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Bandidos, bufones, pícaras y otras formas de lucha

La clave está en que los movimientos estén vacunados y teniendo el colapso muy en mente, asuman que la vía institucional o estatal no nos va a salvar, y que por tanto sería trágicamente estúpido dejarse cooptar para ceder protagonismo a un Estado muy debilitado, casi moribundo.

Manuel Casal Lodeiro

Que la revolución no será televisada[1] es algo que las topas hemos asumido hace mucho tiempo. No informarán de la lucha de los trabajadores de una fábrica de Dos Hermanas contra un ERE inhumano, ni hablarán de proyectos educativos para mujeres en el medio rural, ni de espacios sin gente recuperados para la ciudad. No. No nos lo contarán, al menos, los grandes bloques mediáticos, los cuales, hace décadas que dejaron de ser un cuarto poder.

A veces da la sensación de estar dentro de un cuarto lleno de espejos deformes que nos devuelven una realidad distorsionada. De esos de la feria que te dejan el cuerpo chiquito y las piernas muy largas.

Cuando observamos el modo en el que los narradores transmedia le bailan el agua a políticos, banqueros y dictadores (seguimos hablando de aquí, de casa, de eso que llaman primer mundo) recordamos a esos graciosos bufones haciendo pantomimas frente a un rey distraído. Que salen los papeles de Panamá, pues le sacamos papeles al «coletas»; que una mujer es asesinada por su expareja, habrá «fallecido» presuntamente. Y así con todo. Las redes, ondas y platós han sido invadidos por cuentistas que en vez de lucir cascabeles y entretener con sátiras ingeniosas, salen con tablets de las que sacan capturas retocadas.

Incluso periodistas de afamado renombre por su defensa de lo social, se ven a veces tentadas por arañar las cumbres de las cuotas de audiencia. Así lo hizo El objetivo el pasado 15M al  plantar un plató en mitad de la Puerta del Sol. Y al percatarse de que aquello no era una feria, algunxs se sintieron molestxs entre pancartas y lemas. Es que a qué loca radical se le ocurre protestar en la protesta.

Y a esta ópera bufa se suman sus señorías de juzgados de primera y última instancia con condenas que parecen sacadas de El Mundo Today: mossos d´esquadra que quedan en libertad tras matar a un hombre mientras intentaban «reducirlo» [2], una mujer condenada a un año y medio de cárcel por robar una tarjeta para comprar pañales [3] o la negativa a indemnizar por negligencia a la madre de una niña asesinada por su padre maltratador (aunque la propia ONU diga lo contrario)[4]. Todo esto es mucho más que una broma pesada de comedieta burlona. Es simple y llanamente ser cómplice de delito. Es elegir ponerse del lado de delincuentes y bandidos de traje, escaño o stock option.

En estas confluencias que nos traemos, en estos días de miscelánea y entusiasmo revuelto, nosotras las topas nos preguntamos para qué asaltar los cielos.

Con nuestros ojillos miopes miramos parriba ilusionadas, pero con un cosquilleo en el lomo. No vaya a ser que pasemos de barones de vieja casta a «varones demediados». Y se sienten de nuevo en el hemiciclo y en vez de luchar por repartir los privilegios, luchen por mantenerlos.

Se dice, por aquí en el subsuelo, que seguiremos UNIDAS luchando. Desde nuestros barrios, nuestras fábricas, asociaciones y cuerpos. Desde las casas vacías y las vidas sin dueño. Preguntándonos si eso de tener el gobierno es realmente lo que queremos. Pícaras de eterno precario que preferimos robar al hidalgo que sentarnos en su caballo.

Y si al final la revolución estalla y no consiguen acallarnos, salga o no salga en la tele, fijo que a nosotras nos pilla currando: en la plaza, o en el tajo.

Raquel Campuzano Godoy

Equipo de El Topo

 

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