Desmontando mitos

¿Viva el barrio o vive el barrio?

Nos hemos decidido a intentar analizar-desmontar-cuestionar la visión, a veces mitificada, a veces veladamente paternalista, una veces inocente y otras prepotente, que tenemos y observamos a nuestro alrededor sobre ese ente mitológico que englobamos como «los barrios y sus gentes». Que conste que las tres cabezas reunidas y colectivizadas en estas palabras fuimos niñas, hoy mujeres, de barrio. Sin embargo, nuestro transcurrir militante, profesional y ocioso se desarrolla principalmente en el centro de la ciudad, más concretamente en la zona norte del casco antiguo de la «Muy Noble, Muy Leal, Heroica, Invicta y Mariana Ciudad de Sevilla». Aun así, o quizás por eso, a las tres nos incomodan, nos inquietan y nos disparan las alertas, las continuas alusiones a la necesaria «diáspora barriera» (que puede que algo tenga de invasión) y que en tantas ocasiones se propone en los contextos políticos del centro gentrificado.

«Tenemos que salir a los barrios.» «Hay que abrir el centro social al barrio.» «Expandirnos a los barrios.» «Un ateneo en cada barrio.» «Recuperemos los barrios.» Frases que se repiten como mantras en numerosas asambleas y reuniones. El barrio como pirula-panacea que se reparte generosamente en la barra de los bares en los que se arregla el mundo. Parece que los barrios siempre son los de lxs otrxs y que vivimos inmersxs en un centro-centrismo que nos hace tener visiones paralelas y desplazadas del extrarradio. Como si miráramos los barrios desde una sala de cine con unas gafas 3D que filtra los colores que llegan a cada ojo, provocando que cada unx reciba y mire de manera distinta.

Por un lado, parece que hemos trastocado el mito del «buen salvaje» por el del «buen barriero» y nos invade una suerte de furor evangelizador que nos impele a correr a los barrios a ver si somos capaces de dar con el resorte que haga que ese sujeto revolucionario latente que habita allende el centro, despierte y tome conciencia y de paso las calles (y ya que nos ponemos, las armas). De pronto los dibujamos en nuestros cerebros como una masa de entes dormidos o en estado esporal, que despertarán alegres y revolucionariamente estimulados por nuestros discursos incendiarios y prácticas ¿emancipadoras?

Pero a la vez, esta visión supone tratar a esos sujetos, carne de barricada sin aún saberlo, con cierto paternalismo. Nos entran dudas, nos surgen preguntas: ¿será que no los consideramos «unx de lxs nuestrxs»? ¿Dudamos de su capacidad de autoorganización?, ¿desconfiamos de la madurez de sus prácticas?, ¿tememos su viraje a la ultraderecha si no llegamos nosotras antes? El turismo revolucionario también puede darse en el distrito de al lado: ¿estamos actuando sin paternalismo cuando hablamos de expandirnos a los barrios?

En ese anhelo de llegar a los barrios a veces aparecemos como paracaidistas que aterrizan, de repente y desorientados, en la plaza donde  lxs niñxs juegan y lxs mayores repasan el día, intentando montar una asamblea sobre el tema que consideramos prioritario en ese momento. ¿No estaremos promoviendo y/o deseando una suerte de intervencionismo revolucionario en lugar de la deseada autogestión? ¿Es posible impulsar procesos en zonas en las que no está imbricada nuestra vida cotidiana? Demonizamos el gueto porque concentramos allí todos nuestros espacios y actividades, pero, ¿no actuamos allí donde habitamos? ¿Cómo hacer para habitar otras zonas por las que transitamos?

Y transitamos con cierto temor porque parece que allá por donde pasamos, no vuelve a crecer el comercio tradicional. Somos el involuntario ariete de la gentrificación, a medida que nos desplazamos vamos expulsando a otrxs. No podemos dejar de ser conscientes de que nuestra llegada a la Alameda, después de una luna de miel de militancia y activismo, coincidió con la expulsión de lxs vecinxs de toda la vida y el advenimiento de los restaurantes de platos cuadrados, un barrio entregado. Hoy miramos recelosxs cada cambio, cada nuevo local, que se abre (abrimos) en la zona norte y nos flagelamos sabiendo que somos la primera fase del proceso que odiaremos después. ¿Existe un escape para dejar de ser piezas de la espiral gentrificadora?

Esta mirada estrábica sobre los barrios y sus habitantes nos plantea, como podemos ver, más preguntas que certezas y, desde luego, una necesidad de revisar nuestros mitos e imaginario colectivo militante.

De hecho, atendiendo a este imaginario, no todos los barrios nos llaman por igual. Porque a ver, seamos sincerxs, no nos pone igual montar una asamblea de vecinxs en, pongamos, San Jerónimo que una en Nervión. De hecho, nunca hemos oído a nadie proponer acciones en Sevilla Este. Cuando soñamos con el fin del capitalismo en esta nuestra ciudad, nunca imaginamos que se inicia con la rebelión de los Remedios. El canon de belleza militante con respecto a los barrios está bastante claro, cuando hablamos de mirar para fuera, queremos mirar a zonas que cuentan con una historia compartida, un camino andado común que los convierte en deseables para nuestras luchas. ¿Y qué pasa con el resto de la ciudad que carece de pedigrí combativo? ¿No es necesaria nuestra «presencia y trabajo» en esas zonas? O mejor dicho, ¿no hay historias de resistencia entre esos bloques?

La estrategia del capitalismo siempre pasa por desmontar lo común e individualizarnos. Así, la pobreza ha pasado de ser un problema estructural a un fracaso personal de cada individuo y ese discurso cala hondo en los barrios populares (aunque quién se atrevería a afirmar que en los barrios más «pijos» o «progres» esta individualización de la existencia no se ha dado igualmente). Por otro lado, muchos barrios se han convertido en bosques de bloques intercalados con no lugares, habitados por desplazados de otros barrios y una población que ya no puede permitirse más el centro ni un amplio radio a su alrededor. Pero quizás deberíamos ser optimistas, por muy hostil que sea el entorno, ¿no se encuentran siempre espacios para la socialización? Quizás no sean los espacios combativos que imaginamos pero al menos son reales y, desde luego, son grietas que pueden permitir un encuentro. No para que lleguemos a impulsar procesos de emancipación liderados por los militantes, sino para acercarnos a compartir recursos, saberes y, por supuesto, a aprender. Salú.

 

Maka, Ana y Mar, Consejo de Redacción de El Topo

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