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Giro decolonial para una sociolingüística de la justicia social

Introducción: privilegiar, jerarquizar, oprimir

Hay quien desde sus posiciones socialmente privilegiadas jerarquiza variedades lingüísticas (que, en realidad, es una jerarquización de grupos humanos, es decir, de personas). Las jerarquías que desvalorizan el andaluz (en los últimos meses también y muy especialmente el catalán: ¡cuidado que el catalán es del pueblo, no de los «señoritos»!) o, en Andalucía, el llamado ceceo como un capital simbólico no válido, no adecuado, «no prestigiado» (nos escupen a la cara a menudo con un pseudotérmino llamado prestigio, tomado ciegamente de lingüistas desprevenides o atravesades del clasismo weberiano) son una forma de racismo (en términos fanonianos, una lógica de inferiorización de un grupo que superioriza sus capitales inferiorizando los de otros; esa superiorización/inferiorización se hace, entre otros mecanismos, mediante la hegemonía gramsciana).

Frente a prestigio, hay que hablar de un concepto que desarrollo en mi tesis doctoral (que versa sobre todo esto) y en mis investigaciones derivadas, y que tomo de los feminismos negros norteamericanos: privilegio. No se trata, pues, de que unos modos de hablar sean prestigiosos, sino del privilegio social (interseccionado con otros privilegios: de color de piel, de ingresos económicos, de profesión, sexuales, de identidad de género, de origen geográfico, etc.) que ostenta un grupo, cuyos capitales simbólicos, por tanto, se privilegian (naturalizados por construcción, no porque sean naturalmente superiores), se imponen por hegemonía. Gramsci lo expuso bien: un grupo social hace pasar sus intereses de clase como intereses generales, mediante el control de diversos medios sociales: escuela, mass media, etc. Y esto es importante, porque los discursos, como nos enseñó Foucault, circulan socialmente y reproducen las ideologías, y, como expone Bourdieu, la escuela —y la Universidad no escapa a ello— supone, en su esencia, un sistema de inculcación de valores inherentes a un grupo social. Luisa Martín Rojo añade que esas jerarquizaciones descapitalizan a les hablantes, quedan en un afuera, pues: un Ser frente a un no-Ser, diría F. Fanon, pero también E. Lévinas. De esto es de lo que se encarga la sociolingüística crítica.

Hablamos de personas, no de objetos abstractos, como si las jerarquizaciones de quien dice ser lingüista no fueran jerarquizaciones de personas.

La decolonialidad de las ciencias sociales implica problematizar todo y partir de la experiencia, especialmente, de quien sufre opresión. Luego también se le puede hacer el juego al sistema, pero entonces ya no estaremos ante científiques, sino ante policías: y entre un bolígrafo para recoger testimonios de les hablantes y una porra hay un abismo insalvable.

Pensar en vertical vs. pensar en horizontal y en diversidad

El trabajo científico que realizo se enmarca en los estudios de sociolingüística crítica, una sociolingüística que pone su foco sobre lo que hacen les hablantes y lo que les hacen a cuenta de la lengua, entendida esta como índice, un marcador a partir del cual estos son jerarquizades. Desigualdad y poder son dos palabras claves. La ciencia lingüística y sus afines normalmente basan sus conceptualizaciones en objetos abstractos, como si nada tuvieran que ver con los seres humanos, y, en función de esto, un planteamiento similar al que estamos poniendo sobre la mesa diría que se jerarquizan variedades o ni siquiera eso.

Hay una tiranía de las conceptualizaciones que arrodillan a les hablantes ante sus constructos ideológico-epistémicos, en lugar de poner en el centro de su teorizar al ser humano, con cuidado especial de quien es excluide por causa de la desigualdad, de la dominación y de la opresión, incluidas las que genera el propio teorizador. La sociolingüística que ya podemos ir llamando de corte clásico es clasista. Prácticamente, tampoco problematiza ninguna de las categorías con las que opera: ni las variables estadísticas, ni las mediciones —y no siempre queremos medir—, ni sus métodos de recogida de datos, como la encuesta, sin observar las advertencias de Bourdieu sobre la relación de fuerzas entre quien encuesta y quien es encuestade y por las relaciones de poder que actualiza y las nuevas condiciones que en sí genera.

