Matar cabrones

Mansilla como inspiración una vez más. Directo, sencillo, lúcido, franco, violento. Matar cabrones. Así se titula su última novela, la que no pudo terminar pero que acaba de salir a la luz. Otro texto en el que viajar por la Sevilla invisible donde habitan lxs desheredadxs, lxs invisibles, lxs desgraciadxs. Y una se pregunta después de mirar alrededor si no sería esa una buena opción: matar cabrones. Dejar por un rato la conversación, la empatía y los filtros, y acabar con ellos, sean quienes sean. Llevamos semanas escuchando hablar de violencia legítima e ilegítima y ya sabemos en qué lado estamos, de qué lado nos ponen. Las compañeras juzgadas por el coño insumiso lo han sufrido en sus cuerpos, acusadas de incitar al odio a una religión que desprecia a las mujeres, enorme paradoja. Han sido absueltas, pero desde el paternalismo y llamando mamarrachada a la acción. El colectivo de mujeres prostitutas de Sevilla también lo ha vivido y en su caso, además, la legitimidad se la conceden otros colectivos feministas. Más doloroso si cabe. ¿Hemos entendido de verdad lo que es la sororidad?

Ilustra Nathalie Bellon Hallu

 

El libro de Mansilla trata la aporofobia, el rechazo a las personas pobres. Es una ficción sobre asesinatos en serie de personas sin hogar en Sevilla. Poco antes de que aparezca la novela nos enteramos de que dos jóvenes sin hogar han muerto en la calle, solos, en poco más de una semana. La realidad compitiendo en crudeza con la ficción. Las víctimas reales no han sido asesinadas por una mafia, han muerto por la violencia estructural de un sistema que los excluye y los maltrata. Como hace con lxs migrantes, con esos niños y niñas que cruzan solas las fronteras y se encuentran con el desprecio y el prejuicio de una sociedad que los etiqueta bajo unas siglas. Violencia que también sufren quienes se atreven a cuestionar las formas de vida consideradas correctas, como lxs habitantes de las casas cuevas de Granada, perseguidxs y acosadxs permanentemente, o aquellas cuyos cuerpos son considerados incapaces de contribuir al sistema productivo, o lxs que se levantan contra las consecuencias del neoliberalismo salvaje en América Latina, o las mujeres kurdas atacadas en Siria. Todas violencias legitimadas. Violencia sexual, violencia laboral, violencia judicial, violencia institucional, violencia policial, violencia militar. Violencia patriarcal. Violencia que se multiplica contra lxs que se atreven a responder. Violencia.

A la vez, de fondo, en un cuento de nunca acabar, vuelven a convocarnos a elecciones. ¿Elegir qué? Los resultados, el día que sale este número, seguirán siendo motivo de debate, cábalas, análisis, llantos, miedos, incertidumbre, indiferencia, lejanía… Estamos tan cansadas que no hemos querido hablar de ello más allá de este párrafo. Ni de exhumaciones e inhumaciones de dictadores ni nada parecido.

Pero vamos a sacudirnos la tristeza por un rato y a celebrar que este número de El Topo que tienes en tus manos inaugura el séptimo año del proyecto. Seis años acaba de cumplir nuestro periódico a pesar de las dificultades, la precariedad, la incertidumbre, el conflicto inevitable, los altibajos, las ausencias. Quién lo iba a decir, ¿verdad, compas? A ritmo de topo tabernario seguimos cavando galerías y dando voz a quienes se oyen menos. Y todo gracias a vosotrxs, que seguís apoyando, suscribiendo, difundiendo y asistiendo a nuestros actos. Y no hemos cambiado un ápice nuestro modo de existir, ni pretendemos hacerlo si seguís ahí. Hoy empieza un nuevo año para El Topo y esperamos que no sea el último. Hoy volvemos a inspirarnos en Mansilla. Hoy elegimos matar cabrones.

La topa plumilla

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