La fábrica (urbana) del turismo. Notas para una economía política de la turistificación en un escenario post-crisis

En verano de 2016, el politólogo barcelonés Joan Subirats alertaba en las páginas de un importante periódico de tirada nacional sobre la creciente preocupación que se extendía por Europa acerca del turismo y de la hostilidad que empezaba a despertar en determinadas ciudades.

 

Pedro Peinado

 Eran los tiempos de las primeras movilizaciones en Barcelona contra los pisos turísticos, aunque en ciudades como Lisboa y, sobre todo Venecia, hacía años que se sucedían protestas contra el turismo de masas. Las consecuencias de los procesos de turistificación comenzaban a ser percibidas como una amenaza más a la vida de las ciudades tal y como la conocíamos o como la deseábamos. Una nueva vuelta de tuerca de lo que se ha definido como mercantilización de las ciudades, a través del uso productivo e intensivo de sus espacios públicos cada vez más dedicados y/o okupados por los servicios turísticos, pero también de los espacios privados, casas y habitaciones que se ponen a disposición de la demanda turística.

Este proceso, además de alterar la convivencia en los entornos turistificados está promoviendo fenómenos especulativos, como subida de alquileres y precios o la retirada del mercado de stock de vivienda que, en última instancia, están definiendo un nuevo tipo de expulsiones urbanas, en palabras de Saskia Sassen, donde las personas con menos renta son, una vez más, desplazadas hacia entornos periféricos. Las consecuencias de este tipo de procesos están ya en la agenda de los movimientos urbanos por el derecho a la ciudad, pero ¿qué podemos decir de sus causas?

¿Por qué el turismo y por qué ahora?

Podemos definir una serie de factores implicados en el desarrollo presente de los procesos de overtourism y que guardan una estrecha relación con una aplicación radical del paradigma actual de producción denominado posfordista. Según este paradigma, frente a la reducción de la tasa de ganancia del capital frente al trabajo, el capitalismo ha de colonizar nuevos espacios para continuar manteniendo su ritmo de crecimiento basado en una simple premisa: la extracción privada del valor creado socialmente. Así, sobre todo desde los años 70, el capital fue colonizando nuevos espacios, el trabajo salió de la fábrica, se habló del paso del obrero masa al obrero social y el capitalismo, ya en la era de la información, aprendió a extraer valor de la cooperación social, del consumo e incluso de las relaciones íntimas. Mi tesis es que estos procesos también pueden ser observados a escala urbana.

La ciudad es una construcción social fruto de la cooperación de sus habitantes, presentes y pasados. Alberga una enorme cantidad de contradicciones en su seno, siendo la principal y la que nos ocupa ahora, la que se produce en términos lefebrviarnos entre la ciudad como valor de cambio y la ciudad como valor de uso, esto es, entre la ciudad como mercancía y el derecho a la ciudad deseada. Bajo esta idea los procesos de turistificación podrían explicarse como una extracción de beneficio privado del valor creado mediante la cooperación social de la ciudadanía.

La globalización actual impulsada por la ideología que la sustenta, el neoliberalismo, ha disuelto barreras para libre circulación del capital y la construcción de un mercado de consumo global. Afecta a las ciudades en dos sentidos: por una parte, las ciudades compiten para atraer flujos de capital. La construcción de ciudades globales como Nueva York, Londres o Dubai reflejan la importancia de la construcción de la ciudad como marca, esto es, como mercancía. En mayor o menor medida las ciudades se adaptan a esta competición global por atraer capital y visitantes. Por otro lado, el desarrollo de infraestructuras globales de comunicación y transporte, con una huella ecológica insostenible, ha propiciado la creación de un mercado turístico global.

La construcción de la marca de la ciudad, la puesta en valor de las cualidades que la hacen única y apetecible para el turista, viene en consonancia con la existencia de un cierto cambio cultural que aboga por la mercantilización de la experiencia vital y de la marca personal.  Así, a través de aplicaciones como Facebook o Instagram, los individuos comparten sus experiencias “únicas y especiales” en el mercado global por el reconocimiento (los likes).

Esta búsqueda de experiencias únicas afecta de manera determinante al turismo, no solo por su efecto cuantitativo (más turistas) sino en lo cualitativo. Ahora los turistas quieren vivir la ciudad, vivir donde un nativo, comer como un nativo insomma habitar como un nativo, a costa de desnaturalizar su forma de vida e incluso propiciar su expulsión.

Otro factor clave para entender el auge turístico y sus consecuencias, especialmente en nuestro entorno, es el de la especulación inmobiliaria. El capital patrio siempre apostó por el suelo y el ladrillo para generar beneficio desde el país de propietarios impulsado por las políticas franquistas y su oligarquía extractiva. La crisis de 2008 en nuestro país fue una crisis inmobiliaria, pero la tímida recuperación de la economía puso de nuevo en marcha la maquinaria especuladora de una clase propietaria dominada por nuevos actores, fondos de inversión que se habían hecho con un importante stock de viviendas y solares. Este nuevo movimiento especulativo ha visto en el turismo una importante fuente de beneficio, a través de vivienda turística y nuevos hoteles, lo que al mismo tiempo ha desatado una nueva burbuja de este tipo de alojamientos y un efecto terrible en los precios de venta y alquiler.

El papel de la economía  ¿colaborativa?

Por último, se ha señalado la importancia de la mal llamada economía colaborativa en el auge del turismo. Aplicaciones como AirbnB o Home Away para la vivienda pero también el acceso a otro tipo de servicios, como UBER, o incluso aquellas aplicaciones que ponen en relación a turistas con personas que cocinan en sus casas “platos típicos” o con guías turísticos amateur. La economía colaborativa idealmente se basa en la ética hacker de “compartir es bueno”, sin embargo, la realidad de este tipo de aplicaciones es muy distinta y da cuenta de cómo el capital coloniza espacio de manera cada vez más aceleradas y son actualmente la expresión más pura de la máxima capitalista de la extracción del valor de la cooperación social.

Y si hemos trazado un dibujo de las causas y las consecuencias, nos queda despejar el futuro ¿qué hacer? Necesitamos inventar. Caminar hacia una transformación social que incluya el derecho a la ciudad dentro de una propuesta socioeconómica socialista que implique poner fin a la precarización de la existencia  impuesta por el capitalismo actual. Crear un imaginario de ciudad que escape de la mercantilización de nuestras vidas. Escapar de las prisiones de lo posible.

Manu Fernández es profesor de ciencia política e investigador en políticas urbanas en la Universidad Pablo de Olavide

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