¿Qué pasa con la cuantificación y mediación al estudiar lo que en la sociolingüística clásica aún llaman «creencias y actitudes», los «prejuicios» y la «discriminación»? Es el caso de los estudios sobre la microviolencia lingüística y las ideologías lingüísticas. Medir no tiene sentido y no lo hacemos. Estudiamos con otras técnicas de recogida de datos estos procesos sociales, estos hechos, estas prácticas y lo que piensan estes hablantes de sus prácticas, así como de las prácticas ajenas relacionadas con tales prácticas. Yo, particularmente, uso la observación participante y la entrevista. La encuesta me es auxiliar para aproximarme a ciertos fenómenos.

Esta cuestión supone una dicotomía de recogida de datos por parte de quien investiga, bastante conocida para quien practica una sociolingüística crítica, interaccional y etnográfica, basada en métodos cualitativos. En un polo opuesto o, al menos, de naturaleza muy diferente, se encuentran los métodos cuantitativos, basados esencialmente en la encuesta, la medición y, para ello, la matemática aplicada, especialmente, la estadística. Son objetivos dispares, que pueden confluir si la pregunta o las preguntas de quien investiga requiere una triangulación, un diálogo entre ambos métodos.

En mis investigaciones, el trabajo de campo lo clasifico en dos tipos de casos de desvalorización de los capitales simbólicos andaluces, lo cual, insisto, es una inferiorización, finalmente, ontológica. El primer tipo es la desvalorización de lo lingüístico y discursivamente andaluz por parte de personas no andaluzas (cómo nos construyen es la cuestión). El segundo tipo es la desvalorización de capitales simbólicos andaluces realizada por el sistema escolar en Andalucía. Es importante poner de relieve esto: el investigador (yo) ya no está estudiando lo que ocurre a partir de su competencia; no teoriza desde el despacho, sino desde la experiencia de les hablantes, problematizando absolutamente todo: empezando por el propio rol de investigador y todo lo que ello conlleva (nadie está en el vacío social).

Las jerarquías son construcciones. Se naturalizan porque son fetichizadas, pero no son naturales. El sistema escolar polariza lengua culta / lengua vulgar, y hay un continuo castigo simbólico a través de la estigmatización y desvalorización de capitales simbólicos inherentes, ya sea por acción u omisión, privilegiando fraseología o léxico ajeno o arcaizante frente al propio del pueblo andaluz: tener bulla, meterse en una bulla, canija/o, hablar ligero, encalomarse, mosqueta, saboría/o, mascá, buena/mala gente, etc., como expone Méndez García de Paredes. Los libros recogen otras palabras y frases y, normalmente, el profesorado excluye o anecdotiza este capital andaluz, por ser tenido como ilegítimo, en términos bourdieusianos.

Estas jerarquizaciones arrastran una historia, que aquí no podemos hacer (por espacio), pero baste decir que son construcciones ideológicas a partir de prácticas concretas, prácticas sociales de inferiorización ontológica: unos seres humanos son inferiorizados y sobre lo que les es inherente se construyen ideas inferiorizadoras. Esta es la idea de racismo de F. Fanon que ha desarrollado R. Grosfoguel: una lógica de jerarquización que inferioriza una otredad por parte de un grupo que se autosuperioriza, usando para tal inferiorización diferentes marcadores, tales como el color de piel, el habla o la lengua, el origen geográfico, la etnicidad, la religión, la identidad de género, etc.

La sociolingüística incorporó de la sociología weberiana el concepto de prestigio, que ha pasado a los estudios lingüísticos en general y, de ahí, a la didáctica de la lengua (y de ahí a los textos escolares), y lo único que hace es contribuir a reproducir las desigualdades que generan estas jerarquizaciones (normalmente, interseccionadas con otras jerarquizaciones y desigualdades), pues prestigio naturaliza lo que, insisto, no es más que construido por un pensamiento de corte tanto clasista como racista, así como patriarcal. Lo expuse al principio: debe ser sustituido por privilegio. Quienes ostentan un capital que es socialmente puesto en valor como el válido (la lengua legítima[da], de la que hablaba Bourdieu) no es que tengan prestigio, no están por encima de modo natural, es que tienen privilegio social (como nos enseñan los feminismos negros norteamericanos) y, por tanto, privilegio lingüístico, construidos históricamente a través de genocidios/epistemicidios moderno-coloniales (Grosfoguel) y la conformación de un sistema-mundo (Wallerstein, Grosfoguel) basado en una colonialidad del ser, el poder y el saber (Dussel, Grosfoguel, Maldonado-Torres, Rivera Cusicanqui, etc.). Se trata de un «exceso ontológico, que ocurre cuando seres particulares se imponen sobre otros» (Escobar), sustentado institucionalmente, por hegemonía e ideología.

