nº72 · Ago 2026 | la cuenta de la vieja

Matuteras y recoveras: una historia por contar

Llegaban en trenes de vapor o en autocares calamitosos, o simplemente a pie, hasta La Línea de la Concepción y Gibraltar, por vericuetos que antes probaron mochileros o contrabandistas. Venían traqueteando desde la Serranía de Ronda hasta la Estación de San Roque: desde allí, diez kilómetros hasta el Peñón, tan ilusionadas como temerosas. Otras llegaban desde Casares, por vericuetos y caminos que orillaban por la costa, a lo largo de cuarenta y nueve kilómetros, a veces escarpados. Y aún había quienes portaban sus zurrones desde Alcalá de los Gazules o Tarifa, por trochas, selvas de alcornoques, carreteras militares, arrecifes o bosques de niebla.

Las matuteras fueron mujeres dedicadas a distribuir y revender los géneros adquiridos en La Línea de la Concepción, fruto del contrabando, en una geografía relativamente próxima, que no excedía ciento cincuenta kilómetros, tanto de la provincia de Cádiz como de Málaga. No existe un número exacto de quiénes practicaban ese periódico ir y venir hasta la falda del Peñón: fueron miles, eso sí. Muchas fueron mujeres solas, porque sus maridos habían fallecido, huido o fueron encarcelados. En algunos casos, toda la estructura familiar se ponía al servicio de tales prácticas. De diversas edades, a veces aún niñas, pero no más allá de cincuenta años. Con suficiente fuerza para cubrir a pie un largo trayecto con una carga pesada. A menudo, viajaban en pequeños grupos, con indumentarias de color negro-luto.

Se les llamó «matuteras», porque acarreaban el matute de artículos básicos, a un lado y a otro de la frontera con el Peñón. También se utilizó para clasificarlas el eufemismo de «recoveras» y, por extensión, el de «estraperlistas».

Su actividad comenzó ya durante el siglo XIX, aunque en esa época el protagonismo de aquella suerte de mercado negro concernía a los varones. Su número se incrementó durante la dictadura de Primo de Rivera y en la Segunda República Española, pero se disparó a lo largo de la guerra y de la posguerra civil, hasta cesar prácticamente en 1969, con el cierre de la frontera con Gibraltar por parte de la dictadura de Francisco Franco. Se les llamó de muchas hechuras, aunque «matuteras» fue su nombre más común. «Recoveras», les llamaron en algunos predios malagueños, aunque ese oficio concerniera en origen a las vendedoras de huevos. Eran buhoneras de la supervivencia, mercaderes de la precariedad, buscadoras de artículos que llegaban a Gibraltar porque quizá vinieran de la Gran Bretaña, de Marruecos o de un régimen fiscal que permitía productos más baratos.

Se habían iniciado en dicha ruta durante las turbulencias del siglo XIX. Su trapicheo no aflojó durante los días de la Segunda República: varias de ellas decidieron bajar desde las incumbencias de la sierra de Líbar y de La Pileta coincidiendo con la velada de La Línea, un mes de julio del treinta y seis y se encontraron con que, en vez de rifas, carros de las patadas, azucarillos y aguardientes, tocaban a rebato, ejecuciones sumarísimas y regulares con espingardas. Tuvieron que volver a pie, peñas arriba, hasta toparse en Cortes con el río lleno de muertos.

A lo largo de las décadas, conocieron pesquisas y decomisos, pases y salvoconductos, violaciones y sobornos, los bultos arrojados por las ventanillas del tren para evitar a la Brigadilla y a los inspectores de consumo. Pero allí siguieron, trapicheando por cuatro perras gordas para sobrevivir al hambre o a la soledad, para alimentar a los huérfanos de un país cainita y a familias hambrientas. Todas, eso sí, sufrieron el silencio y el disimulo, con caras de yo no fui cuando una voz bronca les exigía: «Saca lo que lleves en la faja».

Sin embargo, no solo mercadeaban con el café que no supiera a achicoria, con perfumes de estrellas de cine, medias de nylon o simples piedras de mechero, sacarina o, menos frecuente, penicilina. También traían y llevaban historias del litoral hacia la Andalucía interior, noticias de sucesos terribles o de amoríos jocosos, palabras de idiomas extranjeros o, escondidas en el delantal, una octavilla mal escrita en la que si hubieran sabido leer, alguien les anunciaba que la dictadura iba a durar poco y que los aliados habrían de unirse a la guerrilla.

En la mayor parte de los casos, las matuteras que llegaban hasta la falda del Peñón desde otros confines andaluces no podían acceder a Gibraltar, al carecer de pase o de acreditación para que ello fuera posible. Era en La Línea donde se sustanciaba habitualmente su negocio, en un viaje de ida y vuelta lo más rápido posible, desde sus lugares de origen.

Su historia está por contar, aunque Beatriz Díaz Martínez la inició en su ensayo Camino de Gibraltar: Dependencia y Sustento en La Línea y Gibraltar, publicado por la Diputación de Cádiz. Logró recabar numerosos testimonios orales, de algunos de los protagonistas de aquella epopeya silenciosa.

El Ayuntamiento de Casares ha reivindicado, desde 2017, la memoria de aquellas mujeres y ha establecido una ruta de 49 kilómetros, a través de tres tramos: desde Casares hasta el Secadero (15,80 kilómetros); desde aquí, hasta San Roque (24 kilómetros); y el último, hasta la frontera de Gibraltar, que ya no existe propiamente dicha (9 kilómetros). Las recoveras finalmente dejaron de usar la ruta en 1969 cuando se cerró la frontera con Gibraltar y tuvieron que buscarse la vida de otra forma.

En la Casa de la Memoria de la Sauceda, en Jimena, diversos paneles refieren la pequeña gran historia de las matuteras. También el Ayuntamiento de San Roque se ha sumado a esta iniciativa memorialista, a través de unas primeras jornadas celebradas esta última primavera en la Estación, con la producción de un documental pendiente aún de financiación completa, y de una recreación teatral sobre aquel episodio que aún permanece en la memoria de los mayores. Sería bueno que también la conocieran quienes, por su edad, quizá no conciban que la historia siempre suelen perderla los mismos. Y, sobre todo, las mismas.

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