ahora también reconocidos, de nuestro paisaje urbano.

Pensad en las historias y vivencias que os puede evocar el rótulo de un cine, de un restaurante o de una tienda, son memoria viva. Pensad sino en esos topónimos populares como la plaza del Rialto, la Cuesta del Bacalao o La Campana. No son sus nombres reales, derivan del rótulo de un comercio que antaño estuvo allí o que allí sigue. O pensad en expresiones tan sevillanas como «más gordo que las moscas de Marciano» (una charcutería) o «más mala cara que los pollos del Simago».

También es un homenaje a todas esas personas, rotulistas, ceramistas, delineantes y diseñadoras que, encargo tras encargo, le fueron dando una identidad variada pero común a nuestras calles. Identidad que en plena ola de gentrificación y turistificación se está viendo sustituida por un mar uniforme de rótulos de franquicias o de negocios de souvenirs. Un homenaje a esas artesanas que hicieron un trabajo manual y singular, en neón o a pincel, corpóreo y palpable, que en nuestro presente está siendo sustituido por rótulos planos hechos con plotters, rotulados en vinilo de corte… Pensad en la pérdida de identidad que supone para las ciudades todo esto.

Con este mismo objetivo, nace en 2020 la Red Ibérica en Defensa del Patrimonio Gráfico. Diseñadorxs, fotógrafxs y rotulerxs han decidido organizarse ante la debacle gráfica que está suponiendo el contexto de especulación y gentrificación, como un tejido de iniciativas libres y autónomas unidas en el apoyo y cuidado del patrimonio gráfico, aunando proyectos de todo el Estado. El patrimonio gráfico comercial, testigo de la historia de los territorios y de la de sus vecinos y vecinas. Nace con la idea, a largo plazo, de promover una ley de defensa del patrimonio gráfico.

El paisaje urbano no es neutral

Y es que, como ya supondrás, el paisaje urbano no es casual. Colores, materiales, formas, nomenclaturas… nuestro entorno cotidiano no es un ámbito neutral. Las calles, las plazas, las fachadas y los suelos, pero también sus rótulos, anuncios y tipografías, son textos que deben ser leídos e interpretados. Desde los años ochenta la academia crítica ha estudiado los significados culturales e ideológicos del paisaje, y su papel en la reproducción de las relaciones de poder que determinan no solo qué se percibe a simple vista en la ciudad, sino también qué queda oculto.

Los cascos históricos y sus barrios fueron un tejido mixto, popular, donde las clases humildes vivían, compraban, fabricaban y trabajaban. Esto no quiere decir que no pasaran penurias ni existiera segregación pero, desde luego, formaban parte activa del centro de la ciudad. Cuando este pasado —y presente— desaparece de nuestra vista cotidiana, la desafección de las clases populares por estos lugares facilita «la vuelta al centro» de las clases medias-altas, estrategia revanchista de la gentrificación.

La permanencia de los rótulos de espacios productivos, comercios y talleres de trabajo manual es mucho más que el ejercicio de preservar un determinado estilo tipográfico bajo premisas estéticas. Nos habla de qué personas y qué clases sociales
desarrollaron su vida en esa misma calle donde ahora se ejecutan desarrollos inmobiliarios de lujo y para el sector turístico.

Ahora bien, no basta con mantener un nombre o una tipografía mientras las dinámicas socioespaciales injustas de la ciudad capitalista siguen ahondando en la brecha centro/periferia, terciarizando y turistificando los espacios centrales, marginando a las clases populares y borrando su memoria. No basta con quedarnos en la superficie.

El paisaje se produce activamente y, como tal, resulta imprescindible atender a cómo se mercantiliza en el sistema de producción capitalista y a cómo se representa —incluyendo los materiales con los que se construye— en tanto que forma de poder. No podemos permitir que las transformaciones urbanas borren la geografía y la historia de la clase trabajadora, los nombres de sus bares, tiendas y talleres, pero tampoco que la reescriban o reinventen en la renovación de un pasado ideal, estetizado y fetichizado.

La belleza es una forma de resistencia

Alberto Graco, Colectivo Paco Graco (MADRID)

Diciembre de 2014: finalizan todas las prórrogas que contemplaba la ley Boyer a los alquileres de renta antigua. Miles de comercios se ven obligados a cerrar por no poder afrontar el nuevo alquiler. En Madrid coincidimos dos tours para despedirnos de algunos bares donde habíamos aprendido a vivir: el Lozano, el Noviciado, el Prado, el Palentino, la Pepita… Todos los bares que recorrimos aquellas noches han desaparecido hoy. Esos y muchísimos otros.

