Especialización turística, extractivismo y otras cosas feas a evitar

El turismo como cadena global

La actividad turística ha crecido enormemente en las últimas décadas. Según la Organización Mundial de Turismo mientras que, en 1950, 25 millones de personas tenían consideración de turistas internacionales, en 2017 la cifra alcanzaba los 1327 millones. Esta situación ha dado lugar a la turistificación, es decir, al impacto que tiene la masificación turística en el tejido social y comercial de determinados barrios o ciudades. Estos procesos suponen para la población de un territorio que las instalaciones y servicios pasen a dedicarse de manera casi exclusiva al turismo en detrimento de las personas residentes. La vida de la gente del barrio o ciudad se supedita a la generación de beneficios de las empresas vinculadas a la actividad turística.

La actividad turística ha cambiado enormemente en los últimos años. Dos elementos transcendentales en esta transformación han sido la progresiva incorporación del turismo al capitalismo de plataformas (mal llamado economía colaborativa) y el cada vez mayor control del negocio por parte de grandes empresas transnacionales. Actualmente, en palabras de Rosario Gómez-Álvarez, «las actividades turísticas se encuentran plenamente integradas en el proceso de fragmentación internacional de la producción».

Los agentes económicos que participan en dicha actividad son los oferentes (alojamiento, alimentación, transporte y ocio), los intermediarios y las personas consumidoras. Entre los primeros han crecido enormemente las cadenas hoteleras y las compañías de transporte multinacionales cuyas matrices están situadas en los mercados emisores (países de origen). Por su parte, los agentes intermediarios son un eslabón cada vez más relevante y poderoso donde también predominan las grandes empresas con capital no arraigado en los lugares de destino.

En los últimos años se ha producido una enorme pérdida de cuota de mercado de los operadores turísticos tradicionales a favor de las plataformas digitales. Estas últimas han penetrado en los diferentes mercados turísticos, tanto en la intermediación del alojamiento, como en el transporte y la búsqueda de información sobre actividades de ocio. En el ámbito de la intermediación del alojamiento destacan Booking y Airbnb, mientras en el del transporte lo hacen Uber y Blabacar. Por tanto, se asiste al típico proceso capitalista de «colaboración». Una situación en la que, por un lado, los procesos productivos generan beneficios que son absorbidos en gran medida por grandes multinacionales y el capitalismo de plataformas; y, por otro lado, los problemas e impactos negativos generados por la actividad repercuten en la población de barrios y ciudades, y en especial sobre la que tiene menos recursos. Se asiste, por tanto, a una situación demasiado común en la que la privatización de los beneficios es complementaria a la socialización de pérdidas (externalidades negativas de la actividad).

Así, el territorio en cuestión (ciudad, barrio o franja litoral, como gran parte de la costa andaluza, etc.) se convierte en una plataforma de extracción de riqueza mientras que para la población tan solo quedan migajas y problemáticas sociales y ambientales de gran calado. Entre los principales problemas de estos procesos de especialización o turistificación se encuentran, entre otros, el aumento de la precarización laboral, la degradación del derecho a la vivienda, el encarecimiento y la transformación del comercio local, o la masificación de calles y plazas que dificulta la vida cotidiana de las personas residentes, tanto en lo que atañe al descanso como al disfrute mismo del espacio público.

Ilustra Arturo Salguero

La turistificación de la economía andaluza: un nuevo extractivismo

El profesor Manuel Delgado Cabeza lleva décadas analizando la economía andaluza mejor que nadie. Para este maestro, la economía andaluza se ha caracterizado por su modelo extractivista y por especializarse en actividades productivas al servicio del capital; actividades que no nos convienen a la gente que habitamos las ciudades y pueblos de Andalucía. Nos especializamos según intereses muy distintos a los de mantener y enriquecer nuestras vidas. La turistificación de las ciudades y el litoral andaluz no hace sino profundizar en esta situación.

