nº71 · May 2026 | la cuenta de la vieja

Alienarse para desalienarse

Sobre autogestión y centros sociales

Los debates sobre autogestión han sido frecuentes en el interior de los centros sociales, con relación a si estos debían convertirse en pequeñas utopías o si tenían que contaminarse con cositas de la realidad. La convención de lo que deben ser los centros sociales se ha esgrimido a menudo para cerrar debates en falso sobre qué es la autogestión y sobre qué rol debía jugar el centro social en una estrategia emancipadora. ¿Qué es lo que queremos decir con autogestión? ¿Qué relación tiene con los centros sociales? ¿Qué es lo específico de los centros sociales como fórmula de lucha o asociativa?

La categoría de autogestión se entiende mejor enfrentada a la de alienación. La alienación, en la tradición del movimiento socialista (libertario o no), refiere la manera en que, en el capitalismo, la clase obrera es separada del producto de su trabajo y de las capacidades de producir colectivamente. Por el contrario, el término autogestión nace para describir los experimentos yugoslavos sobre democratización de la producción, donde la clase trabajadora gobernaba las fábricas mediante cooperativas. Desde la creación de los primeros sindicatos, en el mundo hispanoparlante se ha hablado de control obrero para referir esto mismo. Sin embargo, el término autogestión tiene tanto éxito en la década de 1970 porque permite ir más allá del mundo del trabajo, pudiendo hablar de autogestión del espacio o de la vida cotidiana, igual que podemos hablar de alienación de la vida cotidiana.

En relación con el espacio, la alienación es la manera en que la ciudad, que es el producto del trabajo colectivo del ser humano, se le aparece a la gente como algo ajeno e incluso hostil. Hay muchas pruebas de esa desafección, pero lo que nos interesa es sobre todo la manera en que les habitantes pierden el control sobre el espacio, la capacidad de producir la ciudad y, de esta manera, dar forma a la propia sociedad. En este sentido, la alienación nos priva de una facultad esencialmente política. La autogestión, por su parte, tendría que ver con recuperar el control político de la producción y el espacio. Respecto del trabajo alienado, la autogestión refiere el control obrero de la fábrica, las cooperativas de Yugoslavia o las fábricas recuperadas en Argentina. En el ámbito de la ciudad también habría una autogestión en relación con la capacidad de producir el espacio, organizarlo, apropiárselo… La Comuna de París se ha utilizado a menudo como ejemplo del pueblo controlando la ciudad, también el movimiento cantonalista, la Barcelona del 36 y otros.

La alienación atomiza a les individues, les priva de las capacidades de construir la ciudad colectivamente, que es la base de sus capacidades políticas. El centro social sería una herramienta mediante la cual la gente recuperase esas capacidades, la capacidad colectiva de controlar el espacio en el que desarrollamos la vida cotidiana, darle forma y dar forma a nuestra propia socialidad. Y, paradójicamente, en el centro social, para desalienarnos, nos alienamos. Nos separamos, física y simbólicamente, del resto de la sociedad urbana. Tenemos muchos ejemplos de centros sociales donde la segregación se ha usado como forma de construir una colectividad política. La historia social ha apuntado la importancia de las tabernas obreras en el proceso de conformación de una conciencia de clase. La taberna obrera era una especie de centro social, un lugar donde la clase obrera se aislaba y se reconocía a sí misma, evitando a burguesas y policías. Esto permitiría recuperar la capacidad de organizarse colectivamente, utilizando precisamente el control sobre un espacio de vida cotidiana. Los centros sociales ocupados han sido por lo general también un buen ejemplo de autosegregación, donde jóvenes, mujeres o colectivos de afinidad ideológica se han separado del resto de la sociedad, para agruparse y recuperar o construir su capacidad de acción colectiva.

Esto lleva al viejo dilema de los centros sociales como utopías prefigurativas o como herramientas de intervención proyectadas hacia el exterior. Por un lado, el proceso de autogestión y de autoalienación conduce de alguna manera a crear un espacio aislado. Pero, por otro, afrontar la problemática de la producción capitalista del espacio invita a intervenir en una escala más amplia. Esta contradicción acompañó al movimiento de centros sociales ocupados desde su origen, pero encontramos ejemplos también interesantes en otros contextos. Por ejemplo, en el movimiento obrero español de principios de siglo, se suelen oponer el modelo de casas del pueblo y ateneos libertarios. Curiosamente las casas del pueblo socialistas eran espacios más volcados sobre sí mismos, con un carácter prefigurativo, en los cuales se intentaba crear una pequeña utopía socialista para les obreres, separada del resto de la ciudad. Los ateneos libertarios o las bibliotecas sociales, por el contrario, eran y son herramientas de difusión e intervención, en los que el centro social actúa como palanca de cambio y mira hacia afuera. En el movimiento de centros sociales okupados autogestionados predominó sin duda la búsqueda de la utopía prefigurativa. Este tipo de fórmula ha funcionado mejor dentro de movimientos políticos más amplios y cohesionados, como las gaztetxes en el movimiento independentista vasco, mientras que el centro social como utopía aislada ha tendido a la automarginalidad.

Los centros sociales pueden ser una herramienta fundamental para desalienarse, para crear subjetividades políticas y para recuperar la capacidad de dar forma a la sociedad de manera colectiva. Pero es importante entenderlos dentro de una perspectiva y de un movimiento más amplio, el movimiento obrero o cualquier otro. Sin esto, es fácil que los grandes esfuerzos que se depositan en el centro social conduzcan solo a la impotencia política. Henri Lefebvre señalaba que la segregación de la clase obrera que provocó la reforma urbana de Haussmann, permitió el experimento autogestionario de La Comuna de París. Pero su triste final muestra que ninguna forma de autogestión sobrevive segregada si no apunta a la totalidad.

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