nº57 | política global

DÍAS DE REPRESIÓN EN EL PERÚ Y MÁS

Crónica de un discurso para silenciar

19 de enero de 2023. Entre las avenidas Arequipa y Petit-Thouars, detrás del grupo de batucada, estábamos Viola y yo. Siempre ves el humo antes que las lágrimas y los policías.

Desde el 7 de diciembre de 2022, tras en intento de disolver el Parlamento y convocar nuevas elecciones, seguido de su vacancia por el Congreso y, finalmente, con la «asunción» de Dina Boluarte como presidenta del país, lxs peruanxs no hemos dejado de sufrir el desequilibrio que significa tener un Estado colonialmente enfermo (inconsciente de su afección) y decadentemente carca.

«Vengan todos a ver, ¡ay!, vamos a ver». Este verso de un huayno titulado Flor de retama, bastante conocido y vapuleado, encierra mis intenciones con este texto. Vengan todos a ver lo imperativo de evidenciar al mundo entero la violencia y la represión de este Estado a través de sus «fuerzas del orden». Una denuncia que recoge los ¡ay!: el dolor no lastimero, sino el que proviene de la ira que produce la injusticia. Vamos a ver nos aúna desde la empatía, desde el ¿te interpela? A muchxs peruanxs, no: una memoria colectiva extrañamente conservadora.

Una guerra donde un grupo de policías, con indumentaria blindada y armas, lucha contra una ruma de «salvajes», «vándalos» parece una narrativa que se puede rastrear y leer en nuestra historia latinoamericana, una decodificación posible desde sus personajes arquetípicos y que cobra sentido en el presente, un final predecible [aquí puedes insertar quiénes serían los vencedores]. El hoy y el aquí arrojan cifras que desgraciadamente pasan inadvertidas: han muerto cuarenta y ocho civiles y un policía en las protestas. Otros diez, en hechos vinculados. La mayoría son de provincias como Puno, Ayacucho y Apurímac. No son de Lima. Son «provincianxs». Por lo tanto, es evidente el uso arbitrario de la fuerza y otras vulneraciones a los derechos humanos —perpetradas por políticas de Estado de nuestra presidenta junto con sus perros que son los que te destrozan la cara finalmente— especificadas a cincuenta días de la represión por la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos del Perú.

«La confianza en lo tranquilo de la marcha nos valió algunas lágrimas, esas que salen por ardor. Igual salimos para reunirnos con los que seguían en marcha. Vimos de lejos a los sikuris y, cuando Viola y yo fuimos a su encuentro, la retahíla de policías se dejó sentir con las bombas lacrimógenas, otra vez. Sin saber por dónde correr, la única opción era hacia el otro grupo de policías que formaba una valla.»

Desde este exiguo lugar de enunciación, como es Lima, desde esa grisácea identidad en mi piel con privilegios como la educación, acudiré a señalar algunos acontecimientos que me resonaron. A partir del 17 de enero de 2023, Lima se ha vuelto el centro de
peregrinación de diversas organizaciones sociales procedentes de Cusco, Arequipa, Puno y otras provincias que exigen no solo la renuncia de Boluarte, sino adelantar elecciones generales, disolver el Congreso y crear una nueva Asamblea Constituyente. Frente a esa situación, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos decidió darles un albergue, como forma de demostrar su apoyo al derecho de protesta. Un deseo naturalmente solidario que el sábado 21 fue manchado; manchado de recuerdos en los que ya había incursionado el expresidente Fujimori. Una tropa irrumpió con bombas lacrimógenas, tanquetas y hasta un helicóptero en el campus de la UNMSM para desalojar a los cientos de manifestantes justificándose en el estado de emergencia. Con esa fuerza desproporcionada, se les tiró al suelo y se les quitó sus documentos de identidad sin contar con una observación fiscal: el mismo escenario, la misma insuficiencia política, la misma violencia injustificada, la misma mirada clasista y racial encubierta, hoy, en la sospecha del surgimiento del terrorismo. Una paranoia mediática que no dejan de estirar a su conveniencia.

«No éramos las únicas, otra señora también buscaba salir. Entonces, se nos acercó uno de estos policías blindados y dijo: “Ahora corren como ratas”, mientras se reía. ¿Quiénes éramos esas “ratas” para esos policías? ¿Se refería a delincuentes? ¿A terroristas? Tenía miedo. Caminamos un poco más. Quería que me escuchasen, les grité llorando: ¿Acaso no les da pena de sus hermanos muertos? ¿Por qué son así?»

Advertencia (si usas cinco veces la palabra terrorista, te convierte en uno. Voy…). Un fantasma recorre el Perú: el fantasma del terruqueo (Marx entendería la deformación). Hoy en día, el verbo terruquear tiene un cuerpo y una voz. Su enunciación crece solapadamente como un susurro entre las masas y luego se convierte en la fórmula para quitarnos los ojos (entre nosotros). Entonces, ahí habita su naturaleza fantasmal. Volátil como un gas lacrimógeno o la neblina con la que amanece Lima, se instala en todxs lxs peruanxs. Toca la herida que nunca llegará a tener costra. ¿Quién puede sanar sin ni siquiera saber que está enfermx?

La herida (más reciente): el conflicto armado interno. Este no es más que el eufemismo de la palabra terrorismo que expresa con mayor fidelidad nuestros traumas y miedos; el profundo terror que sembraron grupos como Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, como también las fuerzas policiales, militares y grupos paramilitares en los años ochenta. Terruco (zurdo, rojo, izquierda radical). Ahora es preciso reconocer quiénes son los terruqueados [busca la clave étnica]. La herida es, entonces, la bandera de los terruqueadores. El discurso peligrosamente volteado y difundido para silenciar. ¿Qué se quiere silenciar?

«Es verdad que les grité. Les miré con rabia. Tenía miedo. Ellxs regresaban a seguir buscando grupos para desintegrarlxs. Les escuchaba riéndose. Viola, mi chica blanca, me abrazó. Pasaron de largo».

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