gopegui

“Toda forma de resistencia por pequeña que sea tiene sus efectos”

El pasado mes de octubre vino Belén Gopegui a presentar su última novela Quédate este día y esta noche conmigo (Pinguin Random House, 2017). Tenemos la inmensa suerte de tener a esta defensora de lo buenito entre nuestras suscriptoras y personas cercanas. La editorial nos invitó a la convocatoria oficial a un hotel para que charláramos, y así lo hicimos. La situación era rara, no lo vamos a negar, aunque rápidamente nos centramos en su libro: una novela intergeneracional que, entre otras cosas, critica la deshumanización tecnológica, centrándose en el omnipresente y omnipotente Google. Afortunadamente, después tuvimos la suerte de poder conversar y almorzar en un ambiente mucho más distendido, compartiendo sabores, olores y charlas sobre temas cotidianos.

¿Cómo surge la idea de esta novela?

En realidad, empecé a escribir otra novela, pero mi experiencia es que cuando no dejas pasar suficiente tiempo entre una novela y otra a veces terminas escribiendo la misma; entonces la abandoné… Pero había un personaje que me interesaba, que es Olga, y decidí empezar a escribir la novela de Mateo con Olga. Y vi que ahí me encontraba cómoda, porque no me lo planteé como una novela, sino como una forma de hablar de algo que me preocupa.

La novela plantea una reflexión sobre el papel de Google en nuestra sociedad. ¿Cómo podemos enfrentarnos al poder que tiene?

El primer problema de Google es que es una empresa, igual que Facebook. Las redes sociales son empresas que comercializan una necesidad que es muy real: la de comunicarnos y tejer redes —no puede haber nada más bonito—. Pero cuando eso se utiliza para obtener beneficios, todo se trastoca. Y el segundo problema es que son monopolios, no hay cuatro Googles, no hay cinco Facebooks. No podemos elegir, y eso hace que ellos pongan las reglas y creen la necesidad al mismo tiempo. Creo que hay salida en pequeños proyectos, igual que pasa en los medios de comunicación: servidores de correos que hay que apoyar. Pero es todavía más difícil que con los medios de comunicación porque la estructura que se necesita es mayor y no se puede competir. Creo que en este momento esto debería formar parte del proyecto político que tengamos: deberían ser servicios públicos porque están trabajando con algo que es común; con nuestros datos, con nuestra vida y, por lo tanto, no deberían poder lucrarse con ello.

¿Pensaste en algún momento cambiar el nombre de Google en la novela por miedo a alguna represalia legal por su parte?

No, nunca pensé ponerle otro nombre porque tampoco digo nada que sea mentira; no creo que Google pudiera hacerme nada. Pero no se me hubiera pasado por la cabeza cambiar el nombre. No es como cuando escribí Acceso no autorizado, que es una novela en la que aparece una vicepresidenta que se parece a Mª Teresa Fernández de la Vega. Ahí yo sí atribuía a ese personaje cosas que esa vicepresidenta no había hecho, por tanto creé un personaje de ficción. Pero aquí, todo lo que digo de Google es cierto. Google se ha convertido en parte de la realidad, como si hablas de una carretera concreta o un bosque, no hay que cambiar el nombre.

Los personajes de la novela, Mateo y Olga, ¿pueden considerarse una resistencia contra lo que representa la multinacional?

Sí, los personajes quieren subvertir, por así decirlo, las reglas de Google. La forma que ellos tienen de enfrentarse es pequeña pero las acciones pequeñas pueden tener sus efectos. En Google, si quieres solicitar un trabajo tienes que adaptarte a un formulario, y Mateo y Olga rompen su formulario con la voluntad de desconcertar, no solo a la empresa, sino a las personas que trabajan en la empresa —esto es algo que a veces se nos olvida—. Es curioso que cuando se habla de colectivos se suelen escuchar quejas como  «¿y que son los colectivos?» En realidad no es nada, no existen. Sin embargo, cuando se trata de empresas que también son colectivos, a nadie le importa; todo el mundo acepta que el Real Madrid existe o que existe Bankia o que existe Google.

