Diploma bajo un olivo

Cuando llegué a mi casa con el título de la Complu, en el que se leía —la letra gorda— que ya era licenciada en periodismo, extendí el turulo al paterfamilias y le dije, no sin guasa: «El título. Mejor quédatelo tú, que yo seguro que lo pierdo. Para que lo cuelgues en tu despacho». «Qué fenómena. Mañana entonces lo enmarco y lo coloco debajo de un olivo», me respondió con esa mezcla de levedad y hondura tan propia de esas sierras de Jaén.

Las palabras del Viejo corneaban con doble trayectoria. Por un lado, sin quitarme mérito, relativizaba la importancia del título. Por otro, recogía mi ironía y me la devolvía convertida en una fantástica imagen: la del despacho —un olivo con un título enmarcado— de quien no había podido completar sus estudios y se había tenido que dedicar (y a mucha honra) al campo. Recordé esas antesalas de centros de estética o de clínicas dentales que, forradas hasta el techo con diplomas inverosímiles, emulan las de las notarías y las consultas privadas de lxs médicxs. Os animo a que, en las aburridas esperas, os paseéis y solacéis con esos diplomas. Forges se inventaba algunas materias que bien podrían pasar desapercibidas en esos marcos. Diplomada en Lampurdancia Cognoscitiva; Doctor en Teoría de Fenoslasgos y Talqueansí. Como simpatizante de la Patafísica, de sus colegios e institutos, propongo —ante el actual estado de cosas— hacer nombramientos sátrapas y paralelos. Subcomisiones como aquella de Soluciones Imaginarias (cuyo sillón ocupó el insigne Voris Bian), o la de Incompetencia Realizadora (a cargo de Joan Miró), la de Epifanías e Itifanías (de Raymond Queneau) o la Subcomisión de las Leyes que regulan las Excepciones; y títulos sin mancha que acrediten la competencia para esos puestos; y cualquier otro aliciente que enseñe de un vuelco el atrás del cartón de los títulos universitarios.

Es palmario y antiguo el furor social por esto que, quienes prescriben la opinión pública, llaman (ufanos y como por encima de todo) «titulitis», para a continuación pasar a enumerar los deméritos académicos de Cifuentes, Casado, Montón et al., y así nos vamos distrayendo las hambres con algo que mascullar sin otro alcance que, si acaso, limpiar de cagarrutas el espejo del Alma máter. Más allá de los amaños dentro del sistema, cabe cuestionar el sistema mismo y el signo que viene tomando desde antes incluso del proceso de Bolonia. Una sensación de derrota, de hablar a nadie y para nada, nos invade ante el estado y dirección de los estudios superiores reglados. Hace casi veinte años, Agustín García Calvo avisaba a la Universidad del contraste cada vez más descarado entre cualquier amor y sabiduría que pudiera florecer en este mundo y la gran bambolla cultural con que te adornabas, equipos interdisciplinares, doctorandos honoris causa, premios a la servidumbre científica y literaria, reorganización incesante de los planes de estudio, para amamantar, con pretexto de cualquier Asignatura Fantástica, más y más dominillos criados de tu casa, y para que el alumnado, entregado a tu contabilidad de créditos, no corriera peligro de pensar que allí podía estarse haciendo otra cosa, descubriendo algo (en lo alto, el Ministerio y sus asesorxs saben de antemano todo lo que ha de saberse cada curso); y junto a tanto aparato y tu venta al capital, cada vez más desvergonzada, pues claro, la insipidez, el vacío, el aburrimiento y la falsía que tenía que acompañar a tu prostitución.

El árbol de la ciencia —que es un olmo— no para de dar peros desabridos. Y algún que otro membrillo. Ante el actual estado de cosas, solo nos queda lanzar el birrete universitario. Pero no entonando el gaudeamus, qué va. Lanzarlo alto y lejos, embarcarlo, de espaldas a quienes se empeñan en que la educación esté al servicio del señor y del capital, en vez de servirnos para el desvelamiento (y su alegría) de las falsedades de la realidad. ¿Acaso se puede llamar educación a lo que inhibe la disidencia?

El conocimiento reglado actual adolece de varios males, grandes y proteicos: su enfoque al futuro en vez de a la sabiduría; la barbarie del especialismo (válgame esta vez Ortega y Gasset) y su barroco sistema de puntaje y títulos que, ahora más que nunca, se expiden como pasaportes al porvenir. Nos llaman románticas porque el provechito que buscamos en los libros y las clases es conocer para entender, no para obedecer (ni para desobedecer necesariamente). Hay quien piensa que «el saber desinteresado, el más noble, hijo del ocio y lo maravilloso» (que así lo definía y lo impartía María Zambrano) no sirve y en todo caso se lo pueden permitir los potentados. Sirve de raíz, mas no al apuntalamiento del estado de cosas y su deriva. Se encuentra en la base del saber instrumental, y solo desde él se puede recobrar el verdadero sentido político de los estudios reglados. Y podría y debiera ser para cualquiera. Nos llaman tocapelotas si recordamos que la Universidad debiera tener más de universalidad. El actual descrédito de los títulos preocupa a los afiliados al status quo no solo porque supone un descrédito al actual sistema universitario, sino porque es la brecha desde donde se puede perder la fe en él. Por otro lado, formar parte del mismo no tiene por qué implicar compartir su deriva ni las políticas que generan un corrimiento de la Academia en relación a sus puntales. Hay de todo, pero conocemos a doctoras y doctorandas, a profesores y alumnos, que no se venden a la impartición del saber sabido (know how lo llaman, y tiene precio); sino que, a pesar de él, aprenden y enseñan, indagan y orientan de veras. Este es el respiradero o la rendija desde donde muchas gentes de la universidad van resolviendo como se va pudiendo. Tenemos la suerte de conocer a algunas de ellas.

Entro en Facebook. En el muro de María Ángeles Pérez López, poeta y profesora de la Universidad de Salamanca leo: «La vergüenza enorme de encontrar en la publicidad del periódico El País este anuncio. Corrupción institucionalizada, legalizada, asumida». A continuación, nos enlaza a una página en la que ofertan hacerte la tesis, el trabajo de fin de grado o el trabajo de fin de máster. Como ésta hay muchas más páginas. Rellenas un formulario y recibes un presupuesto. Pasas por caja y voilà: ya estás lista para recibir tu pasaporte al futuro, que sin título no hay paraíso. Quien más tiene y menos sabe, llega antes. Los peros del olmo penden podridos. El birrete no sé si lanzarlo o lancearlo.

¿Cómo contar a las estudiantas y los estudiantes que piden sin saberlo que la Universidad sea un trámite del nada seguro bienestar, que esto va o iba de ciencia más sabrosa? ¿Qué alternativas de Universidad ajena a estas servidumbres hay? ¿Cómo promover un cambio de paradigma desde la Universidad y desde fuera de ella, y que eso fuera de provecho y bien común? ¿No soy y no sé sin títulos? ¿Soy y sé con ellos?

Como conjuro, por sabia y por su savia, retomo la iniciativa del Viejo: hay que colgar más títulos bajo los olivos.

 

Carmen Camacho es poeta y escritora. Fuegos de palabras es su libro más reciente.

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