nº9 | editorial

¿TÚ QUE PREFIERES: LA ENVOLVENTE WILSON O LA TÉCNICA DE LA CUCAMONA?

De deberes y elegires entre Guatemala y Guatepeor.

¿Y tú de quién eres? (Los Chanclas)

En los años de mi primera juventud pasaba muchas tardes jugando con algunos amigos al Risk (un juego fundamentalmente de varón). Recuerdo el malestar que me generaba tener que fastidiar a los contrarios. Normalmente no oponía ninguna resistencia, no desarrollaba ninguna estrategia. Mis amigos, desplegando sus ejércitos por los países limítrofes (envolvente Wilson) o así por lo bajini (también conocida como técnica de la Cucamona), causaban auténticas escabechinas entre los ejércitos «enemigos» de colorinchis. También recuerdo la ofuscación extrema de alguno de ellos que me arengaba a que usara alguna de las estrategias; que qué era eso de dejarse ganar. La verdad es que me resbalaba bastante, pero reconozco cierta incomodidad al recordar cómo:

  1. Me obligaban a jugar (porque a ellos les convenía, si no, no eran suficientes).
  2. Pretendían imponerme las reglas que ellos consideraban irrefutables y que, además, no estaban ni consensuadas ni escritas en ningún lado (ni siquiera en las instrucciones del propio juego). Últimamente recuerdo con frecuencia aquellas tardes. Y es que… ¿Qué pasa con las opciones que no se encuadran en lo «oficialmente» establecido? ¿Quién ha definido esas opciones? A mí no me han preguntado mi opinión, lo puedo asegurar.

Se ha ido componiendo e imponiendo una manera dicotómica y maniquea de comprender y categorizar el mundo: blanco-negro, bueno-malo, hombre-mujer, legal-ilegal, o conmigo o contra mí, normal o…

Lo sorprendente es que esta suerte de daltonismo social, que no reconoce la escala de grises existente entre el blanco y el negro —de otros colores, ni hablamos—, está perfectamente incorporada en nuestras estrategias mentales para clasificar e interpretar el mundo… y así nos va. Además, te obliga a elegir en qué etiqueta situarte o, peor incluso, a asumir las etiquetas que te colocan otros.

Y es que pareciera que se elaboran moldes con unas formas preestablecidas en los que aparentemente tenemos que encajar todas. Y si salimos «defectuosas» lo mejor es «amputar» hasta que encajes, como se amputaban los pies las hermanastras de cenicienta para caber en el moldecito que les otorgaría el dudoso honor de ser la elegida para compartir vida con el hijo de un monarca que solo se dedicaba a organizar fiestecikas a fin de encontrar «parienta», que se ve que el hombre andaba faltusco de habilidades sociales.

El problema es que estos moldes se construyen de manera artificial y son definidos (entre otros) por personas —o más bien personos— que dictan leyes, órdenes y reglamentos, que pretenden categorizar un mundo al que observan desde la mesa de un despacho, en el mejor de los casos, obviando la diversidad y los matices que la realidad presenta.

Si no, cómo se explica que en la Ordenanza Municipal de una ciudad como Sevilla se encuadre a las peñas flamencas dentro del epígrafe de bares con música y karaoke. Hombres, por Dios Bendito, que esto pase en Helsinki…

Y así vamos, meneándonos como podemos en un puzzle en el que una importante fracción de la población (me atrevería a decir que la mayoría, por unas razones o por otras) no encontramos el hueco en el que encajar, y encima por eso te conviertes en maldita, en cuestionada, en censurada, en a-normal.

No me cabe la menor duda de que hay más opciones que las convencionales y las establecidas. En todo: en la manera de pensar e imaginar el mundo, en la manera de mostrar tu identidad sexual o de género, en la manera de producir o re-producir la vida, en la manera de participar activamente en la política en su sentido más amplio…

Y todo esto asumiendo que «la cosa» es muy compleja, que dentro de los moldes establecidos hay muchas personas convencidas de que se deben conseguir «males menores». Y yo me alegro, de verdad de la buena. Pero creo que también —y quiero hacer hincapié en la palabra «TAMBIÉN»— tiene que haber quien se revele a esto, quien no se conforme con el mal menor, sino que siga buscando un ¿bien mayor?

Así que vayamos rompiendo moldes, incorporando matices y colores, asumiendo que cada una es de su mare y/o de su pare, o de sus mares, o de sus pares…

Y sobre todo abriendo opciones, flexibilizando límites (¡pero no en los despidos!) y buscando que se nos reconozca a todas como posibilidades reales dentro del mundo. Porque como decía mi abuela, que de estas cosas sabía mucho, ¡hay gente pa to!

¡Salud y feliz primavera!

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