Hegemonía en términos gramscianos: el interés de grupo particular impuesto a otros grupos como interés general mediante el control y uso de medios para tal fin (escuela, medios de comunicación, etc.). Ideología entendida como la representación sociocognitiva que hacen los grupos y que sustentan sus prácticas (van Dijk) a partir de otras prácticas.

Conclusión: otras herramientas, otra casa

Este giro decolonial es necesario. Si, como dice la intelectual feminista Audre Lorde, «las herramientas del amo nunca destruirán la casa del amo», hemos de dotarnos de otras herramientas conceptuales con las que interpretar la realidad y actuar sobre ella. Como hemos visto, las herramientas del amo, atravesadas de una ideología de la desigualdad, de la dominación y de la opresión, deben ser sustituidas por herramientas pensadas desde las ideologías de la igualdad y la justicia social, en tanto que, como dice Boaventura de Sousa Santos,

el conocimiento científico no es socialmente distribuido de un modo equitativo; no podría serlo; fue diseñado originariamente para convertir este lado de la línea en un sujeto de conocimiento, y el otro lado en un objeto de conocimiento […]. La injusticia social global está, por lo tanto, íntimamente unida a la injusticia cognitiva global. La batalla por la justicia social global debe, por lo tanto, ser también una batalla por la justicia cognitiva global. Para alcanzar el éxito, esta batalla requiere un nuevo tipo de pensamiento,

y debemos dotarnos de otras herramientas.

El pensamiento lingüístico que está jerarquizando capitales simbólicos de grupos humanos y sus miembros en términos de legítimos e ilegítimos, como superiores e inferiores, está atravesado de una filosofía política y social muy concreta, que, básicamente, atraviesa todas las formas de pensamiento inferiorizadoras. Esto, normalmente, ni siquiera es advertido por les propies científiques, ya que los centros de conocimiento por excelencia y de excelencia, las universidades, han hecho pasar (como instrumentos de la hegemonía a la que se refiere Gramsci) sus herramientas y capitales simbólicos como neutros, asépticos, no ideológicos, objetivos, superiores y únicos para poder dilucidar esto y lo otro. Es una uni-versidad, una verdad para todes, pero sin todes; frente a la pluriversidad necesaria de la diversidad epistémica que los pueblos y sus miembros, desde la experiencia de la injusticia social, están reclamando, explícita o implícitamente, como indica Grosfoguel. Se contraponen, pues, a herramientas conceptuales que giran en torno al pseudoconcepto de prestigio todos los conceptos que, lejos de naturalizar las desigualdades, las ponen en evidencia y explican los procesos sociales que dan lugar a tales de desigualdades.

Observamos, con Silverstein, qué ocurre cuando, a partir de unos capitales simbólicos de un grupo, percibidos como índices (señales, indicadores de algo), otro grupo construye sociocognitivamente una imagen, unas valoraciones, normalmente concretadas en acciones específicas, sobre aquel grupo. En el caso concreto de les andaluces, la cuestión de lo que se ha dado en llamar en algunos momentos y por algunas autorías «discriminación lingüística» ha de ser estudiada, no desde la justificación de que también sabemos hablar, sino de cómo nos construyen, cómo nos piensan. Estas herramientas necesarias son: privilegio social y lingüístico (e interseccionalidad), hegemonía; la dicotomía ideología de la desigualdad, dominación y opresión / ideologías de la igualdad y la justicia social; así como otros conceptos ya en uso en la sociolingüística crítica, tales como descapitalización (Martín Rojo), orden indexical (Silverstein) o ideologías lingüísticas (Woolard, Gal, Irvine, Silverstein, Rumsey, etc.).

Hay herramientas para otro mundo posible: solo hay que usarlas, a no ser que se quiera seguir contribuyendo a la desigualdad, a la dominación y a la opresión, por usar las herramientas del amo que, insistamos tantas veces como sea necesario, no destruirán la casa del amo. Al fin y al cabo, como nos advierte P. Freire, «el opresor para oprimir requiere de una teoría de la acción opresora, les oprimides, para liberarse, requieren de una teoría de su acción».

 

Ígor Rodríguez-Iglesias. Profesor del Área de Lengua Española de la Universidad de Huelva. Investigador del Grupo de Investigación HUM 972 de la Universidad de Sevilla.

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