Desde entonces, recogemos rótulos de todas las tiendas y bares que van desapareciendo de nuestras calles. ¿Por qué lo hacemos? No queremos ser nostálgicos, pues la nostalgia paraliza las luchas, ni tenemos tampoco un interés excesivo en el diseño o la tipografía. Será que creemos que la belleza es una forma de resistencia o que nos gusta saber de qué está hecha la historia del suelo que pisamos, sobre qué otras experiencias podemos desarrollar las nuestras. Lo hacemos, tal vez, para recordarnos que las ciudades son de su gente, y que cada generación debe hacerla suya: convertirlas en los lugares donde queremos vivir, echar raíces y ser felices. En el taller mecánico que mi abuelo construyó con sus manos en 1945, hoy en día hay un estudio fotográfico de la comunidad china; su historia es la misma que la de mi familia: esos chinos de Useras son los gallegos de antes.

Pasar a la acción

Chio Romero, @tiponuba (HUELVA)

De profesión diseñadora gráfica y aficionada a la fotografía de siempre, creé @tiponuba para que fuera una enciclopedia de la poca, pero valiosa, gráfica de Huelva, destinada a desaparecer en algún momento próximo, como gran parte del patrimonio (de cualquier tipo) de esta ciudad. Quería que, de esa manera, se conservara en algún sitio parte de mi historia, de las tiendas donde mi abuela compraba, de los bares donde mis padres solían ir y a los que yo continúo yendo. Lo había visto en muchas otras cuentas de Instagram que ya seguía, como buena voyeur de rótulos y, ¿por qué no hacer lo mismo en mi ciudad? Llevaba años recopilando material o almacenando localizaciones que fotografiar en mi cabeza. Aún vivía en Londres cuando empecé a tomar fotos durante mis visitas a casa. Pero, en esos periodos, volvía y algún que otro letrero había desaparecido.

Fue Ricardo (@sevillatipo) quien me habló de la Red y me fascinó la idea. No se trataba solo de rescatar estas joyas en instantáneas para luego llorar sobre ellas un día cuando ya hubieran desaparecido, sino que era pasar a la acción. Dejar de ser una mera observadora para pasar a ser una activista de lo gráfico; de lo que, al parecer, ya es caduco en la era de lo digital. Lo artesanal, frente a la inmediatez de un plotter de gran tamaño, ya no es rentable para los nuevos negocios que abren. Si algo creo que define a la Red, es que no solo amamos las letras, sino que también queremos poder abrazarlas, literalmente. Devolverles el amor que ellas nos dan en forma de historias, pues detrás de todas esas letras se cuentan muchas vidas, las nuestras y las de aquellas pequeñas empresas familiares que aún sobreviven en la era de lo fugaz.

En mi opinión, la Red proclama la vuelta a la pausa. Que sigamos apoyando a aquellos negocios de siempre que, con «pulso y buena letra», han conformado y definido un paisaje único de neones, chapa y pintura. Negocios con nombre y apellidos.

El rótulo: Un objeto inmaterial

Federico Barrera Garaña, santatipo.es (SANTANDER)

Desde que la Unesco aprobara en octubre de 2003 la convención para la Salvaguarda del Patrimonio Cultural Inmaterial, se abrió la vía para proteger lo que forma parte intrínseca de una de sociedad y la necesidad de registrar aquello que no tiene tipología común, sino que, de algún modo, tiene peculiaridad propia y por tanto dota de identidad cultural y social.

A partir de las definiciones que establece, cuando hablamos de defender este patrimonio gráfico no es solo por su parte física (objeto), sino lo que de ellos trasciende.

Las distintas tipologías de comercios habituales en nuestras calles han sido epicentro de actividad social y económica de la calle, y también el alma de la vida de la comunidad como punto de reunión vecinal. Aquí las relaciones humanas trascienden al propio comercio como elemento para tejer y fortalecer las redes sociales locales, pero también como centro de la memoria local y de recuerdo. Conceptos como parroquianos nos indican el grado de pertenencia que existía en este tipo de locales.

Los cambios actuales en la sociedad en hábitos de consumo, la irrupción de las nuevas tecnologías y las nuevas normativas hacen que el comercio local vaya desapareciendo en pro de una unificación visual, de consumo y social de las ciudades, donde las grandes marcas y cadenas asumen un rol de aglutinante meramente comercial, perdiendo por tanto ese trasfondo social que caracterizó al comercio.

Otro punto que debemos tener en cuenta es la parte industrial y artesanal del rótulo. En muchos casos fueron realizados a mano con técnicas que hoy se están volviendo a recuperar del olvido en el tratamiento de distintos soportes, especialmente el vidrio, partiendo de la experiencia manufacturera y memoria artesanal.

Por

Candela González, María Barrero y Mar Pino

Equipo de El Topo.