20 y 21 entrevista - inma serrano

La izquierda ante el colapso civilizatorio

Entrevista con Manuel Casal Lodeiro

En el marco del curso «Estrategias para la resiliencia local: transiciones hacia el decrecimiento y el buen vivir», Solidaridad Internacional Andalucía[1] entrevistó a Manuel Casal Lodeiro[2] acerca de los límites y potencialidades de las políticas institucionales para enfrentar el actual proceso de colapso civilizatorio. Manuel es activista ecosocial, actualmente coordina 15/15\15, revista para una nueva civilización[3] y acaba de publicar su libro A esquerda ante o colapso da civilización industrial[4]. A continuación publicamos un fragmento de la entrevista.

 

SIA: ¿Se puede ayudar a construir el poder ciudadano desde las instituciones locales? ¿Es necesario acceder a las instituciones?

MCL: Necesario en el sentido de imprescindible, no. Pero sí conveniente, por dos motivos principales.

Primero, porque es más eficiente energéticamente. Es decir, que si no tenemos que malgastar energías luchando contra el Ayuntamiento, podremos dedicarlas a la mejora de la resiliencia, a proyectos reales…

Segundo, porque siempre tienen a su disposición una serie de recursos (físicos, económicos, de alcance social y mediático…) que nos vendrían muy bien para acelerar la transición y realizarla más suavemente.

En resumen, pueden ayudar de dos maneras básicas: no poniendo frenos (legales, burocráticos, económicos, políticas en sentido opuesto…) a la transición liderada por la ciudadanía, y en un segundo nivel, poniendo sus recursos al servicio de esa transición dándole una cobertura lo mayor posible.

Este optar por aprovechar las instituciones creo que encaja muy bien con los principios de la permacultura. Es decir, tenemos un factor de innegable relevancia en nuestro ecosistema sociopolítico, que está ya ahí, que son los ayuntamientos, que no podemos controlar del todo, pero que podemos estudiar cómo aprovechar e influir en su funcionamiento para que nos ayude a cumplir los objetivos del conjunto del sistema que queremos diseñar. O sea, no ser tan ingenuos como para apostarlo todo a esa carta (sería equivalente en la analogía permacultural a optar por un monocultivo con agroquímicos) ni tan puristas como para renunciar a usarlos y sacarles partido a la hora de construir resiliencia local (equivaldría a echarse al monte a comer bellotas abandonando los campos de cultivo). Yo lo veo como una aplicación posible de la permacultura social.

Eso no quita que considere fundamental abrirse a considerar que las instituciones locales no tienen por qué ser únicamente las vinculadas al Estado y que hay gente que propone, sobre todo desde ópticas próximas al anarquismo, la creación de institucionalidades paralelas de tipo ni privado ni estatal (no digo público porque es un término poco preciso, ambiguo) sino comunal y autogestionario como las que ya existen hoy día en Chiapas o el Kurdistán y que existieron durante siglos también en nuestro entorno hasta que fueron barridas por el éxito del Estado industrial basado en la energía fósil. Es decir, hablaríamos de una convivencia, una coexistencia —a ser posible coordinada, sinérgica— del municipalismo y del comunalismo o ecocomunitarismo. Esto tiene mucho que ver con el concepto de copoder.

¿No corremos el riesgo de que esas nuevas formaciones políticas y gobiernos municipales desactiven a los movimientos sociales?

Sí, por supuesto. Ese riesgo está siempre ahí y en la llamada transición española pudimos comprobar lo real que es, de hecho, aún estamos sufriendo las consecuencias de aquella desactivación efectuada conscientemente por determinados partidos supuestamente de izquierda. La clave está en que los movimientos estén vacunados y teniendo el colapso muy en mente, asuman que la vía institucional o estatal no nos va a salvar, y que por tanto sería trágicamente estúpido dejarse cooptar para ceder el protagonismo a un Estado muy debilitado, casi moribundo. Es decir: hay dos factores que deberían servir de barrera para esa desactivación: por un lado, la experiencia histórica de los años 80; por otro lado, saber que el Estado va a reducir muchísimo su potencial como mecanismo para satisfacer o resolver los problemas y necesidades sociales.

