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¿Tienen los conocimientos africanos alguna cabida en las universidades andaluzas?

¿Por qué un artículo sobre la Universidad en un periódico como El Topo, publicación referente de los movimientos sociales de Sevilla? Y, ¿por qué en un número dedicado a África?

 

Universidad y movimientos sociales

La relación entre la Universidad y los movimientos sociales no siempre es una relación fácil, los casos de colaboración son muy puntuales y se llevan a cabo a iniciativa de personas concretas, la mayoría de las veces vinculadas de alguna manera con ambos espacios[1]. Sin embargo, la relación debiera ser mucho más estrecha, propiciando desde la universidad investigaciones que sean herramientas útiles a los movimientos sociales para la generación de cambios que dignifiquen la vida, tanto individual como colectiva, del pueblo andaluz —y no solo— en toda su diversidad. Ocurre que, en no pocas ocasiones, las dinámicas autocontemplativas en ambos espacios dificultan esta colaboración tan necesaria, permitiendo que espacios enormemente mercantilizados como el Consejo Social de la Universidad de Sevilla[2] se autoproclame espacio de confluencia entre universidad y sociedad, convirtiendo, como por arte de magia, a empresas multinacionales y a burocracias sindicales en representantes de la sociedad. Se hace necesario, por tanto, construir espacios de colaboración real con la parte de la sociedad civil organizada, porque la Universidad es parte de la sociedad y debe estar a su servicio.

No deja de ser una realidad constatable que, en la mayor parte de los casos, quienes trabajamos en la universidad vivimos en una burbuja en la que la investigación deja de estar al servicio del bienestar social para convertirse, exclusivamente, en un asunto de méritos con los que promocionar en una carrera cada vez con más obstáculos. La vocación de servicio público de la Universidad se pierde en un camino cuya meta es su privatización, una privatización que, como sabemos, no significa aumentar el patrimonio de Amancio Ortega mediante la compra del edificio de la Fábrica de Tabacos (que todo se andará…) sino poner nuestra docencia y nuestra investigación al servicio de intereses privados.

Universidad y África

Esto nos lleva directamente a la otra parte de la cuestión inicial, ¿por qué este artículo en un número sobre África? Porque tal privatización, apuntalada con el proceso de Bolonia, responde a una única lógica cultural, la lógica capitalista; y en esta lógica, la cuestión de la diversidad cultural queda reducida a cero. En las universidades andaluzas, en sintonía con las del resto de Europa, existe una sola producción de conocimiento que, o bien oculta realidades sociales y culturales que se salen del modelo hegemónico (capitalista), o bien las interpreta desde categorías occidentales, desvirtuándolas y construyéndolas como elementos y contextos a superar. Como podréis imaginar, interpretaciones no economicistas de las realidades sociales africanas no tienen cabida en nuestras universidades más allá de asignaturas específicas o programas concretos.  Bolonia impone unos valores culturales específicos —productividad, competitividad e individualismo—, por eso, cuando se habla de sociedades que no se rigen por estos valores se las define de manera etnocéntrica como subdesarrolladas y, claro, «¡qué se puede aprender de estos pueblos!» Se excluyen así, todos los conocimientos generados por sociedades definidas desde Occidente como inferiores, bárbaras y atrasadas. En este sentido, podemos afirmar que el pensamiento moderno occidental ha establecido una «línea abismal», empleando el concepto de Boaventura de Sousa Santos, de manera que son válidos únicamente los producidos solo a un lado de la línea, el resto de conocimientos quedan excluidos. Es decir, las tres cuartas partes del mundo quedan fuera de los ámbitos de producción del saber porque lo que no es escrito desde el centro del conocimiento occidental se entiende que no existe. Estamos ante un proceso evidente de epistemicidio.