Bueno, pues Google, exactamente igual que un colectivo autogestionado que okupa un centro, está formado por personas. Mateo y Olga lo que hacen es ver qué pasa si rompen el código. Y en lugar de dirigirse solo a la empresa (la persona jurídica) se dirigen a las personas con cuerpo que hay detrás. Y parece que la subversión funciona de alguna manera porque la persona que recibe esa solicitud, el becario, manifiesta su sorpresa y su interés por ellos.

¿Está esa persona en el papel en el que quieres colocar a la lectora o lector?

Antes que nada, conscientemente he querido que no se sepa si esa persona es becaria o becario o una máquina. Yo creo que la persona que lee está siempre un paso detrás, nunca es solo el personaje. Incluso en las novelas escritas en segunda persona, quien lee sabe que está viendo algo que está pasando ahí, es decir, no es que quiera que la lectora se identifique con lo que ocurre, sino que se relacione, que contemple lo que le ocurre a un becario o becaria muy especial cuando recibe una solicitud diferente. Escrita además a cuatro manos, por dos personas en principio muy diferentes: una persona bastante mayor que es una mujer matemática, y por un chaval joven. Vemos qué tipo de reacción experimenta, y busco que la lectora se plantee qué reacción experimentaría ella, pero como una cosa más, no ocupando un lugar automático.

Respecto al interés que planteas por la inclusión y el respeto a la diversidad, no puedo dejar de destacar el personaje de Olga, y esa relación imposible de etiquetar que se crea entre ambos personajes

Esto me hace especial ilusión que me lo digas, porque cuando escribes hay algo que pasa del libro a quien lee —que a veces no sabes lo que es— pero también es verdad que hay objetivos que te propones, y estos eran dos de ellos. Uno era que la relación no pudiera etiquetarse, y otro era incorporar al censo de los personajes femeninos otro tipo de mujeres porque está muy limitado. Si viniera alguien de fuera, a partir de la literatura pensaría que las mujeres solo se dedican a enamorarse y a sufrir.

De hecho, que incluso en contextos como el nuestro sorprenda el protagonismo de una mujer de 60 años matemática jubilada es bastante ilustrativo. Y manteniendo una amistad con un chico 40 años más joven, con el que surge un debate permanente y estimulante. Pero volviendo a la historia y a ese proceso de selección en el que se habla incluso de no premiar a quien lo hace mejor, sino de provocar que alguien lo haga: pero, ¿es necesario que la literatura nos ayude a ver este tipo de cosas que en el día a día no vemos?

Yo creo que los departamentos de recursos humanos solo con ese nombre están muy despistados, están generando todo el tiempo literatura sobre lo que quieren o sobre lo que no quieren y, la verdad, es que no saben lo que quieren. Para la novela, por una parte indagué sobre cómo Google selecciona a su personal, y por otra parte, hablé con varias empresas que hacen cosas parecidas a las que hace Google, para ver cómo elegían, y te das cuenta de que el problema es que eliges en función de para qué quieres y como eso no se puede decir explícitamente, «¿Para qué te quiero? Para explotarte» Si quieres a alguien para explotarlo pues ya la propia forma de elegir es insuficiente, y si además no puedes decirlo, sino que tienes que venderlo diciendo «te quiero para que participes en un proyecto que mejore el mundo», pues todo se complica. Además, se producen muchas dificultades. El otro día me contaban que si trabajas en Facebook tienes derecho a una amplia gama de servicios como peluquería gratis, guardería, etc. Todos esos servicios forman parte de tu salario social, por así decirlo, sin embargo, esas peluqueras o responsables de guardería no tienen a su vez peluquería gratis, por ejemplo. Es un mundo tan ficticio y tan interesado que es difícil que el proceso de selección pueda aportar algo.