Al mismo tiempo, los movimientos sociales deberían rechazar y denunciar el discurso hueco del participacionismo y reclamar una auténtica soberanía. Esto es, deberían mantenerse firmes en reclamar que las formaciones políticas cedan el poder de decidir a la sociedad. Está muy de moda tras el 15M lo de convocar «asambleas abiertas» y ese tipo de discursos de una presunta «radicalidad democrática». Pero si una asamblea no tiene el poder de decidir realmente nada —pasando incluso por encima de la voluntad de los partidos o de los gobiernos municipales si fuese el caso—, al final su principal resultado consiste en desmovilizar y frustrar a la gente que tiene realmente ganas de implicarse para cambiar las cosas desde abajo. La asamblea tiene que ser deliberativa, horizontal (que todos sus participantes tengan igual poder) y decisoria; si no, es una pantomima. Sin devolver la soberanía al pueblo realmente, no habrá cambiado en el fondo nada y esas formaciones no serán más que aggiornamentos de la vieja política. En ese sentido no veo avances con respecto a modelos más veteranos pero más radicalmente democráticos, como el de Marinaleda. Necesitamos un «municipalismo comunero», como dice Joám Evans.

En resumen: comunidad empoderada (mediante la autogestión), democracia directa, asamblearismo decisorio y conciencia de que el Estado todopoderoso ya no volverá.

¿Cuáles son a tu entender los principales retos a los que se enfrentan los gobiernos municipales en el contexto de esta crisis?

El primero es conocer realmente la dimensión y las características de esta crisis múltiple. Asumirla en todas sus probables consecuencias, porque muy pocos lo hacen. Hablo de reconocer, tal y como reclama el manifiesto Última llamada[5] (que algunos de ellos firmaron), que lo que estamos comenzando a vivir es una crisis de civilización y que, según numerosos indicadores, apenas nos queda un lustro, es decir, apenas el tiempo que durará el mandato de estos gobiernos, para enderezar el rumbo y evitar un colapso trágico. Yo suelo insistir en que las personas que han entrado a gobernar nuestros municipios este año tienen una responsabilidad histórica, aunque creo que no acaban de asumirlo. Si lo asumiesen estarían ya renegando públicamente del crecimiento económico como un mito suicida, estarían preparando planes de emergencia para una reconstrucción urgente de la resiliencia local a todos los niveles… Da igual que usen las palabras tabú decrecimiento, transición pospetróleo o no, pero tendrían que estar ya manos a la obra priorizando esta cuestión, por supuesto sin abandonar las cuestiones más de corto plazo. ¿Es que no comprenden que sin mirar más allá del día a día, estamos perdidos? El cortoplacismo político, económico y social, es una tara que tiene nuestro sistema que amenaza con destruirnos como especie.

Por tanto, el segundo reto sería, una vez se lograse esa conciencia plena de los responsables políticos acerca de la situación de colapso en la que hemos entrado sin remedio (es decir, olvidarnos de una sostenibilidad ya imposible, como dice Dennis Meadows), practicar políticas coherentes con esa consciencia del colapso civilizatorio, buscando construir resiliencia. También en paralelo, contribuir a concienciar a la población, para así retroalimentarse de esa comprensión social del panorama que tenemos por delante (algo como lo que hicieron los shogun del siglo XVII en un Japón enfrentado a la deforestación y la sobrepoblación, que usaron una estrategia para la concienciación social basada en los valores confucionistas de la autolimitación para así sostener culturalmente sus drásticas medidas de gestión medioambiental y de recursos). En la medida en que ayuden a la gente a comprender los radicales y urgentes cambios necesarios, se estarán ayudando a sí mismos a aplicarlos con éxito.

¿Cómo podemos incorporar a la agenda política estrategias y medidas que se enfrenten a esta crisis sistémica y global, para que estén a la altura de la gravedad y la urgencia de los impactos de la crisis energética, el cambio climático o el derrumbe del sistema económico-financiero?

Nosotros no «podemos» incorporarlas, porque dicha agenda no está en nuestras manos. En cualquier caso existirían en mi opinión dos vías principales de hacerlo posible: la primera y más efectiva sería precisamente trasformar el sistema político introduciendo la democracia directa, de manera que se abriera el camino para que este tipo de propuestas pudieran ser debatidas, decididas y puestas en marcha por la propia gente. Y entonces sí que nos encargaríamos la gente común de incorporar esas cuestiones a la agenda, aunque tendríamos que trabajar muchísimo la cuestión de hacer pedagogía del colapso para hacerlo posible, claro está. Esto puede funcionar especialmente a nivel local (ayuntamientos, etc.). Es la propuesta de la Vía de la Simplicidad, de Ted Trainer, por ejemplo, o del Partido da Terra, aquí en Galicia.

