Ilustra La Mari

Manos a tierra

(…) levantándolo de abajo hacia arriba y después moviéndolo de arriba para abajo, levantándolo por las piernas, inclinándolo para atrás, y de nuevo levantándolo. En todas las posiciones el niño conserva sus ojos bien abiertos. Secos como el pañal nuevo.

Clarice Lispector

 

Deja que te mire fija bocabajo.

Carmen Camacho

 

 

Cuando le digo que hay dos posibilidades, su respuesta es una idea más: cita a ciegas. Son cosas de los tiempos, me digo. Los tiempos, sí. Los tiempos, primero, por aquello de que vamos tarde. Tan tarde vamos que terminamos por insinuarle a la ilustradora un par de palabras, sin más contexto que el blanco que las rodea en la pantalla. Los tiempos, segundo, qué tiempos estos para citas a ciegas, oiga. En fin, le di dos opciones y escogió la segunda.

 

Bocabajo, dijo.

 

Bocabajo. Y aquí estoy, preguntándome cuál de las superficies de mi casa me ayudaría a estar con la cabeza colgando, las manos libres y el cuaderno a una distancia prudente para poder seguir, escribir. Y aquí estoy, preguntándome si a esta altura alguna lectora estará buscándole la vuelta a la silla –o al banco del parque, o al columpio de turno– para saber cómo es eso de leer bocabajo.

 

Y así comienza la lectura. «A pie de tajo» nos lleva a «la lucha de la Marea Blanca en Andalucía» y Guntero Alter pasa una noche en Eurasia; un manojo de preguntas viajan a su lado camino de Japón.

«Ciclos biológicos: violencia sanitaria» nos invita a ponernos bocabajo para ver qué se encuentra una cuando levanta la alfombra del sistema sanitario, si de fármacos se trata.

 

En «Sostenibili-qué» aprendemos de Paco Volante, el protagonista del documental Vidas suspendidas, quien consigue hacer frente a las amenazas que sufren las dehesas –por supuesto, a mí no se me ocurre nada más entretenido que colgarse un buen rato, con sol, de la rama de una encina–.

 

Pero es pasar la página y es un retorcerse el cuerpo, incómodo, doliendo, en la silla. Por lo que «Está pasando» –escrito en Argentina, aunque «todo es cerca en este tema porque vivas nos queremos, y cuánto nos queremos»–. Y porque también en la Universidad –la nuestra– se suceden, una y otra vez, las situaciones de abuso.

 

En «SOS sanidad pública» volvemos a las movilizaciones de la marea blanca en nuestro sur. Mientras tanto, «Los señores de la guerra eligen Madrid para su feria de armas»: la industria de armas es parte de la estrategia militar de los estados y aquí han decidido montar su fiesta. En política internacional viajamos a México: tras varias subidas del precio de la gasolina y una crisis económica y social que dura años, «la tormenta se agrava,» dicen los zapatistas, y abajo los pueblos se organizan para enfrentarla.

 

En «La banca pierde, las personas ganan», aprendemos de cláusulas suelo, de por qué son nulas y si los bancos españoles devolverán el dinero cobrado de más. Por otro lado, «Malla» es una red de soporte y denuncia con la que afrontar de manera colectiva la represión y la criminalización de la protesta. Contra la banca y contra la represión, la gente organizada se empeña en poner patas arriba, al menos para empezar, a los enemigos.

 

Con ese ánimo vuelvo a mi rollo del bocabajismo: «¿Viva el barrio o vive el barrio?» Con el debate que se abre, recupero el tono juguetón y lo que veo es una asamblea del revés, los pies arriba, las bocas hablando cerca del suelo. Lo que sigue es la página más literaria, y así nos escabullimos de la asamblea y andamos, a ver qué nos encontramos… «miedo, solo, gente que juega». De fondo, sonaría un jazz, la música que impulsa Assejazz, desde 2012, en Sevilla.

 

Y nos damos un paseo por Granada y recordamos la lucha de La Casa del Aire. Y el jazz sigue mientras charlamos sobre «La cara oscura del capital erótico», que nos trae otra vez al cuerpo, a su carga simbólica, a la obsesión por controlarlo, modelarlo.

 

Y aquí termina este viaje. Un poquito mareada, me quedo pensando que está la mar de bien tener los pies en la tierra y pisar con certeza. Pero que nunca está de más pararse un ratito del revés, y mirar el mundo con el cielo abajo. Con el suelo cerca de los ojos. Darse la vuelta y mirar el otro lado, desde el otro lado, tocando el suelo con las manos –o incluso, por qué no, con la cabeza–.

 

Marta Solanas

 

 

 

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