nº72 · Ago 2026 | mi cuerpo es mío

Mudarse a otro reino

Lo que le pasa a la atención, al tiempo y al cuerpo cuando dejas de mirar hacia arriba y te inclinas hacia lo que crece

Hay una escena en Agua viva, de Clarice Lispector en la que las plantas, sin voz, hacen algo parecido a llamar. No hablan, pero interpelan: invitan, si prestas atención, a mudarte a un reino que llevaba ahí todo el tiempo y que no habías sabido ver. Tardé años en escuchar ese llamado, y cuando llegó no vino por la literatura, sino por la tierra. Vino el día en que empecé a ocuparme de una parcela en un huerto comunitario de Sevilla.

Hasta ese momento, realmente no veía las plantas. Las tenía delante (en las macetas, en los parques, en el cilantro del plato) y sencillamente no estaban. Hay quien lo llama ceguera botánica, esa incapacidad tan nuestra de reparar en lo vegetal, de nombrarlo siquiera, de concederle la categoría de ser vivo con el que compartimos el mundo. Yo la tenía entera. Mi atención iba casi siempre hacia arriba, hacia lo humano, lo que se mueve y me devuelve la mirada. Además en mi tiempo de ocio, casi nunca más abajo de la altura de la barra.

Durante años, quedar fue ir a un bar y, ver a mis amigxs, fue tomar algo; una inercia tan cómoda que había dejado de parecer una elección. No lo cuento como delito —esas tardes también forman parte del cuidado—, sino como síntoma, siendo el bar el ocio que cabe en las vidas que tenemos, el que no nos pide madrugar ni volver mañana, el que se deja encajar entre jornada y jornada. Gran parte de la vida sociable transcurría allí, en el tiempo rápido de las rondas, sin que se me ocurriera que pudiera transcurrir de otro modo, en otro sitio, a otra velocidad.

Cien metros cuadrados cambian eso antes de lo que parece. Lo primero fue el idioma, aprender qué se planta con qué y qué no se soporta, qué pide sombra y qué pleno sol, qué temporada deja germinar cada semilla, qué tela salva a las plantas de la helada. Un alfabeto nuevo, aprendido con la torpeza de quien vuelve a la escuela ya mayor. Y con el idioma llegó la mirada, de repente comencé a verlas. Veía la mala hierba con la que Lispector comparaba a Macabea, su personaje más pequeño y desposeído, esa muchacha que se quedaba contemplando el verde tiernísimo que crece entre los adoquines. Empecé a mirar lo que antes pisaba.

Y no era solo mirar más, sino mirar de otro modo. Una planta en una maceta bonita es paisaje, algo que decora un rincón para que yohumana lo disfrute a distancia, sin implicarme más allá del riego. El huerto no me deja ser espectadora. Ahí las plantas no están para ser miradas ya que tienen sus urgencias y sus tiempos y, si no apareces, se resienten. Se pasa de contemplar a responder. Y responder, resulta, me transformó en algo más que contemplar.

El cuerpo también aprendió, y aprendió agachándose. Cuidar un huerto es, sobre todo, inclinarse, doblar la espalda hacia el suelo, ponerse a la altura de lo que crece, abandonar por un rato la postura vertical del que contempla el mundo desde arriba y lo da por suyo. Nuestrxs abuelxs tenían estos saberes. Hay filósofas que también han escrito y pensado sobre ello… Adriana Cavarero, por ejemplo, cuenta que el pensamiento occidental se imaginó siempre erguido, de pie, mirando de frente y por encima, y propone la inclinación como otra manera de ser sujeto, una postura que se debe a otro.

Estas incorporaciones en mi pensamiento le hicieron algo a mis horas. El huerto tiene un tiempo que no se deja acelerar ya que no hay manera de que un tomate madure porque tú tengas prisa o ganas. Te obliga a volver, a esperar, a estar aunque no pase nada espectacular. Y ese tiempo, tan distinto del tiempo del bar —siempre disponible, siempre listo para otra ronda—, se me fue colando en la semana.

Apareció, también, otra gente. Algunas de mis vecinas de parcela me sacan veinte, treinta años… Ellas me van soltando el idioma de viva voz (cuándo se siembran las habas, cómo funciona un alambique, qué se hace con la lavanda que sobra). Hay un espacio donde se comparten esos saberes, y asambleas donde se decide, sin prisa, qué hace falta y cómo lo resolvemos entre todas. El huerto también es sentarse en círculo con gente. Solo que a otra velocidad.

Y no solo gente nueva. Mis amigxs de siempre también han empezado a pasarse por allí, y con ellxs han nacido otras rutinas de encuentro, mañanas de riego compartido, un almuerzo entre bancales, repartirnos lo que haya dado la semana. Quedar ya no significa una sola cosa.

No me he vuelto abstemia ni asceta, que quede claro. Sigo tomando algún botellín, y algunas de mis mejores tardes siguen empezando en una barra. Lo que cambió no es tanto cuánto bebo como qué más hacer con un viernes tarde libre.

Entendí que esto nunca funcionó en una sola dirección. Yo creía que iba a cuidar unas plantas —regarlas, quitarles las hierbas, taparlas del frío— y que el asunto acababa ahí, en mi «generosidad de multipropietaria». Pero el cuidado esconde una trampa hermosa, transforma también a quien cuida. Mientras yo aprendía sus tiempos, ellas me estaban reordenando los míos; mientras las sacaba de mi ceguera, ellas me sacaban de una inercia. A estas alturas, decir que las cuido yo a ellas es contar solo la mitad.

Creo que a algo así se refería Lispector con lo de mudarse a otro reino. No a irse a ninguna parte, sino a empezar a habitar el que ya estaba ahí, a ras de suelo, lleno de seres que llevaban toda la vida llamando sin que nadie los oyera. El huerto no me quitó el bar. Me devolvió el cuerpo, las manos, las mañanas, la espalda que se dobla y, con él, la posibilidad de elegir dónde lo pongo y con quién. Que, ahora que lo pienso, es lo más parecido que conozco a que un cuerpo sea de una.

Nos apoya

Ingeniería Sin Fronteras (ISF) es una Organización No Gubernamental (ONG) dedicada a la Cooperación al Desarrollo que trabaja por y para el cambio social, poniendo la Tecnología al servicio del Desarrollo Humano.
ISF es una ONG pluridisciplinar, aconfesional y apartidista, formada por personas socias y voluntarias. Está estructurada a nivel estatal en forma de federación de asociaciones que comparten unos mismos objetivos y principios.