La otra, más convencional, sería lograr introducir esa cuestión en los programas políticos de ciertas formaciones, quizás mediante lo que he denominado «estrategias hipócritas» en mi libro A esquerda ante o colapso da civilización industrial. Hay quien vería esto como más fácil, sobre todo para ámbitos más extensos como el regional o el estatal, siguiendo las teorías de Jared Diamond, quien dice que las estrategias de abajo arriba funcionan mejor en escalas pequeñas y las top down mejor para entidades estatales, centralizadas, al cargo de territorios extensos y grandes poblaciones. Según esta estrategia, si se concentran los esfuerzos en convencer a una élite política más o menos abierta al cambio y a los valores de la emancipación (por ejemplo, haciéndoles pasar de la socialdemocracia al ecosocialismo), para que comprendan y consideren que hay que actuar con urgencia en el plano de la resiliencia, eso permitiría poner en marcha más rápidamente ciertas medidas que si hubiese que trasformar toda la cultura y los valores de millones de personas. Y esas medidas pueden explicarse más abiertamente o ser más disimuladas, pueden llevarse en el programa electoral o no… conformando el abanico de subestrategias de las que hablo en mi libro.

Pero no es tan fácil optar por una sola de estas dos estrategias principales (desde arriba o desde abajo), porque para que unas medidas desde arriba contasen con apoyo, habría que trabajar también la movilización y concienciación social desde abajo. Y para que las medidas que naciesen desde abajo no fuesen anuladas por medidas opuestas desde el poder estatal, habría que contar con gobiernos comprensivos, afines. Es lo que llamamos algunos estrategias mixtas o duales, y que creo que serán las más efectivas.

¿Crees que es sostenible el Estado de bienestar en el contexto de esta crisis sistémica y global? ¿Cuál debe ser el papel del Estado?

No me parece en absoluto sostenible el Estado de bienestar que hemos conocido en estas pasadas décadas. Los Estados de corte socialdemócrata en las últimas décadas son maquinarias descomunales que consumen grandes cantidades de energía, en buena medida fósil, es decir, no renovable. En otras palabras: es el petróleo lo que sostiene en último término nuestros hospitales, nuestros colegios, la policía, todos los servicios públicos y miles de puestos de trabajo del funcionariado… Tanto directa como indirectamente, claro, porque sin flujos siempre crecientes de energía fósil no hay crecimiento económico, y si no hay crecimiento no hay impuestos suficientes para mantener económicamente una estructura tan compleja como es un Estado industrializado moderno. Nuestra civilización ha llegado al punto de los rendimientos marginales decrecientes de la complejidad, que Joseph Tainter comprobó que había precedido históricamente al declive y colapso final de numerosas civilizaciones; es decir, cada vez necesitamos más y más recursos para sostener avances cada vez menores o incluso simplemente para mantener lo que hay.

Quizás sea posible otro Estado del bienestar, pero sería mejor llamarlo de otra forma, dentro de un muy necesario cambio cultural —de lenguaje en este caso—: un Estado del bienvivir o algo así…

El papel del Estado debe ser, idealmente, el de contribuir a la necesaria transición civilizatoria poniendo a su servicio todos sus recursos… ¡mientras los tenga! Y, desde luego, no derrocharlos en vías sin salida (como perseguir con medidas keynesianas la imposible vuelta al crecimiento económico) o directamente cediéndolos al expolio capitalista neoliberal. Eso es algo que solo podemos calificar de genocida a la vista de la situación de colapso en la que estamos entrando. Ese sería el objetivo de máximos. El de mínimos sería pedir que, por lo menos, no entorpeciera… que dejase hacer a la sociedad y a las organizaciones de base, y ahí volveríamos a lo de las estrategias mixtas arriba-abajo.

Solidaridad Internacional Andalucía


 

 

 

 

 

 

 

Compartir y Disfrutar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *


2 × uno =