nº60 | la cuenta de la vieja

¡Buenos días, vecina!

El barrio, los barrios, las calles, las ciudades, no son nada sin las personas que de verdad lo habitan. Aquellos y aquellas que levantan verjas, que encienden luces, que llenan las calles de espacios singulares, que cuelgan carteles con los años que llevan como reclamo para poder seguir muchos más.

De repente suenan los buenos días. Y los «¿Te pongo lo mismo que el otro día?». María, la de la mercería, te dice eso de «no te lleves tanto, que con esto te llega». Juan, de la tienda de electrodomésticos, te recomienda el microondas más barato porque el que es más caro es por el color nada más; y que eso los de Amazon te lo cuelan, pero él no. Jose, el de la librería, te ha guardado el libro nuevo de la autora que te gusta, sin que se lo pidas, simplemente porque te conoce.

Lucía, la de la joyería, te arregla al reloj que se te ha quedado parado mientras te dice «anda, no me des nada, otro día te vienes por aquí y te llevas uno nuevo, que este está ya fatal». Ana, la de la floristería de la plaza, te pregunta que cómo está la dama de noche que compraste el otro día, que si la estás regando cada dos días para que no se te muera. Y Salva… es que es sentarte en la terraza de su bar y ya te ha puesto el café como a ti te gusta, con el mollete integral que te pides siempre y el salmorejo casero que hace a las seis de la mañana antes de abrir el bar.

Y estas son las personas que lo habitan y es ahí donde realmente deberíamos querer vivir. En este barrio, en estos barrios, en estas ciudades. Yo no quiero ciudades donde las calles son invadidas por vacas enormes y sonrisas en cajas de cartón. No quiero calles vacías ni más carteles de se alquila en locales que acaban alquilados por gigantes.

Para. De verdad, para. Que las prisas han conseguido que hayamos dejado de mirar a nuestro alrededor. Que compremos sin necesitarlo. Que compremos sin quererlo. Que compremos a los grandes que se cargan a los pequeños. Piensa. Para. Porque… ¿Cuánto hace que no paras? Que no hablas con un vecino o una vecina. Que no te das cuenta de que esa tienda que cerró era la de María, la de la mercería.

Que Juan cada vez trae menos cosas a su tienda de electrodomésticos porque no le da el dinero para comprar cosas nuevas y que apura una venta para poder traer a su tienda el último tostador que promocionan por Instagram. Que Jose ha empezado a traer artículos de regalo a su librería, porque dice que cada vez vende menos libros y que no sabe si es porque la gente lee menos o porque ya no le compran a él.

Que a Lucía ya no le da la vista para poner en hora tu reloj y que su nieto quiere ser tiktoker o no sé qué del móvil, y que su negocio generacional con más de cien años acabará cerrando con ella. Que Ana está agobiada porque dice que cada vez hay más plataformas que te llevan las flores a casa y que no entiende cómo la gente compra flores así, sin olerlas ni tocarlas y que le quedan dos telediarios para cerrar.

Abre los ojos. Porque a Salva le acaban de abrir una franquicia a su lado, una de esas con barras de pan a un euro, desayunos más baratos que el suyo y tomate de bote. Levanta la vista del móvil, incluso de este periódico, porque parece que hemos dejado no solo de pasear por nuestros barrios, sino también de pararnos un poco a observarlos.

Las franquicias invaden las calles, que son las únicas en permitirse pagar los altos alquileres de nuestras ciudades. Abundan los locales vacíos, abandonados año tras año por personas que prefieren tenerlos cerrados. Las calles se llenan de pisos turísticos cuyo público acaba embobado por la vaca enorme del principio de este artículo. Las plazas cada vez con menos bancos, convertidas en tránsito y paradas de furgonetas para que te muevas lo menos posible de tu casa.

Lo quiero, lo pido. Lo pido lo tengo. No importan las consecuencias. Nos da igual lo que hay detrás de un clic rápido motivado por un anuncio en redes sociales.

Seguimos pensando que nuestros actos no afectan a lo que nos rodea, que cómo y dónde consumimos no nos toca de cerca. Pero resulta que María, la de la mercería esa que cerró, ¿te acuerdas?, compraba siempre en la frutería de tu padre, al igual que Juan el de la tienda de electrodomésticos y Jose el de la librería. También Lucía la de la joyería, Ana la de la floristería y, por supuesto, el salmorejo de la cafetería de Salva estaba hecho con los tomates que le compraba a tu padre.

Y resulta que tu padre no solo ha notado que sus vecinos y vecinas cada vez le compran menos, sino también que ese supermercado exprés que siempre está abierto le ha quitado ventas y que, como siga así va a tener que cerrar su puesto en el mercado. Y que tú, que estás estudiando fuera gracias al trabajo diario de tu padre en la frutería, vas a tener que volver y arrimar el hombro porque la cosa se está poniendo chunga. Y con esto descubres que la economía es circular y que dónde y cómo nos gastemos el dinero no solo afecta a nuestras ciudades, a nuestros barrios y a las personas que la habitan: también te afecta a ti. A ver si dándonos cuenta de esto, siendo egoístas y pensando en nosotros y nosotras mismas, nos da más por consumir local.

Porque sí, nuestros actos de verdad tienen consecuencias. Y que decir «buenos días vecina» no solo salva nuestras ciudades y barrios, sino también nuestra vida.

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La Fuga es una librería a la vez que plataforma de encuentro y acción social. Está centrada en poesía y narrativa, en tebeos, así como en teoría sobre los movimientos sociales, políticos y artísticos.
Pretende ofrecer un posicionamiento frente al estado de las cosas, dar herramientas para una mejor comprensión de los fenómenos locales y globales, además de intentar, dentro de sus limitaciones, ser un lugar de reflexión y de propuestas creativas, de intervención; un espacio de aprendizaje y acercamiento, de colaboración entre gentes y prácticas, más allá de las intenciones económicas propias de todo negocio.