Silencio cómplice

Desde que tengo uso de razón me gusta pensar en las cosas a través de números, mi afición por las relaciones entre cantidades me llevó a formarme como físico, y dentro de sus especialidades, elegí la Meteorología y Climatología, campos en los que doy clase a futuros graduados en Ciencias Ambientales. Mi especialidad es bonita, pero ocasionalmente es difícil de llevar. Todo el mundo habla del tiempo y lo que para el resto es una anodina conversación, para mí se convierte en un examen. Puede imaginarse el lector que, tras el procedimiento estándar para interrumpir un silencio tenso en el ascensor un día que amanece nublado: “pues parece que va a llover ¿no?” si yo respondo con el consabido “pues sí, pues sí”, y luego es que no, el cachondeo del personal puede durar días. Particularmente perturbadora resulta esa apostilla tan nuestra: “si es que el que vale vale, y el que no, da clases…”. Es lo que hay.

Fuera de bromas, lo cierto es que predecir eventos meteorológicos es complicado. Nótese que digo “meteorológicos” y no “climatológicos” ya que son conceptos distintos (por mucho que se empeñen los locutores deportivos en confundirlos). La predicción del tiempo concierne a la meteorología y se refiere al estado a corto plazo de la atmósfera. El pronóstico meteorológico requiere describir el estado de la atmósfera en escalas de horas y kilómetros. A estas escalas, la atmósfera se comporta como un fluido turbulento, y eso complica extraordinariamente las soluciones de las ecuaciones que la gobiernan y, por lo tanto, dificulta hacer un pronóstico. Supongo que no es casualidad que fuera un meteorólogo (Edward Lorenz, del MIT) el que nombró a este efecto “Teoría del Caos” desesperado con estas movidas matemáticas.

Ilustra Antonio Copete

La climatología es otra historia. En esencia la climatología estudia el estado promedio de la atmósfera a largo plazo. Aunque parezca increíble, hacer predicciones sobre el estado de la atmósfera a esta escala es relativamente sencillo. Cuando las propiedades de los fluidos se promedian para grandes escalas, los términos turbulentos tienden a anularse y los problemas matemáticos se difuminan. Paradójicamente, resulta más fiable predecir el estado promedio de la atmósfera al final del siglo XXI que decir si va a llover en Meadero de la Reina (provincia de Cádiz) dentro de dos semanas.

Dentro de la climatología, el estudio del cambio climático debido a la emisión de gases de efecto invernadero es merecidamente la rama más conocida y, en consecuencia, es un tema de conversación habitual. De hecho, el tema es tan popular que es relativamente frecuente acabar hablando de él. Escribo estas líneas durante los últimos días de mis vacaciones de verano. Un periodo en el que las largas sobremesas tras una comida entre amigos y/o familiares a veces se complican, cuando tras dos o tres cervezas y la desinhibición consiguiente comienza el “momento cuñao” y todos empezamos a solucionar los problemas del mundo. Lo mejor que me puede pasar es que el tema derive hacia existencia/no existencia de funcionarios o independencia/no independencia de Cataluña, las broncas son siempre contenidas. Pero si tengo la mala suerte de que la conversación acabe tratando sobre el cambio climático, para mí se acabó el tema. Ni con esas tres cervezas consigo animarme a contribuir constructivamente a la discusión.

La razón principal de mi silencio es que me siguen gustando los números y los he aplicado a mi estilo de vida y a su relación con el clima. Y no me siento muy a gusto con los resultados. Hasta el año 2015, no tenía mucho problema. En el famoso protocolo de Kioto de 1997 se estableció como objetivo reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Un 8% en el caso de Europa. Es hecho destacable que en Andalucía se nos consideraba “deprimidos” y se nos dejaba emitir ¡un 15% más! para que nos desarrolláramos (ya compensarían los países más ricos del norte nuestro incremento). Así yo, como residente en Andalucía, con no aumentar mi consumo energético, estaba cumpliendo sobradamente con Kioto. Era feliz montado en mi bici sintiéndome adalid de la revolución sostenible. Procuraba no pensar mucho en que mi intuición como climatólogo me decía que tratar de frenar el cambio climático reduciendo un 8% las emisiones de gases de efecto invernadero es como tratar de adelgazar 30 kg quitándote la manzana de media mañana de tu grasienta dieta habitual.