La expansión del turismo y el negocio inmobiliario ha tenido en Andalucía un peso muy por encima del que ha tenido en otras economías de nuestro entorno. Estas actividades dan lugar a procesos económicos que no implican creación de riqueza, sino simplemente apropiación de valor monetario. Y es que no debemos continuar siendo necios y confundir valor con precio, riqueza con dinero. 

La capacidad de absorber dinero y acumulación capital provoca la consecuente acumulación de poder en muy pocas manos. Esta situación perjudica la toma de decisiones democráticas y participadas, y posibilita la enorme capacidad de influencia que tienen escasos actores que, normalmente, no residen en los territorios y que tan solo los utilizan como materia prima generadora de ganancias. De manera que, como explican profesores como Delgado o Naredo, el enriquecimiento de unas personas termina siendo a costa del empobrecimiento de otras, y, paradójicamente, lo que se anuncia como un proceso de creación de riqueza en beneficio de todas termina convirtiéndose en mayores cotas de deterioro ecológico y social para la gran mayoría de la gente.

Los territorios mejor situados económicamente son aquellos que tienen una mayor  capacidad para apropiarse de valores monetarios y, por otra, una fuerte diversificación en el grado de especialización. En este sentido, la turistización que sufre la economía andaluza provoca una mayor vulnerabilidad, asociada, por un lado, a la especialización que supone y, por otro, a la escasa capacidad para apropiarse de valores monetarios.

En ese contexto, la especialización turística a la que se aboca a Andalucía en general, y a la ciudad de Sevilla en particular, puede entenderse como un avance en el modelo extractivista. Para Marina Garcés, el turismo «es la industria legal más depredadora que existe (…). En su desarrollo masivo, extractivo y monopolista. No me vale que sostiene al pequeño comercio. Beneficia a las grandes industrias de transporte, urbanística o de alimentos. Es ahí donde se cruzan todas las devastaciones: de la ambiental al extractivismo presente.» De este modo, esta pensadora analiza el turismo como industria extractiva, como si fuera la actividad minera o la agroalimentaria convencional: «Para mí, Barcelona es un campo de soja, explotable como un recurso natural cualquiera.» Lo mismo se puede aplicar a otras tantas ciudades del territorio estatal y mundial.

Uno de los aspectos propios del turismo extractivista es su dimensión de chantaje. En palabras de Garcés este modelo «genera una sociedad pasiva, y con una sociedad rendida el chantaje es muy fácil de hacer: o el turismo o nada, nos dicen». Garcés rescata dos conceptos más subsidiarios de este sector económico: el de «riqueza empobrecedora» y la «democracia delegativa». El primero sirve para poner en primer término una serie de beneficios a corto plazo por encima de los daños que generan determinadas explotaciones. Con el segundo alerta sobre las consecuencias que conlleva la imposición de la lógica privada a determinadas políticas. Indica las que denomina «burbujas de legalidad ad hoc», lo que es tan válido para una mina como para las «fundaciones» que desean invertir en la ciudad. No es necesario resaltar aquí la situación de algunos megaproyectos mineros en Andalucía.

Por tanto, es muy esclarecedora la comparación entre el modelo de turismo que ha acabado imponiéndose a la capital andaluza con el capitalismo extractivista tan conocido en la historia de la economía andaluza. Se trata, en resumen, de capitales que aterrizan en un determinado lugar, localizan los recursos naturales más valiosos y los explotan al máximo. Para Garcés, la única diferencia entre explotar un mineral, petróleo, madera o un cultivo como el de la soja, es que con el turismo «los recursos naturales somos las personas, nuestra memoria colectiva y nuestro patrimonio».