Es así como se destruye la pluralidad de las ciencias. Es así como, quienes trabajamos en la universidad, nos situamos al lado de la línea de los conocimientos válidos, autocensurándonos y limitando nuestros horizontes de investigación cada vez más, investigando en muchos casos cuestiones que nada tienen que ver con la búsqueda de alternativas para territorios y pueblos que sufren la globalización capitalista, sea el pueblo andaluz o cualquier pueblo del continente africano; al contrario, dedicamos nuestras investigaciones a intereses que no solo ignoran los problemas de desigualdad e injusticia social a todos los niveles, sino que, justamente, ahondan en ellos (caso de las investigaciones al servicio de la industria armamentística, por poner solo el ejemplo más evidente). Convertidas ya en mentes colonizadas con la productividad, competitividad e individualismo en nuestro ADN, dedicamos nuestras investigaciones a «cosas que verdaderamente valgan», a nuestros currículum, claro, independientemente de su interés para la mejora de la sociedad a la que nos debemos.

La ciencia, sin embargo, debiera tener un resultado político de transformación y hoy es evidente que en Andalucía no lo tiene (hablando siempre en términos generales, en términos de lógica dominante; por supuesto que hay muy valiosas excepciones); de ahí la urgencia de incluir otras epistemologías que no tengan a la competitividad, la productividad y el individualismo como sacramentos sociales, otras epistemologías que aporten a la «ecología de saberes». Entre ellas, claro está, las epistemologías africanas.

Para que las cosas sean otras, debemos mirar de manera distinta

Decía un aldeano mozambiqueño: «Un mono estaba asomado a un río y vio un pez dentro del agua. Y se dijo: “este animal está ahogándose”. El mono metió la mano en el agua, cogió al pez y lo sacó. Y el pez empezó a agitarse. El mono se dijo: “qué contento está el pez”. Y cuando el pez murió, el mono se dijo: “lástima, si hubiera llegado antes…”». Muchas veces las interpretaciones académicas son como las del mono. Interpretamos todas las realidades según nuestros propios códigos culturales, deformando todo aquello que observamos y, lo que es peor, generando teoría a partir de la deformación. Así, a las mujeres africanas las definimos como homogéneas, sin habilidades ni poder, oprimidas por su familia, su religión y su cultura, basándonos en dicotomías occidentales muy utilizadas en las ciencias sociales occidentales que poco tienen que ver con la realidad del continente africano (público/privado; urbano/rural; moderno/tradicional; nuevo/viejo; formal/informal; oficial/no oficial; ciencia/otros saberes; racionalidad/magia; desarrollo/subdesarrollo). Por suerte, no hay teoría general que englobe toda la diversidad del mundo. La vida está siempre abierta a la sorpresa.

En esto hay una cuestión fundamental, y es la de «quiénes tienen el poder de definir al otro» (grupo). Se trata, a mi entender, de la cuestión principal, porque quienes tienen el poder de definir al otro, tienen en sus manos su destino. Hoy, tales definiciones se generan mayoritariamente en lo que se ha venido denominando «la academia» (universidades, centros de investigación) que, no olvidemos, se pone al servicio de distintos intereses según el periodo histórico del que hablemos: de instituciones religiosas con pretensión globalizadora, de Estados colonizadores, de empresas multinacionales. Los saberes generados en los márgenes del sistema se excluyen intencionadamente de estos centros de poder, bien sea ignorándolos (si miramos qué territorios y grupos sociales aparecen en los libros de Historia Universal o Historia del Arte apreciaremos cómo hay pueblos y grupos inexistentes) o bien sea tergiversándolos desde enfoques eurocéntricos, como ya hemos señalado anteriormente a la hora de definir a las mujeres africanas.

Tal y como afirma Samir Amin, es necesario acabar con el monopolio occidental de fijar los criterios con los que interpretar el mundo, porque diferentes comunidades producen diferentes visiones del mundo que no tienen por qué coincidir con la ciencia moderna occidental.

La construcción de narrativas

Qué duda cabe que la percepción del presente y del pasado condiciona la imaginación del futuro y las posibilidades de cambio, por ello se hace necesario revisar la construcción de narrativas que se imparte en las universidades (y en otros niveles educativos) acerca de los pueblos africanos y sus contribuciones a la historia y al presente de la humanidad.