Pero en 2015 se aprobó el “Acuerdo de París”. Por primera vez se puso en negro sobre blanco un número con significado climático. La versión española del Acuerdo ocupa 29 densas páginas (del estilo de “…la parte contratante de la primera parte se considerará la parte contratante de la primera parte…”) pero en mi opinión, la esencia del documento se resume en el apartado 2 que reza: “El presente Acuerdo […] tiene por objeto reforzar la respuesta mundial a la amenaza del cambio climático […] y para ello: Mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 °C con respecto a los niveles preindustriales, y proseguir los esfuerzos para limitar ese aumento de la temperatura a 1,5 °C con respecto a los niveles preindustriales, reconociendo que ello reduciría considerablemente los riesgos y los efectos del cambio climático”.

Es difícil exagerar la relevancia de ese 1,5. Significa que los que hemos ratificado el protocolo, como todos y todas las andaluzas, nos comprometemos a hacer lo que haya que hacer para que el clima no se caliente más de 1,5ºC con relación a la era preindustrial. Es decir, para “reducir considerablemente los efectos del cambio climático” debemos conseguir que la temperatura media mundial no aumente más de 1,5ºC con relación a la era preindustrial para el año 2100. Y no queda tanto tiempo. Muchas de las personas que vivirán durante ese año ya están entre nosotros.

Llegados a este punto podemos plantearnos qué debemos hacer para cumplir el Acuerdo de París. ¿Bastará con reducir un 8% las emisiones de gases de efecto invernadero como se nos decía en Kioto? (o algo parecido). Si fuera así, no parece muy difícil. En Andalucía, con un ligero aumento de la eficiencia energética y poner algunos parques eólicos más en el Estrecho para quitar alguna central térmica, podríamos mantener nuestro acomodado estilo de vida. Siempre, claro está, que los millones de personas que viven actualmente en el límite de la subsistencia unos pocos kilómetros más al sur, sin apenas consumir energía y pasando frio y hambre, sigan conformándose con seguir así. Este último es un tema derivado tan serio que ni siquiera me siento legitimado para discutirlo en este breve ensayo, por lo que en lo que sigue me concentraré en lo que, olvidándonos del carácter global del problema climático, deberíamos hacer como andaluces para cumplir con nuestro compromiso.

Desde finales del siglo XIX, se sabe que el dióxido de carbono (CO2) absorbe radiación infrarroja, genera efecto invernadero y determina la temperatura del Planeta. Como quien lee estas líneas sabe sobradamente, un incremento de la concentración de CO2 en la atmósfera implica aumentar la temperatura del planeta. Este efecto se conoce desde finales del siglo XIX y por mucho que se empeñen algunos personajes en decir que es algo “opinable”, es científicamente tan opinable como la existencia de la fuerza de la gravedad. La única diferencia es que para aplicarlo con precisión a un sistema tan grande como el climático, hemos tenido que esperar hasta finales del siglo XX. De hecho, actualmente es posible hacer cálculos sobre el estado global del clima de aquí al año 2100 utilizando un ordenador portátil. Sólo necesitamos decirle al ordenador cuantas emisiones de gases de efecto invernadero creemos que vamos a verter a la atmósfera de aquí al año 2100 y el ordenador calcula la temperatura media resultante.

Como dije al principio, me gustan los números, y las relaciones entre ellos. Y me gusta inculcar a mis estudiantes mi aburrida afición. El curso pasado, mis compañeros y yo propusimos a un grupo de estudiantes de Ciencias Ambientales que realizaran su Trabajo de Fin de Grado utilizando un modelo del clima para determinar cuáles deberían ser las emisiones de gases de efecto invernadero a nivel global para que cumplamos el acuerdo de París. Un par asumieron el reto y llegaron a la conclusión de que para que no superemos ese incremento de 1,5ºC en 2100, debemos comenzar ya mismo a reducir las emisiones de manera que para el año 2050, sean CERO. Y de hecho, entre el 2050 y el 2100, deberíamos conseguir ¡emisiones negativas! (es decir, retirar CO2 de la atmósfera). Sí. Lo que oyen. Así de fuerte. Emitir cero equivale a no quemar nada (o al menos a absorber el mismo CO2 que generamos, una “sociedad neutra en carbono”). Y lo de emisiones negativas, implica que no sólo tendremos que dejar de emitir, sino que habrá que inventar algo para absorber parte de lo que ya hayamos acumulado (en realidad ya tenemos un invento para eso, se llama “reforestación”).

