Gimnàs Social Sant Pau, una historia diferente

La historia del Gimnàs Social Sant Pau es una extraña combinación de lucha por la supervivencia, desconocimiento de los métodos empresariales ortodoxos, el convencimiento de que toda empresa tiene una obligación con su territorio y mucho de aquella frase coloquial de «de perdidos al río». Una suerte de encuentros bajo un escenario hostil y un sin fin de amenazas. Una especie de homenaje a las comedias de Buster Keaton.

En junio de 1940, se inauguraron los Baños Populares de Barcelona, construidos por Aguas de Barcelona, en aquellos tiempos de titularidad municipal. Un espacio donde ducharse y con la primera piscina con cloro en Barcelona. Lxs vecinxs podían ir a ducharse por una peseta y por una peseta y media también tenían acceso a la piscina. La idea era clara; que la gente pobre del barrio del Raval (en esos tiempos conocido como barrio Chino), no fuera origen de infecciones y epidemias, como la epidemia de tifus que sufrió la ciudad en 1914.

Con el paso del tiempo, lxs vecinxs del Raval fueron teniendo baños en sus casas, y cada vez tuvo menos sentido el proyecto de Baños públicos. Entre 1960 y 1992, el espacio del Sant Pau lo gestionó la Federación Catalana de Natación y, más adelante, la Escuela de los Escolapios. En 1992, un grupo de profesorxs de INEF comenzó el proyecto del Gimnàs Sant Pau. Debido a una descapitalización del Gimnasio con la compra de un club de tenis, otro gimnasio, varios pisos y alguna plaza de parking (en vez de invertir en modernizar el gimnasio) se acabó en bancarrota en el año 2012.

En ese momento, había un escenario de pérdidas mensuales de 3000 €, y 60000 € acumulados a proveedores, además de unas instalaciones desfasadas por la falta de inversiones. Se daba la paradoja de que a lxs propietarixs les era más barato regalarnos el gimnasio a lxs trabajadorxs que cerrarlo. La mayoría de estxs llevaban 25 años trabajando en el gimnasio y en aquellos años aún se pagaban 45 días de salario por año trabajado. La operación de cerrar el gimnasio rondaba los 200 000 €, así que nos ofrecieron comprar las deudas y la empresa por 1 €.

En los primeros meses conseguimos equilibrar las cuentas, pero en septiembre del 2012 el gobierno subió el iva cultural del 8 al 16 % en el que los deportes estaban incluidos. Por el perfil de nuestrxs socixs decidimos no reflejar la subida en los precios, así que los impuestos de 16 000 € los tuvimos que asumir nosotrxs como empresa. Esta subida no fue el único elemento distorsionador ya que en los últimos seis años la parte variable de la factura de consumos había subido un 180 % para las empresas.

Ilustra Antonio Copete

En este escenario complejo con un gran componente de precariedad, en el que teníamos que pedir dinero para pagar las facturas y muchas veces apenas había para pagar los sueldos, decidimos crear un proyecto que nos ilusionara desde el comienzo. Queríamos dejar de sentirnos cansadxs al pasar la puerta de entrada y cambiarlo por ilusión. Así comenzó un proyecto social que, de haber nadado en la opulencia, nunca hubiera existido. Así comenzamos a escuchar:

A las personas sin papeles, vulnerabilizadas por el sistema, que no podían acceder a los gimnasios. Conociendo la importancia del deporte en situaciones de estrés y precariedad, decidimos abrir nuestras puertas a todas las personas. En los gimnasios municipales no puedes solicitar la inscripción sin cuenta bancaria, por lo que no puedes hacerte socix ni tener acceso.

A nuestrxs socixs que profesaban la religión musulmana cambiando nuestros horarios especiales en Ramadán. Desde hace cinco años, nuestros horarios en Ramadán se amplían para que nuestrxs socixs puedan venir al gimnasio después de cenar. Concretamente, el cierre habitual de las 22:30 se cambia durante unas semanas a la una de la madrugada.

A nuestrxs socixs con problemas económicos les dejamos escoger la cuota. Cuando alguien tiene dificultades económicas, basándonos en relaciones de confianza, le indicamos el precio del gimnasio y ellxs dictaminan qué pueden pagar. El acuerdo también obliga al nuevx socix a avisarnos cuando su situación económica haya cambiado para comenzar a pagar la totalidad de la cuota.

A nuestrxs socixs trans, que nos pidieron vestuarios para personas transgénero, convirtiéndonos en el primer gimnasio del Estado con vestuarios trans.

A lxs progenitorxs que se quedaban sin trabajo, dejando venir a sxs hijxs gratuitamente y haciendo un seguimiento a su expediente escolar, además de dejar tres meses de carencia mientras buscaban faena.

