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Navidad blanca, agujero negro

Cabría pensar que la navidad no resuena en nuestras madrigueras: ¡acabamos estando tan ciegos ante las realidades que negamos! Pero al final la real-politik de la vida cotidiana siempre gana. El afecto vuelve a florecer en sus formas barrocas, convencionales, impecablemente envasadas. Los topos vuelven de los diferentes exilios a sus pueblos meridionales, cebados en calorías y drogas legales e ilegales exaltadas con familiares, colegas y amigas. Todo canalizado de manera inmediata a través de «unos y ceros»; una orgía de emojis; de ingeniosos stickers y brillantes gifs de ida y vuelta; una lluvia de localizaciones compartidas a través de mensajería instantánea; flujos y flujos de un enorme amazonas digital de compras y regalos. El amado capitalismo que tanto odiamos y su brillante superficie perfectamente diseñada por nosotras mismas.

Cabría pensar sobre los medios en los que canalizamos el «afecto». Hemos invisibilizado hasta tal punto su colonización tecnológica que a veces no vemos cómo esta sacia el hambre de la hidra de la sociedad de control. La enorme expropiación que el final de cada año supone para nuestras vidas, bajo las etiquetas de un beso digitalizado o las coordenadas de un selfie memorable, para recordar que estamos vivas juntas, otro caluroso diciembre de la era Thunberg. Creemos estar inmunizadas. Ya sabemos que el capitalismo siempre se engrasa con los sentimientos y sus fetiches; qué inocencia pensar lo contrario. Venga, hablemos del Corte Inglés, de su Día de la Madre y de su Día del Padre, de su San Valentín de mierda y de todo su wishful thinking prefabricado, enlatado, interiorizado. Sí, ya lo sabemos, y menos o más compramos eco de cercanía, artesano, bío y holístico. Pero todo es mucho más complicado cuando se araña la superficie —de la pantalla.

Nuestros sentimientos hilan relaciones a través de metadatos orquestando campañas que hacen tambalearse países. Permiten el perfilado (más o menos acertado) de quiénes somos, de dónde estamos y cuándo, y si estamos conspirando para no ser quiénes decimos ser o para no estar donde debemos estar cuando debemos estarlo. Incluso el amor mata en muchos sitios: formas de vivir el deseo, desviadas de la norma (que sea) pueden acabar con tu vida en más países de los que una imagina cuando son desveladas por cualquier dispositivo —por nosotros mismos.

La navidad blanca es un agujero negro de datos, un sumidero donde todo lo que se sabe de nosotras se acelera irremediablemente. En el todo gratis de la comunicación digital, tú eres el regalo. Aunque creamos que no nieva en nuestra oscura madriguera.

Pero vayamos más allá, cabría hacer una propuesta. Al igual que la navidad siempre fue un caballo de batalla en la lucha contra el consumo, ¿por qué no hacer de ella lo propio en la resistencia contra la sociedad de control? ¿Es posible —al igual que somos conscientes de cómo consumimos— el ser conscientes de cómo somos consumidos durante la navidad? ¿Es posible diseñar de alguna manera un movimiento de resistencia amplificado durante estas fechas pero pensado para ser tozudo y consciente en el día a día, capaz de embeberse en el ADN de los movimientos sociales hasta convertirse en un lugar común? (Como hizo exitosamente el anticonsumismo a finales de los 90 en el ciclo de luchas de la antiglobalización.) Es la pregunta de difícil respuesta, pero completamente pertinente, que queríamos compartir con vosotras.

Por último, es imposible no acabar esta editorial sobre «sentimientos» diciendo que os queremos. Sin vosotras este proyecto no existiría, otro año más, como este que ha acabado. Qué maravilla poder decirlo desde estas páginas de papel, sin alimentar todavía más la maquinaria digital de control y su oscuro futuro presente, donde los sentimientos pueden ser una trampa para toda resistencia en vez de ese combustible que necesitamos para luchar juntas.

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