Es bochornoso que no se lea historia africana porque se presuponga que no hay historia antes de la ocupación colonial, ¿o alguien ha estudiado la historia de los reinos africanos? Incluso se ocultan las obras que hablan de un Egipto Negro porque entonces se tendría que pensar que no eran civilizados. Inútil que antropólogos ingleses, egiptólogos africanos e historiadores norteamericanos hayan evidenciado la africanidad de Kémit, el antiguo Egipto, porque, tal y como señala Ferrán Iniesta, nadie abandonará sus instalados prejuicios sobre las incapacidades congénitas de la gente negra.

Es vergonzoso, también, que se continúe manteniendo la división lingüística del continente a partir del reparto colonial de África: África francesa, inglesa, portuguesa, alemana, belga, italiana y española. Es una clasificación por lenguas que refleja, como afirma Justo Bolekia Boleká, una identidad impuesta. Sin embargo, seguimos reproduciendo esta clasificación, a pesar de las cientos de lenguas presentes en el continente que reflejan la diversidad de identidades y de maneras de interpretar y vivir la vida. Por ilustrar esta cuestión, solo señalar cómo en las principales lenguas africanas, las referencias a la miseria no aluden directamente a la falta de dinero, sino a la ausencia de apoyo social. Comentaba en una entrevista Aminata Traoré, ex ministra de cultura de Malí y referente del movimiento antiglobalización, cómo «Occidente mira al resto del mundo en términos de tener o no tener. Lo peor que le puede ocurrir a alguien es carecer de cosas materiales: ¡Oh! ¿cómo alguien puede ser tan pobre? En lenguas bantúes, tener se dice con la expresión “estar con”». Es decir, en cada cultura, cada extremo, riqueza y pobreza, se define en relación al otro, y en relación al objeto, ya sea poder, relaciones, bienes ceremoniales…

Y un asunto más en esta cuestión de la construcción de narrativas. Los andaluces y las andaluzas debemos activar nuestra memoria negra, una memoria que continúa oculta mediante la invisibilización de una parte fundamental de nuestra historia. Sin embargo, este pasado se hace presente a través de nuestros elementos culturales. La memoria negra se activa cada Semana Santa con la hermandad de los negros de Sevilla o con el flamenco, uno de los principales marcadores identitarios del pueblo andaluz, por señalar solamente dos cuestiones.

Y ahora, ¿qué?

Se hace necesario, por tanto, renegociar el pasado para construir otro presente en el que ninguna cultura tenga el monopolio de fijar los criterios con los que interpretar el mundo. ¿Es posible tal revisión en las enseñanzas universitarias en el actual contexto de Bolonia? A mi parecer, no, por eso son necesarios espacios alternativos fuera de los ámbitos de poder.

Debemos crear entre todas dinámicas de vida donde la educación no sea diplomas, sino aprendizaje incrustado en la cultura (a través de grupos de amigos, familia, vecinos, etc.); dinámicas donde la salud tampoco sea solo medicamentos y hospitales, sino el ejercicio de la capacidad cuidadora y curadora de la sabiduría tradicional y del entorno, al modo de la Iniciativa de Bamako, que aboga por una cultura de la salud donde se pase del hospital centrado en las personas a la gente centrada en el cuidado de la salud. Es necesario, en definitiva, buscar espacios alternativos en los márgenes del sistema, crear entre todas estrategias contra lógicas culturales obsesionadas con una vida marcada por el consumo, la productividad y la competitividad y construir y poner en valor otras lógicas culturales con clara y alegre reivindicación de la vida.

Sin duda, es el momento de los márgenes.

Susana Moreno Maestro es profesora de la Universidad de Sevilla

 


[1]  Organización de jornadas o seminarios e invitación de activistas sociales a alguna clase de grado o máster en la universidad o invitación de algún profesor o profesora a actividades organizadas por alguna asociación o plataforma.

[2]  En su página (http://institucional.us.es/consejosocial/) podemos leer que «El Consejo Social es el órgano de participación de la sociedad en la Universidad de Sevilla». Actualmente, el Consejo está presidido por Concha Yoldi García, presidenta de la Fundación Persán y miembro del Consejo Social de Telefónica en Andalucía.

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