Hoy somos 500 socixs que pagamos nuestra cuota y 900 personas que vienen de forma gratuita derivadas de 38 entidades y colectivos. Estas 900 personas que vienen de forma gratuita son personas vulnerabilizadas por nuestra sociedad. Entre ellas hay 350 niñxs, 200 personas refugiadas y 250 niñxs ex-tuteladxs. También abrimos nuestras instalaciones 4 horas al día para que las personas que duermen en la calle puedan acceder al servicio de duchas. Hoy día estamos en 1400 duchas al mes.

Nuestro paso a cooperativa

Siempre nos gusta contar cómo llegamos al mundo cooperativo porque explica muy bien qué es la economía social y solidaria. Quizás sea más correcto decir que fue el mundo cooperativo quien llegó a nosotrxs. Simplemente, pedimos ayuda porque el equipo estaba roto y vinieron además a reconstruirnos las emociones, a acompañarnos a volver a caminar. Descubrimos una forma de entender la economía donde las personas estaban en el centro.

A principios del 2016 decidimos cerrar. Tener abierto el Sant Pau significaba generar 225 000 € al año. Llevábamos cuatro años empujando el proyecto con el agua al cuello así que se comunicó el cierre al Ayuntamiento. Nunca habíamos hecho público el proyecto social y les solicitamos que derivaran a servicios públicos todas las personas vulnerabilizadas que venían al Sant Pau. En ese momento, nos rogaron que no cerráramos y recibimos un sin fin de promesas de ayudas. Comenzó así un carrusel de golpecitos en la espalda y alabanzas. La realidad es que los tiempos de las instituciones y los tiempos de la calle no son parejos, por lo que durante el año que esperamos a formalizar alguna ayuda la situación se complicó aún más con una orden de desahucio para enero de 2017.

En ese momento decidimos luchar. No era lo mismo cerrar nosotrxs a que nos echaran, así que se inició la defensa del espacio con contenido y transversalidad, pero sobre todo, con la unión de los tres barrios cercanos al Sant Pau. Con la generosidad de colectivos, entidades y vecinxs, se comenzó una campaña de defensa con mucha presión mediática. Por una vez todos los partidos políticos se pusieron del lado del débil. Con el ayuntamiento como negociador con la propiedad, pudimos llegar a un acuerdo. No solo conseguimos parar el desahucio y firmar un nuevo contrato de alquiler por cuatro años, sino que el ayuntamiento acabó comprando la finca de al lado del gimnasio (que es del mismo propietario) para hacer pisos sociales. Así se evitó también la construcción de pisos nuevos con precios inasumibles.

Una vez vuelta la calma pero con la misma precariedad, quisimos aprovechar una nueva herramienta que se estrenaba en la ciudad, la multiconsulta, una prueba piloto de democracia participativa. Cualquier propuesta con 15 000 firmas de apoyo, se podría votar por la ciudadanía de la ciudad. En el Estado español, los referéndums no son vinculantes, por lo que en realidad una vez aprobados por lxs ciudadanxs, aún faltaría la aprobación en el pleno del Ayuntamiento de Barcelona. La propuesta que presentamos era la compra del gimnasio por parte del ayuntamiento y la construcción de 40 viviendas sociales con un modelo cooperativo nuevo basado en los Community land trust americanos y Marinaleda. Un modelo de autoconstrucción comunitaria que suponía una nueva y modesta herramienta contra la gentrificación. Con ayuda de 400 voluntarixs conseguimos 20 846 firmas, pero solo 14 540 pasaron la validación. Al final la multiconsulta nunca llegó a celebrarse. Pero eso ya es otra historia.

En mayo de 2018 decidimos pedir a los partidos políticos que llevaran la propuesta de la compra del gimnasio al plenario del Ayuntamiento de Barcelona. Se aprobó la compra y el compromiso de hacerla efectiva antes del 31 de diciembre del 2018. No hubo ningún voto en contra. Por desgracia, en el Estado Español solo son vinculantes las decisiones que se toman en el congreso de los diputados, no las votaciones en los ayuntamientos. En junio, estábamos con 5000 euros de deuda al mes, por lo que decidimos reestructurar la cooperativa para equilibrar las cuentas y no dar una excusa al ayuntamiento para no efectuar la compra. Pasamos de 16 compañerxs a 10, y nos bajamos el sueldo un 30 %. En diciembre nos comunicaron que no harían efectiva la compra. Pero eso también es otra historia.