Esa ficción que en realidad son esas redes sociales como Facebook, no presenta una especie de espejo deformado o roto de nosotras mismas, en el sentido de que condiciona lo que ofrece a raíz de la propia información que tú le das. Es decir, tú le das información y a la vez te estás configurando a ti como persona

A mí me parece que lo terrible de todo esto que es que no podamos intervenir. Esos algoritmos están creados por alguien con determinados objetivos. Podría ser el objetivo contrario, podrían pensar «vamos a generar algoritmos que permitan que todo el mundo desarrolle su capacidad de ponerse en el lugar de los demás» y, por lo tanto, podría ser todo al revés. Por ejemplo, si tú buscas información sobre alpinismo, pues te vamos a ofrecer información sobre mar, y a lo mejor es un criterio útil o no, pero es un criterio tan válido como el contrario, solo que el contrario no es que tú sepas más de alpinismo, sino que compres más. Es decir, es un criterio que no contribuye a desarrollar las facultades humanas, que al final es de lo que se trataría. A mí me parece horriblemente mal por eso mismo, porque hasta ahora éramos conscientes de lo que no se podía discutir. Cuando alguien decía por ejemplo «me parece muy mal el sistema educativo porque se llevan todo el día diciéndole a los niños que no fumen, pero nunca les dicen, yo que sé, cómo dar un masaje cardíaco». Bueno pues esto se puede discutir, y habrá personas que defiendan una opción y otras que defiendan la otra, pero sabes de qué estás hablando; mientras que con un algoritmo no lo sabes y esto es lo que me parece muy mal.

Y en tu caso, ¿cómo te llevas con las redes sociales? ¿Tienes perfiles?

Tengo observatorios. Procuro en la medida de lo posible fastidiar al algoritmo, y tengo una cuenta falsa en Facebook donde, de vez en cuando, abro cosas que no me interesan nada, para despistar e intentar que no averigüen que la cuenta es mía. Aunque supongo que lo podrían hacer. Pero por lo menos me divierto y me permite ver lo que pasa. Hay unos amigos que me han hecho un perfil de Twitter, que a veces está bien porque puede haber gente que me quiera localizar y puede hacerlo por ahí. A veces les riño porque a mí me cuesta todavía mucho lo de la auto publicidad y creo que es una cosa generacional; y no sé si habría que hacerla o no, pero bueno, yo no participo activamente.

Antes de venir hemos hecho una búsqueda en Google con tu nombre, y sus tres primeras propuestas al poner Belén Gopegui eran: Belén Gopegui pareja, Belén Gopegui hijos y Belén Gopegui marido y el cuarto el último libro

¿En serio?, ¡qué horror! (lo comprueba en su propio móvil y se queda sorprendida) ¡Además marido! ¿Y si fuera marida qué?

La novela está asociada a un momento tecnológico muy concreto, es posible que dentro de 40 años Google ya no tenga nada que ver con esto. ¿Eso es algo que te importa?

Yo escribo también libros de los que podríamos definir como que también pueden leer las niñas y los niños, porque yo creo que cuando se escribe literatura para gente que no está formada tienes que escribir de forma diferente, pero no de tal manera que no pueda leer el libro un adulto. Ahí sí que es verdad que todo envejece antes porque, por un lado, es necesario que hables de lo que están haciendo los niños y las niñas en ese momento; pero por otro lado, me he dado cuenta de que si empiezo la historia con una niña jugando a la Wii y ocho años después no saben lo que es la Wii… En el caso de adultos me importa menos porque si yo leo una novela de Tosltoi describiendo un viaje en tren a 20 kilómetros por hora, tengo la capacidad de pensar y saber que los trenes de entonces eran más lentos que los de ahora.

Además no parece que el mensaje de fondo del libro caduque tan pronto

Yo creo que ya nadie piensa en la posteridad: antes sí, pero ahora que ni siquiera sabes si el planeta va a durar. Escribir implica la construcción de un relato de manera que se pueda entender, si no, es que está mal. Si para entender qué significa Google no basta con leer el libro, sino que necesitas tener información de fuera, yo creo que el libro no estaría bien del todo.

Para terminar ¿unas palabras para las lectoras de El Topo?

¡Que gracias por existir! Me gusta mucho que exista y que sigáis cavando galerías para que lleguemos a algún lugar mejor.

Ana Jiménez y Mar Pino, equipo de El Topo 

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