Editorial

La invasión de los ladrones de cuerpos

Tu cuerpo se menea como una palmera, suave, suave, su su suave. (Coplilla populá)

A finales de la década de los 50 del pasado siglo XX —qué fuerte me parece hablar del siglo pasado con conocimiento de causa— se estrenó una película estadounidense con el título Invasion of the Body Snatchers o —como la llamaron en el territorio comprendido entre Andorra, los Pirineos, Marruecos y Portugal— La invasión de los ladrones de cuerpos. Fue la primera película que me permitieron ver en el programa Mis terrores favoritos, de la que tengo vívidos recuerdos, sobre todo por las malas noches que se sucedieron después.

En la cinta —yanqui, por otro lado—, unas esporas procedentes del espacio exterior, en su afán de dispersión y supervivencia, arribaban a una pequeña localidad estadounidense. Allí, germinaban dando lugar a vainas gigantes que albergaban copias idénticas de las parroquianas, aunque carentes de cualquier tipo de sentimiento. El «tema» se complicaba cuando sustituían a las personas originarias y la gente comenzaba a detectar comportamientos extraños en las gentes cercanas. Las copias «envainadas» repetían una y otra vez: «todo está bien, no hay nada por lo que preocuparse». La re-producción se producía mientras la víctima dormía…

Simplemente recordarlo hace que se me ericen casi todos los pelos de mi cuerpo (que, afortunadamente, mantengo aunque sea verano).

Siempre tuve una mente lineal, no pillo muy bien las metáforas, por lo que pasé muchas noches en vela, esperando no ser mutada a vaina gigante, al menos más vaina de lo que ya era. No pillé la «línea b», lo que la película quiere contar aunque en la visión superficial no cuente… o algo así.

Pero mira tú por donde, hace poco, ante la inminente aprobación de la reforma de la ley del aborto gallardoniana, no paro de recordar esa película.

La verdad, no sé si será por lo de ladrones de cuerpos, o por lo de los «vainas gigantes». El caso es que comienzo a percibir cierto paralelismo entre la película aquella y la película en la que ahora mismo estamos inmersas. Y me inquieta.

Pareciera que la estrategia es la misma, re-construir cuerpos de morfología humana, pero carente de sentimientos. Constituir un batallón de cuerpos, sacos de vísceras y huesos, en los que la máxima consagrada sea «ni siento, ni padezco, ni me manifiesto». Hoy, mientras perfilo esta reflexión por compartir, seguramente será aprobada la maldita «ley mordaza».

El ardid es el mismo; con las mujeres en general, al no tener en cuenta sus deseos, posibilidades o necesidades. Tu cuerpo es una vasija y estás en el mundo porque te ha sido otorgada la sagrada posibilidad de perpetuar la especie. No sientas, no materialices tus anhelos y no expreses tus sentimientos, principalmente si son de rabia y de rebelión contra las esporas «robacuerpos».

Con las personas presas, transformarlas en cuerpos delictivos, a los que controlar y desproveer de cualquier cualidad humana. Sin olvidar que puedes acabar presa por ser feminista, por incitar a la huelga, o por reivindicar la justicia social. Ahora eso sí, asegurándose de que no ingresen en prisión «los mayores vainas del reino».

Cuerpos desprovistos de emociones, reprimiendo cualquier posibilidad de reivindicaciones colectivas —no sentir, no pensar, no sentir, no pensar— repetido veladamente como un mantra. Y países enteros que parecieran marcianos, de los que no entendemos sus conflictos, pero de los que, aun sin descifrar, depende en gran medida nuestra existencia cotidiana, al menos como hoy en día la desarrollamos.

Por todo esto, comienzo a pensar que de metáfora nada, que realmente era una reproducción fiel de la realidad que se ha agravado con el tiempo. Los principales ingredientes se cumplen, pretenden robarnos los cuerpos. Y existen «vainas gigantes».

Ahora, que si de películas de invasiones extraterrestres se trata, prefiero The Rocky Horror Picture Show, con su invasión de extraterrestres procedentes de la Transilvania transexual. O ET, que al menos usaba la bicicleta, medio de transporte antisistema donde los haya. Porque habremos de hacer la revolución desde cada uno de nuestros actos, movernos, alimentarnos, relacionarnos entre nosotras, porque lo cotidiano es político. Y mejor que esporas procedentes del espacio exterior, semillas y del terreno; albergadoras de la información necesaria para sobrevivir y desarrollarse en su propio contexto. Que parece mentira que seamos tan brutos de desperdiciar toda la información almacenada y organizada por la naturaleza durante tanto tiempo.

No tengo nada claro que haya vida en otros planetas, tampoco es que dedique demasiado tiempo a estos menesteres, porque ya me ocupa bastante entender la vida en este. Pero de lo que no me cabe ni la menor duda es de que, lo que sí que hay, son muchos vainas, demasiados…

[La Topa Tabernaria]

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