A día de hoy, estamos al corriente del pago del alquiler y a pesar de ello hemos tenido otra fecha de desahucio para enero del 2018. Esto es debido a que hace unos meses se aprobó en la ciudad de Barcelona la obligación de construir un 30 % de vivienda social en todas las nuevas construcciones de más de 600 m2. Esta nueva ordenanza hace que si la propiedad de nuestro edificio nos echa en los próximos meses perderá un 30 % de valor por la parcela. Frente a este peligro, iniciaron una batalla judicial para expulsarnos. Ganaron en primera instancia, pero pusimos un recurso y este 3 de enero de 2019, la Audiencia de Barcelona lo aceptó y paralizó el desahucio. No tenemos dudas de que ganaremos esta batalla y podremos continuar escribiendo la historia del Sant Pau.

Carta abierta de unx trabajadorx del Gimnàs

Hace aproximadamente un año, más o menos por estas fechas, empecé a formar parte del equipo del Sant Pau. Unos meses antes, ya había hecho mis pinitos, haciendo las prácticas de monitorx de natación con ellxs, durante el verano. En diciembre tuve la suerte de encontrarme con una vacante en sus filas y no perdí la oportunidad de subirme al barco y seguir mi rumbo con ellxs.

Previamente, como usuarix, nunca me había encontrado un gimnasio así, donde personas o grupos con necesidades específicas (usuarixs trans*) tuviéramos cabida, y como trabajadorx, aún menos.

En la entrevista de trabajo, un café con Ernest, no se juzgó ni mi aspecto físico ni mi currículum, sino que se me preguntó por mi capacidad para trabajar y la motivación por un proyecto como este. Respondí sinceramente a todo y al día siguiente empecé a trabajar. Agradezco mucho la falta de juicio y la confianza depositada.

Desde entonces, formo parte de esta gran familia donde entre todxs estamos sacando el proyecto adelante. No es ni un camino fácil ni un camino sin obstáculos. Trabajar aquí es duro: las instalaciones son antiguas, lxs usuarixs son muy diversxs, algunxs vienen de contextos muy complicados y otrxs son socixs barceloninxs de toda la vida, lxs hay que no hablan castellano, contamos con material limitado para las clases… y con algunos días que nos han cortado el agua, el gas y hace mucho frío. Hay días en los que piensas que te gustaría trabajar en un vivagym, donde las pesas tienen ventilador incorporado, ascensor e hilo musical dentro del centro y los monitores van con uniforme de trabajo marca Nike, pero esto se te pasa rápido. El calor y la humanidad que se respira en el Sant Pau, donde no hay jefxs, sino compañerxs, las sonrisas de los usuarixs que vienen gratis a piscina o las risas de los niñxs, hacen que vea el Sant Pau como un lugar que quiero y quiero cuidar y no como un centro de trabajo al que estoy deseando no ir.

El Sant Pau ha sido y es un espacio donde he crecido muchísimo como profesional (y como persona). Sin competitividad con el resto de compañerxs, sin tener que convencer a nadie de lo que valgo, simplemente haciendo bien mi trabajo. Un día, unx de lxs responsables de la cooperativa me dijo «Kar, si hay alguna clase que te apetezca hacer y ves que va a funcionar, adelante, da rienda suelta a tu imaginación», y así fue. Tenía muchas ganas de introducir clases de piscina para gente transgénero o identidades no normativas, ya que habitualmente se quedan fuera de los gimnasios precisamente por sus especificidades, y fue un éxito. Poco a poco fui cambiando el modelo de algunas clases que tenía, acercándolas a mi creencia de lo que es la actividad física y el deporte, con cosas poco vistas en los centros municipales. Creo que las clases y el gimnasio han ganado con estos cambios, y esto solo ha podido ser gracias a la confianza que el Sant Pau deposita en cada uno de los monitorxs/trabajadorxs. El Sant Pau te deja crecer en la medida que tú quieras. Si quieres seguir aprendiendo y formándote, aquí vas a poder desarrollarlo y ponerlo en práctica.

Aparte de esto, es un proyecto social de los pies a la cabeza. Nadie, y se puede decir NADIE, se queda sin hacer ejercicio físico porque no tenga dinero, no tenga cuenta bancaria o no tenga papeles. A nadie se le niega la entrada y precisamente gracias a esto, el gimnasio cuenta con un gran capital humano. Aunque, a veces, gestionar todas las diferencias o problemas que nos van surgiendo puede ser un poco desgastante, unx recupera pronto la compostura cuando se da cuenta de dónde está, lo que estamos haciendo y hacia dónde vamos.

Trabajadorxs de la Cooperativa Gimnás Social Sant Pau. Entidad sin ánimo de lucro.

 

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