Debo decir que no sólo nuestros estudiantes han llegado a esa conclusión. Estos resultados ya se conocen desde hace algún tiempo. Sin embargo, no dejan de ser sorprendentes. ¿Emisiones cero y luego negativas? Me permito ponerlo en perspectiva. De aquí a 30 años ¡no deberíamos estar quemando nada! Pero ni yo, ni todos los andaluces, ni todos los españoles, ni todos los estadounidenses, ni todos los chinos ni todos los rusos, ya ven cómo va… ¿Cómo vamos a hacerlo? 30 años están a la vuelta de la esquina. Es poco más del tiempo que ha pasado desde la Expo de Sevilla hasta que yo estoy escribiendo esto.

Resulta que hay más relaciones entre números interesantes–espero no aburrir mucho a la paciente lectora-, pero ya estoy terminando. Uno de mis menos favoritos es la relación entre la cantidad de gasoil/gasolina quemadas y la cantidad de CO2 que se emite a la atmósfera. La relación es sencilla. Por cada litro de uno de estos combustibles, se generan unos 2,5 kilogramos de CO2. Este verano me he tenido que mover algo más de lo habitual, pero nada fuera de lo común. Entre algún compromiso laboral en la otra punta del país en las postrimerías del curso y mis burguesas vacaciones con sus vaivenes playa-pueblo-ciudad, ha resultado que he rellenado el depósito del coche 5 veces entre julio y agosto. Mi coche tiene 60 litros de capacidad, por lo que yo solito he usado 300 litros de gasoil. Bien tostados en el motor, han tenido que resultar en unos 750 kilos de CO2 “fresco” para que se quede en nuestra castigada atmósfera absorbiendo un poco de infrarrojo extra. He emitido en dos meses el equivalente a diez veces mi peso en CO2 sólo por mi uso del coche. ¡Toma ya!

Podría haber decidido quedarme en casa. Pero vivo en la cuenca del Guadalquivir, donde no es raro que se superen los 40ºC en verano. Como muchxs de mis vecinxs, tengo un aire acondicionado. Es de bajo consumo y tiene todas las pegatinas de color verde que pude permitirme. Pero al final, necesita 1000 W para funcionar. Con esa potencia, producir la electricidad necesaria para que yo esté fresquito requiere la emisión de unos 200 gramos de CO2 a la atmósfera ¡cada hora! Y eso que en Andalucía tenemos un sistema de generación con un alto porcentaje de energías renovables como la eólica y la hidroeléctrica que ya quisieran otros países. Pero ni por esas. En invierno es aún peor. Aquí es muy normal no tener calefacción central. Y las viviendas antiguas se hicieron con unos aislamientos lamentables, y en invierno te congelas. Necesitas calor rápido. Y eso requiere potencia. El calefactor con el que caliento el cuarto de baño por las mañanas requiere la emisión de 400 gramos de CO2 por cada hora que lo tengo encendido… Uff. ¿Y si me quedo en casa mirando el Facebook indignándome o viendo videos de gatitos en YouTube? Pues no sé. Hace tiempo leí que se estima que la electricidad necesaria para que funcione Internet implica la emisión de más de 800 millones de Kg de CO2 ¡por día! A lo mejor ni siquiera debería estar escribiendo esto en mi portátil. Joder. Hasta yo me canso de hacer números.

La cosa es que si queremos cumplir el Acuerdo de París tenemos que emitir cero CO2 para 2050. Y eso no es que evite el cambio climático, es que lo limita a 1.5ºC para “reducir considerablemente los riesgos y los efectos”. Como andaluces, estos “riesgos y efectos” deberían preocuparnos especialmente. Estamos en una región altamente vulnerable. Es dolorosamente evidente que no podemos permitirnos mucho más calor ni mucha menos lluvia. Pero no somos capaces de traducirlo en bajar las emisiones a cero. Yo al menos no lo consigo. Todo lo que hago implica emisiones que no son cero. Unas son 200 gramos, otras son 800 millones de kilos. Pero nada es cero. ¿Se puede hacer algo neutro en carbono hoy en día?

Y en las sobremesas me quedo en silencio. Me siento cómplice. Tengo que usar la bici más a menudo, y seguiré apoyando a los mandamases que al menos tienen el Cambio Climático en sus agendas y no hablan de él con vergonzante desprecio (aunque haya que votar varias veces al año, por lo visto) y a quienes investigan para descubrir cómo absorber el carbono que ya he emitido. Y a las organizaciones que consiguen que cada vez haya más gente que conozca el problema y aunque sean tan cómplices como yo, al menos se preocupen.

Pero sigo emitiendo más que cero.

David Gallego Puyol. Profesor de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla.

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