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De toda la vida de dios

De toda la vida de dios las mujeres han sufrido. He escuchado a muchas abuelas hablando de sus madres y a las abuelas hablando de ellas; he escuchado a las madres contando sus vidas y he vivido mi vida. Y entre lo escuchado y lo vivido, he comprendido que de toda la vida de dios las mujeres hemos sufrido. A este hecho doloroso lo llamo trauma machista.

Este trauma sistémico y estructural adopta formas perversas como persecuciones, manoseos, agresiones verbales disfrazadas de piropos, miradas silenciosas… erotizando el miedo, sexualizando nuestra vida cotidiana, haciendo presión para tener sexo sin consentimiento y sin importar nuestro deseo, cosificándonos, infravalorando o ignorando nuestras opiniones.

Y este trauma, pasa sin pena ni gloria para los otros desde hace generaciones; sin pena ni gloria para los hombres, los medios de comunicación, el poder, el sistema… Y así sigue sucediendo día tras día, generación tras generación, mientras deja una herida profunda en las mujeres. Es tan grave el daño como la invisibilidad de ese daño, la ausencia de protección y la impunidad manifiesta que se inserta en nuestro ser-persona.

El efecto inmediato es vivir con miedo y también la dificultad para confiar. Aprendemos que no vamos a ser protegidas. Nos sentimos indefensas y la desconfianza se hace necesaria para sobrevivir, pero comprender que la desconfianza te ayuda es una conclusión a la que se llega, con suerte, tras años de aprendizaje. Mientras tanto, no podemos permitirnos creer que el otro, quien nos debiera proteger y cuidar, quiera hacernos daño; esto es doloroso, inaceptable y solitario, por lo que el mecanismo de supervivencia más sencillo es interiorizar que el otro no es malo, que debe haber una razón, y esa razón la encontramos en nosotras mismas. No se deja de creer en los otros, sino en una misma, y nuestro diálogo interno se va tornando feo: «No soy buena y por eso merezco el daño, no soy suficiente, no estoy a la altura…». Esta es la agotadora carrera sin fin que iniciamos; porque nunca es suficiente, nunca somos adecuadas del todo ni nos ajustamos a lo que deberíamos ser, no merecemos un premio sino un castigo e introyectamos (hacemos propios los comportamientos de otros) el castigo castigándonos, a través de un autoconcepto pobre y la autoimposición de formas de vida poco sanas, abandonando el autocuidado.

Esta desconfianza interna necesita como aliada de una desconexión emocional. Las emociones tienen la función de ofrecer información concreta sobre cómo me afecta una situación: si estoy alegre será porque algo de lo que sucede me gusta; si estoy enfadada hay algo que lo provoca… En esta ocasión, mis emociones me dicen que algo no está bien pero el entorno no responde o minimiza lo que sucede por lo que comienzo a desconfiar de mí hasta el punto de dejar de percibir mi tristeza, mis deseos, mi cansancio y hasta el amor, emoción sublime, es desvirtuado y utilizado como forma de doblegarnos a este sistema violento, este pseudoamor, el impostor, es la promesa de paraíso divino para toda aquella persona que acepta sumisamente las normas del sistema. En el patriarcado, el modelo ideal de mujer es aquella que asume toda esa violencia sibilina y normativa sin rechistar en una suerte de identificación con el agresor.

Se produce de forma paralela la percepción del peligro en la parte más primitiva de nuestro cerebro, lo que obliga a mantener un estado de hiperactivación fisiológica y emocional para poder estar preparada y, en la parte prefrontal, la consciente, aparece una defensa que obliga a disociar, a no ver, estas informaciones contradictorias: la hiperactivación producto del miedo y la disociación defensiva hace que se bloquee la respuesta lógica de defensa o de ataque. Esta incoherencia, esta paradoja, tiene repercusiones sobre nuestras formas de sentir y vivir y marcan la manera en que actuamos. Por ejemplo, no aceptando nuestro cuerpo viviendo con una ansiedad, tensión o rabia que no podemos explicarnos, sometiéndonos a dietas tortuosas, modificando nuestro cuerpo para convertirlo en objeto bello, bloqueando las sensaciones placenteras, viviendo con incoherencias, estando cerradas a nuestro deseo, no disfrutando, anticipando constantemente, manteniendo relaciones violentas o de mal querer, siendo sumisas incluso con lo que no es bueno para nosotras o directamente es perjudicial, actuando arriesgadamente, donando nuestro cuerpo al servicio de los otros; viviendo desde un Yo impostado, no desde un Yo auténtico, con la consiguiente sensación de ser una impostora; siendo partícipes de nuestra erotización, asumiendo sumisamente el ser valoradas desde el cuerpo, no viéndonos, pero sí viviendo para que otros nos vean; no buscando la libertad pero enamorarnos de la libertad de el otro y usando la culpa como aliada y no como enemiga… por poner ejemplos.

La culpa es una de las trampas que nos atrapan y nos impiden salir de esto, convirtiéndonos además en nuestras propias carceleras. ¡Eficacia asegurada, introyectemos al verdugo como dios manda! La culpa es el resultado de recibir mensajes sobre nuestro poder de provocación por el simple hecho de existir y tener un cuerpo y soportar, al mismo tiempo, el peso de que la actuación del otro, ese impulso irrefrenable que les domina sin remedio es un poder del que somos responsables, haciendo un giro de la razón y poniendo el peso de la acción sobre quien recibe la agresión. Sostener esto, irremediablemente produce culpa, porque el mensaje implícito es que ante la violencia recibida la respuesta no es la defensa, sino el sometimiento. De esta manera, el sistema da permiso para que sucedan ciertas agresiones sutiles no poniendo los límites a quien la ejerce, sino a nosotras. La respuesta defensiva, la agresión, es terreno prohibido para nosotras en esta sopa machista de la que bebemos; no es legítima y no debe formar parte de nuestro lenguaje, pero el enfado está, y el recurso psicológico que nos queda es dirigirlo hacia nosotras mismas a través de la disconformidad constante o el bloqueo físico y emocional.

Llegadas a este punto queda la acción responsable de plantarnos y de cuidarnos entre nosotras. Hacer familia entre nosotras, entendiéndonos, viéndonos y aceptándonos. Respecto a la parte profesional que me toca, ya es hora de hacer un paradigma de salud que contemple el trauma machista que, como mínimo, desde el sistema sanitario se comprenda que el machismo es una acción con sujeto y que es la principal causa de enfermedad en la mujer.

 

Mónica Ortiz Ríos. Psicóloga. Sexóloga. Desmontando a la Pili Sevilla

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