El neoliberalismo del que apenas se habla

Esta situación se enmarca dentro de las estrategias de desarrollo local neoliberal. Estrategias que convierten a los territorios, a las ciudades, en «marcas» que deben competir entre ellas para atraer al capital. En Sevilla, tras la exposición universal, se puso en marcha una estrategia de este sentido para convertir a la Isla de la Cartuja en el Silicon Valley del sur de Europa. Esa estrategia ha derivado en otra que parece aspirar a convertir a la ciudad en un macro parque turístico, en una enorme Isla Mágica.

Desde hace más de dos décadas, la economía convencional territorial propone un tipo de regulación que tiene por objetivo generar un ambiente atractivo para la inversión privada. Se opta por ayudar directamente al capital privado y favorecer la iniciativa individual. Estas nuevas estrategias forman parte del «desarrollo local neoliberal» o neoliberalismo territorial.

Las políticas de desarrollo local puestas en marcha en los territorios del sur de Europa se han basado en tres elementos fundamentales. En primer lugar, en la mercantilización de cualquier recurso del territorio potencialmente vendible o rentabilizable en términos monetarios. Es a lo que se ha denominado «poner en valor» el territorio. En segundo lugar, se ha intentado por todos los medios la valorización social del empresariado tradicional, renombrado como «emprendedor». Por último, estas políticas han utilizado la inversión pública para favorecer a la acumulación privada de capital. Es decir, realizar gastos, impulsar inversiones o aumentar las subvenciones que, con dinero público, sirvan para atraer o favorecer al capital, ya sea local o foráneo.

Tras décadas de puesta en marcha, cada día es más evidente que el desarrollo local neoliberal no ha servido para mejorar la economía y evitar las altas tasas de desempleo y precariedad existentes en estos territorios. Además, la asunción acrítica de estas estrategias ha provocado en muchos casos la «culpabilización de la víctima». Al igual que ocurre con las personas desempleadas y el concepto de empleabilidad, a los territorios empobrecidos (surdesarrollados) se les hace responsables de no ser lo suficientemente competitivos o de no poner en valor su potencial en un contexto que se vende lleno de oportunidades. De forma similar a como una persona sin empleo compite con otra por un cada vez más escaso puesto de trabajo, los barrios, los pueblos o las ciudades deben competir entre ellos para ver quién es el más atractivo a inversiones foráneas.

Con estas estrategias de neoliberalismo territorial son los capitales los que disponen del monopolio de la «participación» y las comunidades locales tan solo pueden competir entre ellas por atraerlos mediante la puesta en práctica de medidas que favorezcan su valorización. Así, como diría E. Galeano: «Hasta hace 20 o 30 años, la pobreza era fruto de la injusticia (…). Ahora la pobreza es el justo castigo que la ineficiencia merece».

Riqueza y dinero, cosas tan distintas

En definitiva, la turistificación, o la especialización extractivista que supone el turismo, sencillamente no nos conviene, en la medida en que no es útil para el objetivo socioeconómico esencial de una economía que tenga por objetivo mantener y enriquecer la vida. El turismo es el último sector o actividad económica que desde el neoliberalismo territorial se propone como oportunidad para crecer, «para poner en valor» el territorio para, en definitiva, mercantilizar nuestras vidas y subordinarlas a «emprendedores» y capitales que privatizarán ganancias y socializarán «externalidades». De este modo, y tal como se plantea en ciudades como Barcelona, frente al modelo «Marca Andalucía» o «Marca Sevilla», es necesario avanzar hacia una «ciudad comuna», una «Sevilla comuna»; un territorio construido desde los barrios, desde los los pueblos y desde abajo, y donde la diversificación y la autogestión productiva genere riqueza capaz de mejorar y de enriquecer la vida de su población.

Y es que no nos confundamos y hagamos caso a personas sabias como Francisco Díaz Velázquez que tan claro nos lo expresa en poemas como este de su obra Coplas de nadie: «El dinero y la riqueza parecen que son lo mismo, siendo cosas tan distintas, la riqueza es justamente / lo que el dinero te quita».

Óscar García Jurado. Economista, colabora con diversas entidades de economía social​

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