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El callejero también es lucha de clases

Los nombres de los espacios públicos no son inocentes. Rotular con una denominación un espacio es una forma de distinguirlo de otros lugares, al mismo tiempo que cumple una función simbólica. Los topónimos dan sentido de continuidad a una comunidad en tanto que dotan de un significado, normalmente identificado con elementos de su pasado y de su presente, a los lugares comunes donde se desarrolla la vida. Nombrar, el acto de decidir cómo se va a llamar un espacio, es un ejercicio de poder y, de esta manera, han sido utilizados a lo largo de la historia. En este contexto, las páginas azules, ordenadas por vías, o las antiguas guías urbanas, que hoy Google Maps ha enterrado en el olvido, también son lucha de clases. No se trata de uno de esos aspectos fundamentales para mejorar las condiciones materiales de la clase trabajadora. Pero sí representa una de las múltiples, sutiles acciones por las que el poder establecido impone su visión de la realidad. En el proceso, la memoria popular se abandona en detrimento de aquella que pertenece a las élites.

Los cambios sobre el callejero comienzan con la designación de las vías. En los últimos años se observa cierta homogeneización: ahora prácticamente todo es calle, avenida o plaza. Queda algún pasaje, ronda o carretera, y los callejones, como el del Agua, son los menos. Muchas callejas, caminos, plazoletas, barreduelas o adarves se han perdido. La forma de referirse a ellas, claro, porque físicamente siguen existiendo. Lo que ha cambiado es la conciencia de llamarlas por lo que son. Este recorte en la riqueza del vocabulario que señala el tipo de espacio público se enmarca en un contexto amplio de cambios en los nombres de estos.

La toponimia no fue una cuestión relevante para el Ayuntamiento hasta mediado el siglo XIX, cuando manda rotular la primera vía y progresivamente toma el control del callejero. Así queda recogido en el Diccionario histórico de las calles de Sevilla, una obra colaborativa que es una importante fuente de información. Antes de aquel momento, los nombres de los sitios tenían raíz popular y se referían, entre otros, a la proximidad de edificios religiosos; de actividades comerciales o profesionales; o incluso a anécdotas y leyendas. En el proceso de institucionalización del nomenclátor cabría citar varios ejemplos, aunque dos destacan sobre los demás. La calle Feria toma su nombre del mercado de El Jueves que se celebra en los alrededores de la iglesia del Omnium Sanctorum al menos desde el siglo XIII. Este nombre se populariza en el XVI solo para el tramo frente a esa iglesia; arriba y abajo, la calle era conocida de otras formas. Con la institucionalización del XIX, toda la vía adquiere el nombre de Feria, haciéndola coincidir con la extensión del mercado. Otro ejemplo significativo se encuentra en Los Humeros. Las vías de este arrabal ribereño, apiñado entre el río y la muralla, recibían los nombres de «del Medio» y «de Abajo», como se observa en el plano de Olavide de 1771. Cuenta Alfonso del Pozo en su libro sobre este barrio, que el Ayuntamiento decidió en 1859 cambiar tales nombres por Bajeles y Dársena respectivamente, siguiendo la idea según la cual esta zona había sido portuaria en época islámica. Aunque no fuese cierto, en un alarde romántico, el consistorio dotó de una identidad marítima a Los Humeros, que todavía pervive.

Ya en la actualidad, muchas alteraciones, sobre todo en el centro histórico, tienen que ver con la incorporación de nombres religiosos. Por ejemplo, con la reforma del Plan Urban, en San Luis aparecieron las calles Hermano Secundino o Virgen del Carmen Dolorosa. Más recientemente, una apertura entre Pagés del Corro y Alfarería se ha denominado Nuestro Padre Jesús Nazareno, o un tramo de la ya de por sí corta Placentines ahora se llama Cardenal Amigo. La cuestión en torno a los topónimos religiosos no es nueva. Un caso conocido es la plaza del Pan, cuyo nombre oficial pasó a ser Jesús de la Pasión hace más de un siglo, tras la solicitud de unos vecinos. No obstante, la gente ha seguido llamando a este espacio por su nombre anterior, que se debe a la existencia de un punto histórico de venta de este bien básico, junto con otros puestos de frutas y verduras, como recuerda Luis Cernuda en Ocnos.

En cualquier caso, estos cambios tienen sentido por la religiosidad popular en Sevilla. El problema está cuando ocurren a costa de nombres igual o todavía más arraigados. Algunos dan cuenta de la diversidad de procedencias que se concentraba en el casco de la ciudad desde su apogeo como puerto de indias. Además de Placentines, que se refiere a los migrantes de la ciudad italiana de Piacenza, o el caso de la antigua calle de Genoveses, quedan los topónimos de Alemanes o Francos. Es curioso que las nacionalidades extranjeras hayan pervivido hasta cierto punto, y no las de aquellos territorios dentro del Estado español. Porque las actuales calles Albareda, Sagasta o Fernández y González eran conocidas respectivamente como de Catalanes, Gallegos o Vizcaínos.

Como se observa, en estos casos hay una sustitución hacia nombres de políticos decimonónicos. No son las únicas calles que sufren estos cambios, como la del Mar, que pasa a ser García de Vinuesa. Pero los cambios más simbólicos son aquellos vinculados a oficios o actividades tradicionales, las profesiones que ocupaban a las gentes de Sevilla, algunas desde el medievo. Aquí encontramos los casos de Borceguinería, en referencia a los fabricantes de zapatos (actual Mateos Gago); Calderería (Teodosio); Cuchilleros (Antillano Campos); Herreros (San Juan de la Palma) o Toqueros (Conde de Ibarra). La calle Cuna era de los Carpinteros, si bien ambos topónimos convivieron durante tres siglos hasta que se oficializa el primer nombre en 1845. De la misma manera, otros oficios (Refinadores, Toneleros o Zurradores) o sus productos (Aceite, Alfarería o Calería) han resistido el paso del tiempo en el callejero.

Los nombres de los lugares constituyen capas de memoria que nos conectan con un tiempo y una ciudad que ya no existe. Aquellos que se sustituyen, caen en el olvido, como en el que se encuentran aquellos oficios a los que hacen referencia y lxs obrerxs que los desempeñaban. La selección de unas memorias, de unos personajes con apellidos sobre otros que no los tienen, refleja una intencionalidad de clase, y es nuestra tarea oponernos y reivindicar el lugar en la historia urbana de las personas anónimas que habitaron y construyeron Sevilla antes que nosotrxs.

Por

Jaime Jover

Geógrafo