nº69 | editorial

Agonías

Nos gusta escuchar a las amigas de otras iniciativas cercanas contar sus proyectos. Que si las decisiones de forma asamblearia, que si nos salen las cuentas gracias la comunidad que está alrededor, que si lo divertida que es la charlita de después… Pero solemos quedarnos con la sensación de que algunos ingredientes de la receta se los han guardado. Nos quedamos barruntando «pero si es así de sencillo, mira cómo lo han hecho ellas y la buena cara que traen, ¿por qué no lo hace mucha más gente?». Supongo que lo mismo pensáis de nosotres cuando nos invitáis a presentar El Topo. Tenemos tanto interés por que os unáis a El Topo o hagáis iniciativas en sintonía con la nuestra por vuestra cuenta que tendemos a ocultar una parte. Una parte que es tan necesaria que conozcáis como las metodologías que estaréis aburridas de escucharnos y tras las que pareciera que si cumplimos esos ítems todo va a salir bien. Pero no. O al menos no solo con eso.

Ese algo, que solemos invisibilizar, lo venimos llamando últimamente como la «agonía». Son esas tareas del día a día que ponen a prueba nuestras energías y sin las que ninguno de nuestros proyectos salen adelante. Porque no podemos negar que son, en general, proyectos agónicos. Proyectos que no sabemos si dentro de seis meses van a poder continuar. En un artículo de hace unos números, José Pérez de Lama escribía sobre las políticas de la tristeza. Pueden ser, por ejemplo, tener que bajar a abrir la puerta a un grupo que necesita una sala un sábado por la mañana, hacer la contabilidad, pedir a la gente que se suscriba o regar las plantas. Pero, sobre todo, nos hacen sufrir aquellas que estamos obligadas a enfrentar, pero que nunca vamos a estar seguras de que se van a dar cuando el proyecto lo necesita: estar pendiente de una subvención, negociar con el ayuntamiento por el derecho a usar el espacio en que llevamos instalades un tiempo o mantener unas condiciones de trabajo dignas que nos permitan seguir con nuestros activismos. Tiene que ver con la amenaza de movernos a otro espacio porque las prioridades ahora son otras y perder de un golpe esas raíces que poco a poco habíamos conseguido que crecieran dentro del barrio.

Desde luego, como dice Pérez de Lama, esto no es exclusivo de proyectos sociales o activistas, sino que se extiende por toda la sociedad, pero nuestro nivel de exposición en iniciativas tan frágiles como El Topo es mayor. Con estas iniciativas que tratan de tensar los límites, o las iniciativas que no están alineadas con lo que el sistema espera, nos encontramos habitualmente que procedimientos, que sobre el papel debieran de ser sencillos, se vuelven mucho más intrincados. Nos acabamos conociendo al detalle sus límites y espacios borrosos. Preferimos entender esta agonía como parte de una operación sobre la presencia, «una reconquista del sí mismo como cuerpo en el espacio» diría Tiqqun, en lo que acontece en la ciudad. Aunque nuestros cuerpos estén cansados y nuestras mentes necesiten distancia en algunos momentos, queremos reivindicar que esta agonía implica unos cuerpos que están vivos. Este vivir agónico invoca unas pasiones, unas ganas de actuar, por la propia belleza que implica. Esa misma belleza de la que nos habla la filósofa Vinciane Despret que despliegan los pájaros en sus vuelos o en sus cantos, que va mucho más allá de sus funciones reproductivas o territoriales. Quizá en nuestro próximo aniversario sea el momento de volver a celebrar nuestra capacidad de convivir con esta agonía juntas.

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